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Microimpuesto: una iniciativa popular muy ambiciosa

Negociantes de Zúrich: ¿deberían contribuir más a las finanzas públicas? Keystone / Martin Ruetschi

En Suiza, una iniciativa popular pretende gravar las transacciones financieras electrónicas para reemplazar el IVA y otros impuestos federales. ¿La idea de este ‘microimpuesto’ es una utopía o una propuesta realista?

Este contenido fue publicado el 18 marzo 2021 - 08:30

En la década de 1970, el economista estadounidense James Tobin propuso gravar las transacciones financieras en los mercados internacionales de divisas para frenar la volatilidad de los tipos de cambio y el riesgo de crisis. Desde entonces varios movimientos han retomado la idea de la denominada ‘tasa Tobin’, especialmente grupos antiglobalización, pero nunca han tenido éxito.

Algunos países aplican ciertos impuestos financieros. Francia e Italia, por ejemplo, gravan las llamadas negociaciones o el comercio de alta frecuencia. Suiza cobra un impuesto de transferencia al comercio de acciones y bonos cuando una de las partes involucradas es un negociante de valores de origen suizo.

También en la Unión Europea (UE) se baraja la idea de instrumentar este tipo de impuestos: el presupuesto que anunció en febrero la UE para el periodo 2021-2027 prevé ingresos por 1,8 billones de euros (1,94 billones de francos suizos) y menciona la posibilidad de gravar las transacciones financieras como parte de una “hoja de ruta” para nuevas fuentes de financiación.

Pero la fuerza de la propuesta es limitada: la Comisión Europea presentará una propuesta en 2024, más de una década después de que Tobin propusiera por primera vez la idea. Sin embargo, solo 10 de los Estados miembros, es decir, menos de la mitad, respaldan los incipientes planes de la UE.

El caso suizo

En Suiza existe una iniciativa que propone algo más limitado (en sentido de que solo afecta a un país), pero también más ambicioso (porque supone una revisión radical del sistema impositivo).

La iniciativa popular ‘microimpuesto’ pretende gravar todas las transacciones electrónicas en línea, desde la compra de un café con una tarjeta de débito, el pago del salario de un empleado hasta la negociación de miles de millones de francos suizos en los mercados financieros.

Si la propuesta prospera, todas las transacciones serían gravadas con un impuesto del 0,005% durante el primer año. Esta tasa iría aumentando progresivamente hasta alcanzar el 0,1%.

El microimpuesto quiere reemplazar y abolir tres gravámenes existentes: el impuesto al valor añadido (IVA), el impuesto de timbre y el impuesto federal sobre la renta. En Suiza, los impuestos federales constituyen una carga menor para los contribuyentes. La mayor parte del impuesto sobre la renta la recaudan los cantones.

En sus principios básicos, la iniciativa suiza es diferente de la propuesta europea, que se centra en gravar las transacciones financieras relacionadas con la compra de acciones. También difiere de la ‘tasa Tobin’ original, que pretendía castigar la especulación monetaria, explica Marc ChesneyEnlace externo, de la Universidad de Zúrich.

Chesney, profesor de finanzas cuantitativas, es uno de los impulsores de la iniciativa popular suiza, cuyo comité está integrado por economistas, empresarios y políticos de varios partidos. La iniciativa no tiene ninguna filiación política.

Según Chesney, a nivel europeo, el debate en torno a los impuestos a las transacciones financieras está más relacionado con la forma en la que se está comunicando la idea.

Marc Chesney es jefe del Departamento de Banca y Finanzas de la Universidad de Zúrich. Keystone / Ennio Leanza

Las motivaciones de la iniciativa suiza son más bien la eficiencia y el progreso: a diferencia de otros lugares, no se trata de introducir un nuevo gravamen, dice, sino de "deshacerse de tres impuestos" y actualizar todo el sistema fiscal para adecuarlo a la era digital moderna.

Los promotores de esta iniciativa estiman que el impuesto generaría más de 100 000 millones de francos suizos al año al erario público suizo (suficientes para reemplazar los otros tres impuestos) y supondría un ahorro de alrededor de 4 500 francos cada año para un hogar suizo de clase media con cuatro integrantes.

En lo relativo al comercio y la especulación, la iniciativa suiza busca frenar los excesos de un sector que se desarrolla desproporcionadamente y que ahora comercializa volúmenes financieros masivos que nada tienen que ver con la economía ‘real’, como declaró Chesney a SWI swissinfo.ch el año pasado.

Para Chesney, autor del libro A Permanent Crisis (Una crisis permanente) sobre los abusos en el sector financiero, la iniciativa también tiene un componente democrático. Suiza permite una acción ciudadana en asuntos que otros países no permiten.

“Es inconcebible que en los países llamados democráticos, las cuestiones esenciales -de naturaleza política, energética, social, económica o financiera- no sean abordadas democráticamente y que, al final, sean solo el resultado de una decisión del gobierno”, escribe.

Desde una perspectiva puramente práctica, la iniciativa se enfrenta a varios obstáculos.

Según Jean-Pierre Ghelfi, antiguo vicepresidente de la Comisión Federal de Bancos, el microimpuesto no evitaría futuros rescates de los grandes bancos por parte del Gobierno. También le preocupa que las instituciones financieras simplemente transfieran el costo de este impuesto a sus clientes, que son los ciudadanos.

El profesor de economía de la Universidad de Friburgo, Reiner Eichenberger, considera que la idea no tiene sentido y que ni los políticos ni la población aceptarán jamás este impuesto.

“No se podría contar con este gravamen para alimentar las finanzas nacionales, porque simplemente empujaría a los operadores de alta frecuencia [con altos volúmenes de transacciones] a mudarse a otro país, o a dedicarse a otra cosa", dice.

"Si se quiere atacar las transacciones de alta frecuencia, se puede hacer, pero no como una forma de financiar el presupuesto del Estado", añade el profesor.

Eichenberger reconoce, no obstante, que es positivo discutir este tipo de ideas y que el sistema suizo permita el debate. En otros países, la gente se manifiesta contra estos temas, pero no puede realizar un debate serio. En Suiza, aunque estas propuestas sean rechazadas [en las urnas], votar sobre ellas significa que la gente recibe al menos una "educación política".

La iniciativa ‘Para una renta básica incondicional’ de 2016, que proponía un pago mensual de 2 500 francos a cada ciudadano, fue un caso similar. Eichenberger sostiene que la idea "era también una tontería" y que los números no cuadraban. Pero se presentó de forma coherente, y aunque los votantes rechazaron la iniciativa, "es mejor debatir estas cosas que dedicarse solo a ver series policíacas en la televisión".

Aun así, la idea no ha muerto. En 2016 recibió un 23% de votos a favor. Y recientemente, la ciudad de Zúrich lanzó una iniciativa para iniciar un proyecto piloto similar a nivel municipal. Esta vez, los impulsores son políticos de la izquierda, en lugar de activistas sin partido.

Función catalizadora

Otra idea similar (y también rechazada) fue la iniciativa de la Moneda Plena de 2018, que proponía que el Banco Nacional Suizo (BNS) jugara un rol más importante en el suministro de créditos.

Anja Heidelberger, investigadora de la plataforma de información política Année Politique SuisseEnlace externo, indica que esta propuesta (también conocida como iniciativa del dinero soberano), es quizás la más directamente comparable con el microimpuesto: ambas son ideas "altamente técnicas" (más que emocionales) y ambas ofrecen una "visión revolucionaria" del sistema, dice.

Más allá de que sean aprobadas o no, Heidelberger considera que el objetivo principal de estas iniciativas revolucionarios –al menos desde el punto de vista de la teoría democrática –, es poner sobre la mesa ideas que de otro modo no estarían ahí.

Algunas iniciativas cumplen una función de válvula de presión (por ejemplo, en el caso de temas candentes como la inmigración). Otras, se utilizan como herramientas políticas (por ejemplo, para impulsar el perfil de un partido). Y existe una categoría adicional que funciona como "catalizador" para generar debates, explica. La del microimpuesto podría inscribirse en esta última categoría.

Al igual que Eichenberger, Heidelberger señala que los votantes suelen estar demasiado apegados al statu quo como para aceptar un cambio de esta naturaleza, pero sí se logra "ampliar el debate".

La cuestión es más bien si la iniciativa sobre un microimpuesto será sometida a votación popular. Según Chesney, sus impulsores ya han conseguido 40 000 firmas ciudadanas a favor hasta la fecha. Pero tienen un año para reunir las 100 000 firmas que se necesitan para someterla al veredicto de los ciudadanos.

Traducción del inglés: Andrea Ornelas

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