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En una cárcel de Lima Los guardias de la prisión le proporcionaban la droga

Regreso a Zúrich, regreso a la seguridad: el antiguo consumidor y traficante de cocaína.

Regreso a Zúrich, regreso a la seguridad: el antiguo consumidor y traficante de cocaína.

(Esther Michel)

Un zuriqués de 32 años fue detenido en Perú con cuatro kilogramos de cocaína en su equipaje, en 2010. Tras haber purgado seis años de cárcel en el país andino vuelve a Suiza y se queja de la actuación de la embajada helvética.

No era la primera vez. Pero sí sería la última. Cuando Patrick Moser se encontraba, en abril de 2010, en el aeropuerto de Lima haciendo cola para tomar el avión que debía llevarle hasta Madrid, su abultada mochila, con 4 kilos de cocaína, había sido facturada hacía ya unas horas.

Los primeros pasajeros habían subido ya al avión, pronto lo haría el zuriqués, todo marchaba según lo previsto. Delante de él la policía detiene a un joven polaco por tráfico de drogas. Esto pone a Moser un poco nervioso, aunque ya se sabe que en el aeropuerto de Lima estas cosas pasan un par de veces al día. Siempre extranjeros, casi siempre drogadictos.

“Contra la droga nadie puede hacer nada, salvo uno mismo. Quise demostrar a todos que tenía la fuerza para hacerlo”

Moser, 32 años, también es drogodependiente. Necesita dinero, siempre más y más dinero. En Zúrich tiene deudas por valor de unos 150 000 francos, con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo y quiere tranquilizarlos durante unas semanas. Al parecer no han detectado la droga que lleva. Mala suerte para el polaco, buena para él. Moser respira aliviado.

Pero piensa: “¿Está yendo bien otra vez? ¿En serio?” Si Patrick Moser opta por este negocio, seguirá consumiendo droga diariamente. Pero al mismo tiempo quiere dejar la cocaína. Y no lo consigue. Así que traficará de nuevo. Tiene que pasar tres kilos a sus contactos y se quedará con el cuarto. Como mínimo, ese kilo puede valer 40 000 francos –dice Moser hoy, más de seis años después y ya en Suiza. Tal vez hasta 50 000 francos. Mucho dinero para un drogadicto como él, que lleva 15 años consumiendo. Mucha pasta, aún cuando de esa cantidad haya que retirar algunos gastos –aproximadamente 1500 dólares por kilo de droga y otros 3 000 dólares para que la vigilancia del aeropuerto le deje pasar.

Ya basta

Es entonces cuando la azafata del mostrador de embarque le llama por su nombre. Se da cuenta de que es solo un pretexto. Los seis policías que se han colocado en el mostrador de embarque no le encuentran entre los viajeros. En lugar de presentarse se sienta en un sillón a unos pocos metros de distancia. Todos los demás pasajeros ya han subido al avión. De nuevo escucha su nombre. No piensa huir. De repente todo se aclara para Patrick Moser: Ya basta. Es el momento. Y su oportunidad. Una nueva vida sin drogas. Se presenta y confiesa todo. En la mochila, que ha permanecido en la sala de control, la policía halla, a indicación de Moser, la cocaína. Estaba escondida en el estuche de un ordenador portátil.

El zuriqués es interrogado durante diez días. Tras la confesión, el proceso judicial tiene lugar inmediatamente. Seis años y tres meses de cárcel. Y no obstante, Moser se siente aliviado. O como dice él mismo: “No estaba ni enfurecido ni decepcionado. Sino feliz de que ya hubiera pasado. Lo anterior no era vivir”.

Durante casi un año estuvo recluido en un gran centro penitenciario del centro de Lima, lejos de su casa y alejado de todo –igual que los otros 176 suizos y suizas que en la actualidad se encuentran presos en alguna parte del mundo. En el interior de la cárcel se puede comprar comida y bebida, pero también drogas, alcohol, prostitutas, juegos de azar, llamadas telefónicas – “como en un mercado”, dice Moser.

Después de once meses se inauguró una nueva prisión a unos 20 kilómetros de Lima con una capacidad para 4 000 presos. Unas 2 000 de esas plazas fueron cubiertas con extranjeros, la mayoría condenados por tráfico de drogas, unos pocos por falsificación de tarjetas de crédito o falsificación de moneda. En el penal de Piedras Gordas no hay mercado, pero siempre se puede conseguir alcohol, prostitutas y, sobre todo, drogas.

Como en el parque de Platzspitz

El juego que describe Patrick Moser es un juego corrupto y tramposo: la mayor parte de los presos extranjeros son drogadictos. Por lo tanto, quieren droga, y la reciben de sus carceleros. Si no eres adicto, los guardias hacen que lo seas. Ganan montones de dinero con las drogas. Durante tres de los seis años pasados en prisión Moser consumió cocaína. Cuando finalmente se negó, fue objeto de una intensa presión durante semanas, afirma. Además le amenazaron con palabras y golpes e incluso llegaron a orinar en su comida.

Para empeorar las cosas, los compañeros de Moser eran también drogodependientes. En la celda, apenas 16 metros cuadrados para 8 personas, “el ambiente era como el del parque de Platzspitz [parque de las agujas], en Zúrich”, dice. La gente apestaba, algunos habían perdido los dientes o las ropas. Según Moser, el crack es la droga que se consume más frecuentemente, seguida por la heroína. Calcula que el 90% de los reclusos extranjeros son drogodependientes. “Los guardias quieren que te hundas. Así te pueden explotar más fácilmente”.

“Nadie puede hacer nada, salvo uno mismo

Cuando los celadores se dieron cuenta de que el joven suizo, entonces de 35 años, se mantenía firme en su decisión, intentaron imponerle el segundo papel destinado a los reclusos extranjeros: el de vendedor. De drogas, de teléfonos, de prostitutas. Moser se resistió también a estos intentos de amenaza. Hoy dice sobre aquellos días: “Cuando dejé de consumir los guardias convirtieron mi vida en un infierno. Me quitaron mucho dinero. Me trataron como a un perro”.

Mucho peor que todo eso era pensar en las preocupaciones que estaba ocasionando a su familia. A sus padres y a su hermana, los cuales durante todo ese tiempo le estuvieron apoyando y sosteniendo también económicamente. “Yo sabía que, cuando estuviera afuera, ellos se darían cuenta de que la espera había valido la pena”. De una vida sin control alguno por causa de las drogas, saldría un Moser purificado y experimentado. Supo reaccionar y ahora afirma –aunque sabe que suena algo trivial: “Contra la droga nadie puede hacer nada, salvo uno mismo. Quise demostrar a todos que tenía la fuerza para hacerlo”. No guarda rencor a quienes lo delataron aquel día de abril. Ha esperado la excarcelación durante años sin hacerse reproches cada día.

“Si la embajada [suiza] hubiera colaborado mejor con la dirección de la prisión, me hubiera ahorrado mucho sufrimiento”

3 suizos, 300 españoles

La espera fue larga. Y como cuenta la madre de Moser, nunca estuvo claro cuándo Patrick iba a ser puesto en libertad. En caso de que alguna vez fuera a serlo. Asegura que “ha sufrido mucho”. A esto hay que añadir que muchos de sus amigos le han dado la espalda. O que ha tenido forzosamente que alejarse de ellos. “Algunos no entendían que apoyara a mi hijo, que aceptara sus llamadas por teléfono, que le enviara dinero”. Lo haría una y mil veces, aunque supiera que se lo iba a gastar en drogas. “Soy su madre”, dice, “¿Quién, si no yo, iba a apoyarle? ¿Quién iba a creerle?”.

Al propio Moser le ha pasado algo parecido. Solo unos pocos de sus amigos de Zúrich le ayudaron o incluso fueron a visitarle. La mayor parte se alejó de él. Sospecha también que con cargo de conciencia. Él fue pillado, los otros no. Igualmente, en la cárcel, tampoco pudo contar con muchos amigos. Por una parte, porque como ex drogadicto se fue convirtiendo en una especie de paseante solitario; por otra, porque junto a él solo había otros dos suizos recluidos. Todo lo contrario que los cerca de 300 españoles, que formaban un grupo fuerte y unido. “España está contenta de que liberen a sus traficantes. La embajada española paga a cada recluso una media de 75 dólares al mes. Eso es mucho, pero bastante menos de lo que cuesta la atención a los drogadictos en su país”.

Me habría ahorrado mucho

Moser nunca recibió dinero de la embajada suiza. Porque viene de buena familia y porque, como ha repetido muchas veces, tampoco quería. Sin embargo, sí hubiera deseado apoyo jurídico. “Si la embajada hubiera colaborado mejor con la dirección de la prisión”, afirma Moser, “me hubiera ahorrado mucho sufrimiento”. En realidad, el director de Piedras Gordas está obligado a actualizar semestralmente los expedientes de todos los reclusos y, en caso de ser solicitado por ellos, de hacerlos llegar al juez instructor correspondiente. Para que se puedan proponer reducciones de pena. Sin embargo, el alcaide “no tenía ningún interés en ello”, porque el centro penitenciario produce mucho dinero con los reclusos.

Moser asegura que “en Suiza habría salido mucho antes por buen comportamiento”. Sin embargo, como el alcaide era tan corrupto como los celadores falsificaba los documentos y dejaba entender que uno se comportaba incorrectamente. “Esperaba que la embajada intercediera por mí, pero no ocurrió nada”, afirma Moser. “Deberían haber solicitado examinar la documentación y ejercer una mayor presión. Más aún cuando tienen tan pocos casos de los que ocuparse”.

Dos visitas al año son suficientes

El cumplimiento de la pena, así como las condiciones para la reducción de la misma, son competencia exclusiva de las autoridades peruanas, replica Pierre-Alain Eltschinger, portavoz del Ministerio suizo de Asuntos Exteriores. “Los presos pueden aprovechar los recursos legales que tienen a su disposición, cuando no estén de acuerdo con una actuación de un país”. El ministerio no hizo ningún comentario sobre las cárceles extranjeras. Sobre casos particulares no se facilitan datos por razón de la ley de protección de datos y la privacidad. Eltschinger añade: “El ciudadano suizo mencionado por usted disfrutó de la protección consular. Por ejemplo, fue visitado dos veces al año por personal de la embajada”.

¿Pretende Moser cargar la culpa a la embajada? No. “El único culpable soy yo”, afirma. “Eso siempre lo tuve muy claro”. Sin embargo, eso no cambia el hecho de que haya sentido tan poco apoyo jurídico. El mismo día de su puesta en libertad la embajada no consideró necesario irle a recoger. Y eso aunque los celadores le habían quitado los últimos 600 dólares que le quedaban. No tenía dinero ni para comprar un billete de autobús. Según el ministerio recoger a los presos no forma parte de las prestaciones previstas en la ley suiza para las representaciones en el exterior.

“He sufrido muchísimo como para, en un descuido, poner en juego la libertad ganada”

Un restaurante en la cárcel

Patrick Moser se mantiene tranquilo cuando formula sus quejas y habla de sus experiencias en Piedras Gordas. Solo de vez en cuando irrumpen sus recuerdos. Menciona de pasada que durante algún tiempo pesó solo 53 kilos. O que frecuentemente sufría palizas a manos de sus guardianes. Los niveles de higiene eran miserables, la comida escasa. Además, el miedo permanente a que su condena se alargara con cualquier pretexto. Sin embargo, no se queja, simplemente lo cuenta. Solo una vez dijo: “He sufrido mucho”. Y también: “No fue una experiencia por la que uno quiera pasar”. Llama la atención en su discurso el uso frecuente del impersonal, como si él no hablara de sí mismo.

Su familia le ha estado apoyando y le facilitó la posibilidad de trabajar en la cárcel. Su condena contemplaba los denominados beneficios penitenciarios. Por cada cinco días de trabajo se le reducía un día de condena. Como es un cocinero cualificado, montó con un compañero un restaurante en la prisión, del mismo modo que otros presos trabajaban en el taller de carpintería o en la sección de marroquinería. Para él este trabajo era solo una farsa. Sin embargo, constituyó una diversión para no volverse loco.

Desde hace algunas semanas Patrick Moser, a sus casi 39 años, se halla ya de vuelta en Suiza. Ha recuperado ya 10 kilogramos. Y está contento con su nuevo trabajo en un club de golf, dos días por semana. El próximo mes comienza un curso de comercio, pues la cocina no le interesa ya en absoluto. Ha roto el contacto con sus antiguos compañeros de droga: “Enseguida empezaría a consumir otra vez”. Con ello, calcula él que ha perdido, de un golpe, el 90% de su antiguo entorno. Sin embargo, asegura que no le importa en absoluto. “He sufrido muchísimo como para, en un descuido, poner en juego la libertad ganada. Y ellos no saben lo que yo he pasado”. Además, poco después de su liberación el pasado mes de abril conoció en Lima a una joven y luego la trajo a Suiza. Ella llegó con equipaje. Y sin cocaína.

La versión original (alemán) de este artículo se publicó en el diario Tages AnzeigerEnlace externo.


Traducción del alemán: José M. Wolff

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