El día en que Suiza estuvo al borde de una catástrofe nuclear
En la década de 1950, Suiza soñaba con desarrollar su propio sector nuclear y construyó una planta experimental en Lucens (Vaud). El proyecto tuvo un comienzo desastroso: durante la puesta en marcha de la instalación, en enero de 1969, una barra de combustible se fundió y explotó. La Confederación evitó por muy poco un grave accidente nuclear.
Swissinfo publica regularmente otros artículos del blog del Museo Nacional SuizoEnlace externo dedicados a temas históricos. Estos artículos están disponibles en alemán, francés e inglés.
El personal de la sala de control de la central experimental de Lucens conocía perfectamente el funcionamiento del reactor. La mayoría de los técnicos había participado en su construcción, y la minicentral nuclear llevaba ya tres meses en operación continua.
Sin embargo, se sabía que esta tecnología presentaba problemas propios de sus inicios: al principio, los ventiladores del gas de refrigeración no funcionaban correctamente y, a finales de 1966, un elemento combustible se sobrecalentó y acabó fundiéndose durante una prueba en Würenlingen, cantón de Argovia. Posteriormente se introdujeron mejoras importantes y, por razones de seguridad, la central experimental se construyó en la ladera de una montaña, en una caverna excavada en la arenisca.
La Confederación acabó concediendo la autorización definitiva de explotación a finales de diciembre de 1968. Por fin podía comenzar la producción de electricidad.
Cuando los técnicos pusieron en marcha el reactor a las cuatro de la madrugada del 21 de enero de 1969, no se detectó ninguna irregularidad. Todo se desarrolló conforme al reglamento de explotación y todos los indicadores estaban en verde.
A las 4:23, la instalación atómica alcanzó el estado ‘crítico’, lo que marcó el inicio de una reacción de fisión estable en los elementos combustibles a base de uranio. La central comenzó entonces a producir electricidad. El equipo de explotación aumentó gradualmente la potencia del reactor, sin sospechar que, durante los meses anteriores, se había infiltrado agua en el circuito de refrigeración, provocando la corrosión de las barras de combustible.
Los depósitos habían obstruido parcialmente los conductos del gas de refrigeración, y los primeros elementos combustibles comenzaron a sobrecalentarse cuando se volvió a aumentar la potencia del reactor, tras 17 horas de funcionamiento. La cantidad de dióxido de carbono que circulaba por estos conductos era insuficiente. Por motivos de costos, no se habían instalado sensores de temperatura en todas las barras de combustible. Por lo tanto, este fallo inminente pasó desapercibido.
Protegidos tras capas de roca y hormigón en la sala contigua, los operadores no se percataron de nada. A las 17:14, la central alcanzó una potencia de 12 megavatios, cerca del 40% de su potencia nominal.
A una temperatura de 600 grados Celsius, la vaina de magnesio más afectada por la corrosión -la de la barra de combustible número 59- se fundió y obstruyó completamente el circuito de refrigeración. El uranio que contenía también se fundió, y todo el conjunto comenzó a arder “como una vela”. Así quedó consignado posteriormente en el informe de investigación.
El tubo de presión que lo rodeaba no resistió la tensión y explotó; más de una tonelada de material radiactivo fundido y agua pesada fue proyectada a través de la cavidad del reactor. Un segundo después, una segunda explosión provocó una fuga de gas refrigerante radiactivo. Pequeñas cantidades se propagaron hasta la sala de control y escaparon al medio ambiente a través de la roca.
A las 17:20, el reactor activó un procedimiento automático de parada de emergencia. En la sala de control, todas las alarmas comenzaron a sonar al mismo tiempo. Los valores que aparecían en los instrumentos eran tan anómalos que los operadores ya no lograban interpretarlos.
En concreto, no podían estar seguros de que se hubieran insertado todas las barras de control ni de que la instalación se hubiera detenido realmente. Sólo una cosa era segura: el núcleo del reactor se había fundido. La central experimental había quedado destruida.
Una catástrofe nuclear evitada por muy poco
Por fortuna, la mayor parte de las sustancias radiactivas liberadas tenía una vida media de apenas unos minutos o unas pocas horas, por lo que la contaminación disminuyó con relativa rapidez. Cuando por fin fue posible entrar, especialistas equipados con trajes de protección y máscaras antigás se aventuraron en la caverna fuertemente irradiada, donde podían permanecer únicamente entre 15 y 20 minutos antes de tener que retirarse.
Entonces quedó claro que Suiza había estado al borde de una catástrofe nuclear. El accidente de Lucens está clasificado en el nivel 4-5 de la Escala Internacional de Sucesos Nucleares (INES), que va del 0 al 7, y corresponde a un «accidente con consecuencias locales o de mayor alcance».
La gravedad del accidente fue comparable a la del ocurrido en 1979 en la central nuclear estadounidense de Three Mile IslandEnlace externo, cerca de Harrisburg, en Pensilvania. El desmantelamiento del reactor destruido se prolongó durante varios años, mientras que los materiales ligeramente irradiados fueron sellados bajo capas de hormigón en la cavidad del reactor.
El accidente nuclear de Lucens marcó el fin de las grandes ambiciones nucleares de SuizaEnlace externo. Hasta entonces, la energía nuclear se consideraba la energía del futuro.
Desde la década de 1930 se han llevado a cabo intensas investigaciones en el campo de la física nuclear, principalmente en el Instituto de Física del ETH de Zúrich y en la Universidad de Basilea, explorando tanto aplicaciones civiles como militaresEnlace externo. Por encargo del Departamento Militar Federal, el Servicio Técnico Militar había adquirido de hecho diez toneladas de uranio del Reino Unido en el marco de una transacción triangular con el Congo Belga.
Cinco toneladas se asignaron a la empresa Reaktor AG de Würenlingen, fundada en 1955 por 125 empresas. El resto se almacenó como reserva de guerra en una galería bajo los Alpes. Junto con elementos combustibles procedentes de Canadá, este uranio metálico sirvió de base para una unidad atómica experimental suiza bautizada Diorit, que entró en servicio en 1960.
El proyecto Diorit fue fruto de la voluntad de Suiza de alcanzar la independencia económica. En caso de guerra, el país no debía depender del extranjero en materia de energía nuclear.
En Estados Unidos ya se habían lanzado los primeros submarinos nucleares, y los fabricantes de maquinaria hablaban incluso de buques de carga y locomotoras impulsados por energía nuclear. La industria suiza esperaba que un reactor de diseño propio le permitiera asegurarse un lugar de primer orden en los ámbitos tecnológico y energético. Pero el principal atractivo residía en los lucrativos contratos para la construcción de centrales nucleares y la exportación de componentes a todo el mundo.
La factura fue considerable: hasta 1959, la Confederación invirtió 59 millones de francos en el proyecto, mientras que la industria aportó otros 18,2 millones, una suma que hoy equivaldría a unos 600 millones de francos. Pero el entusiasmo inicial pronto se vio empañado por una mala gestión presupuestaria y por la escasa disposición del sector privado a seguir invirtiendo. Finalmente, las instalaciones de Würenlingen tuvieron que ser transferidas a la Confederación, que las transformó en el «Instituto Federal de Investigación en Reactores» (actualmente, Instituto Paul ScherrerEnlace externo).
Así fue como la «Sociedad Nacional para el Fomento de la Tecnología Atómica Industrial», fundada en 1961 y financiada principalmente por la Confederación, construyó en Lucens una instalación experimental: el reactor en el que, el 21 de enero de 1969, se produciría una explosión.
El sueño de un reactor nuclear industrial «made in Switzerland» se hizo añicos definitivamente. El proyecto de un generador de energía atómica de fabricación nacional fue abandonadoEnlace externo, y las nuevas centrales nucleares suizas se equiparon con reactores de origen estadounidense y alemán.
En Lucens, hoy quedan pocos vestigios de aquella desafortunada experiencia: el emplazamiento fue descontaminado y cubierto de hormigón hace mucho tiempo, y el cantón de Vaud ha habilitado un depósito de bienes culturales en las galerías que aún se conservan.
A pesar de todo, todavía hoy se registran niveles de radiación ligeramente superiores a lo normal: los datos de la Oficina Federal de Salud PúblicaEnlace externo indican la presencia de trazas de tritio -un isótopo radiactivo procedente del agua de refrigeración del antiguo reactor- en las aguas de infiltración del emplazamiento.
Thomas Weibel es periodista y profesor emérito de ingeniería en medios de comunicación.
El artículo original se encuentra en el blog del Museo Nacional SuizoEnlace externo
Texto adaptado del francés por Norma Domínguez. Versión en español revisada por Carla Wolff.
En cumplimiento de los estándares JTI
Mostrar más: SWI swissinfo.ch, certificado por la JTI
Puede encontrar todos nuestros debates aquí y participar en las discusiones.
Si quiere iniciar una conversación sobre un tema planteado en este artículo o quiere informar de errores factuales, envíenos un correo electrónico a spanish@swissinfo.ch.