Un laboratorio iraquí investiga los crímenes del EI contra los yazidíes
Seis gotas de sangre en un papel y un frasco con hueso en polvo son los escasos elementos con los que un laboratorio forense iraquí intenta arrojar luz sobre las atrocidades cometidas por el grupo Estado Islámico (EI) contra los yazidíes.
«Es como un puzzle», dice el especialista forense Mohamad Ihsan, mientras dispone huesos amarillentos bajo las luces fluorescentes en el destartalado Directorio Médico-Legal, en el este de Bagdad.
Los huesos, exhumados recientemente de fosas comunes del bastión yazidí del Sinjar, en el noroeste de Irak, se compararán con muestras de sangre de supervivientes de la comunidad para ayudar a dilucidar la suerte de los desaparecidos tras la ofensiva del EI en 2014.
– Posible genocidio –
Cinco años después del ascenso yihadista, más de 3.000 yazidíes, seguidores de una religión esotérica y kurdohablantes, siguen desaparecidos. Cientos de hombres fueron masacrados, se reclutó a niños como soldados y se convirtió a mujeres y niñas en «esclavas sexuales», antes de que se los liberara a cuentagotas.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que considera que estos hechos podrían ser constitutivos de genocidio, lleva a cabo una investigación criminal conjunta con Irak para proporcionar a esta minoría traumatizada una conclusión legal y emocional a tanto sufrimiento.
Desde marzo, el laboratorio de Ihsan recibió huesos, cabellos y pertenencias de 12 fosas comunes de Sinjar.
«Nuestros especialistas en traumatología determinan la causa de la muerte, las fracturas y las heridas», explica el doctor a la AFP.
Pero la investigación se ha visto obstaculizada por el estado de las pruebas y la dificultad de la identificación del ADN en una comunidad en la que los matrimonios endogámicos son la norma.
– «Familias liquidadas» –
Hallar rastros de ADN en restos expuestos a lluvias, incendios y combates durante años es toda una proeza, explica la analista genética Mais Nabil.
«A veces nos llegan pruebas que están muy deterioradas y solo podemos intentar extraer el ADN unas cuantas veces, hasta que ya no se pueden usar», explica Nabil a la AFP.
Cuando, a pesar de todo, consigue aislarse el ADN, comienza la identificación, un minucioso trabajo en una comunidad que antes de 2014 contaba con más de 550.000 integrantes. La ofensiva del EI forzó a unos 100.000 a huir al extranjero y llevó a muchos más a campamentos de desplazados.
«Hay familias que fueron totalmente liquidadas. ¿Quién registra el nombre de la persona desaparecida en ese caso?», señala Amer Hamud, director asociado del centro.
El laboratorio registró los nombres de 1.280 individuos desaparecidos y cuenta con 1.050 muestras de sangre, mientras espera que las autoridades kurdas envíen otras 2.600 muestras.
Pero la clave se encuentra en el extranjero.
«En Alemania hay 2.200 familias yazidíes a las que espero contactar para poder obtener muestras de ADN. En Australia hay 800 familias, 800 en Canadá y casi 150 en Francia. Esta lista podría ser mayor que las muestras que tenemos en Irak», dice Hamud.
– «Nunca nos quedaremos tranquilos» –
En su laboratorio, con apenas 10 años de historia, Hamud analiza víctimas de décadas de violencia en Irak.
Las cajas de cartón en las que se guardan las pruebas de Sinjar están rodeadas por otras etiquetadas como «Anfal», «Karrada» y «Basra», en referencia, respectivamente, a una masacre de kurdos en los años 1980, a una explosión en Bagdad en 2016 y a una provincia afectada por la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980.
«Contamos con años de experiencia identificando víctimas. Pero para minimizar el margen de error, necesitamos tiempo», asegura Hamud.
Las labores de exhumación e identificación cuentan con el respaldo de la investigación especial de la ONU para los crímenes del EI (UNITAD), que recopila pruebas y testigos de cara a posibles juicios en «tribunales nacionales».
Poner en marcha esos procesos podría llevar años, pero Bashar Hamad, de 51 años, está desesperado por saber qué le ocurrió a su hermano Nawaf y a otros cinco allegados a los que vio por última vez en 2014.
Hamad aportó muestras de sangre a las autoridades el año pasado con la esperanza de que eso ayude a determinar la suerte de sus familiares desaparecidos, aunque en su opinión hay pocas posibilidades de que sigan vivos
«El EI se acabó» y en los campamentos que alojan en Siria a las familias salidas de su último bastión «solo hay mujeres y niños. No hay hombres», asegura.
«Nunca nos quedaremos tranquilos. Mientras estos acontecimientos permanezcan en nuestra memoria y todo el mundo nos cierre sus puertas, no podemos estarlo», asegura Hamad a la AFP.
«Pero sería mejor saberlo».