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Una amenaza silenciosa

Este contenido fue publicado el 13 noviembre 2020 - 11:00
Benjamin von Wyl, texto Thomas Kern, fotos

En 1947 estalló un depósito de material explosivo en Mitholz, Oberland Bernés. Durante mucho tiempo se creyó que ya no había riesgos. Pero eso cambió repentinamente. En invierno de 2019 el Ministerio de Defensa comunicó que la aldea debía desaparecer durante diez años. ¿Cómo reacciona la población ante semejante perspectiva?

En algún lugar detrás de esa puertas hay peligro. Entrada principal de la fortaleza.

Las casas y granjas de Mitholz se encuentran desperdigadas en el altiplano. En Mitholz, en el Oberland Bernés, no es el turismo, sino el tráfico automóvil lo que perturba la imagen de una Suiza de postal. Sin embargo, la aldea con 170 habitantes no existirá durante mucho tiempo: en 2030 sus habitantes serán evacuados y no podrán volver hasta diez años más tarde. ¿Dónde se ve usted dentro de diez años? A esta pregunta típica en una entrevista de trabajo no se suele contestar con una respuesta definitiva. En el caso de Mitholz es diferente. Sus habitantes tendrán que salir en diez años. Mitholz desaparecerá, al menos durante una década.

Vista aérea del cráter provocado por la explosión en enero de 1948. Schweizerisches Bundesarchiv

Esta cesura en la vida futura de los habitantes de Mitholz es consecuencia de una catástrofe que se produjo hace más de 70 años, antes de que la mayoría de los vecinos y vecinas del pueblo hubieran nacido. Durante la Segunda Guerra Mundial el Ejército suizo construyó un depósito subterráneo de municiones en la roca. El 19 de diciembre de 1947 explotaron las cerca de 3 000 toneladas de municiones y explosivos que se encontraban allí. El Chnütsch, como llaman al suceso los del pueblo en su dialecto local, permaneció durante mucho tiempo la explosión no nuclear más grande del mundo. Nueve personas fallecieron.

Durante mucho tiempo se tuvo la certeza de que ya no existía ningún riesgo. Sin embargo, el invierno pasado el ministerio de Defensa comunicó que el pueblo de Mitholz debía desaparecer durante diez años. La gente tendrá que irse para que se pueda retirar de manera segura el material explosivo. Pero aún hay que esperar diez años hasta que llegue ese momento, porque antes se deberán realizar trabajos de ampliación y preparación para que el importante tráfico de tránsito esté garantizado. Sin que exploten, los restos del antiguo depósito de municiones vuelven a poner en riesgo la existencia de la aldea.

El Ministerio de Defensa está dispuesto a comprar las casas, probablemente con derecho de tanteo para los descendientes de los actuales propietarios. Muchas cosas son inciertas. ¿Cuánto van a recibir de indemnización los habitantes de Mitholz por sus casas? ¿Dónde podrán comprarse una nueva casa? En Mitholz, los precios de los inmuebles son más bajos que en otros lugares de la comarca. 

Annelies Grossen, 50, jardinera y concejala de Frutigen

“Pobre pueblecito” dice el rótulo de un archivador que Annelies Grossen tiene en el último restaurante de Mitholz. Es el título de un viejo poema de luto que trata de comprender lo que antaño pasó en Mitholz.

Hoy, Grossen vive en la localidad cercana de Frutigen, pero pasó su infancia en Mitholz donde creció con la catástrofe. Perdió a su abuela y a varios hermanos de su madre. “Mi abuelita agarró a la niña de tres años que estaba llorando y salió de casa corriendo. Quiso volver para ir a buscar a los otros, pero después empezó a arder todo. Su marido lo vio todo desde la casita de la pradera en lo alto del depósito de municiones.”

Sin que se hablara mucho sobre lo sucedido, la explosión era un tema trascendental para su familia. En cambio, en el colegio y en la vida cotidiana del pueblo no lo fue durante mucho tiempo. Cuando en 1997 se cumplieron 50 años desde la catástrofe, la madre de Grossen, entonces concejala, procuró, junto con el ayuntamiento, que se conmemorara la tragedia con un acto oficial. Los archivadores y las carpetas que Grossen ha traído fueron recopilados en parte para aquella ocasión. Contienen fotos de las patrullas de búsqueda, de los supervivientes y de la visita de la directiva del Ejército encabezada por el general Guisan, que significó mucho entonces para los parientes de los fallecidos en Mitholz, recuerda Grossen.

La piedra amarilla muestra el lugar donde se rompió la pared rocosa, por encima de la entrada del depósito, durante la explosión de 1947.

La prensa internacional informó sobre la explosión, hasta en Boston, aunque con retraso: incluso la rueda de prensa oficial de las autoridades suizas no se celebró hasta tres días después. “Hoy se haría de manera muy distinta. Hoy se desplazarían hasta el lugar inmediatamente equipos de psicólogos especializados para atender a los parientes de los fallecidos, pero en 1940 simplemente fueron dejados solos en el llano.”

Los muchos automovilistas que transitan el lugar, no advierten la pequeña fuente conmemorativa. “Pero los vecinos de Mitholz tienen un lugar. Allí encendía velas mi madre primero, y más tarde una vecina o yo.” Grossen contaba con que el pueblo de Mitholz se volvería a reunir para el 75º aniversario. “Íbamos a poder estar en paz y pasar página. Pero después llegó el 18 de junio de 2018.”

Aquel día se hizo público que el antiguo depósito de municiones seguía siendo un peligro. El Ministerio suizo de Defensa comunicó que en “partes de la construcción hundida y en el cono de escombros situado delante todavía se encuentran enterradas alrededor de 3 500 toneladas brutas de municiones y varios centenares de toneladas de explosivos”. En fin, que permanecía allí todavía la misma cantidad de material explosivo que la que había estallado en 1947 en la explosión no nuclear más grande hasta entonces.

Grossen dice que siempre eran conscientes de que algunos proyectiles sueltos en el suelo podían estallar algún día. “Pero no sospechábamos esta cantidad; poco a poco se descubrió que el monte entero era altamente explosivo, con bombas aéreas de hasta 50 kilogramos.” Pero estas no son el principal problema, dice. “Las pequeñas granadas cónicas son las que podrían desatar una reacción en cadena.” Grossen, jardinera y militante local de los Verdes liberales, habla como si fuera una especialista de materiales explosivos..

El pasado vuelve con fuerza a Mitholz, y el futuro exige con premura sus deudas. “Algunos dicen que hubiesen preferido no saber nada. Durante un tiempo, algunas familias no hablaban de otra cosa. Otras dicen que empezarán a planificar cuando esté claro el calendario”, refiere Grossen.

© Thomas Kern/swissinfo.ch

Urs Kallen, 64, exdirector del complejo

Urs Kallen fue director del complejo alpino hasta 2010. Para la entrevista se acerca hasta la entrada a la galería. Es solo la segunda vez que acude a este lugar después de que dejara su cargo en 2010 tras 30 años de servicio. A partir de 1953 el Ejército suizo volvió a reconstruir el complejo con las galerías y cavernas parcialmente destruidas por los explosivos en 1947.

Durante un tiempo se planeó un laboratorio químico, luego un hospital, y en 1982 se concluyeron las obras del complejo, concebido ahora para servir de farmacia militar. Para esta remodelación se dinamitó incluso una parte de la roca. Hasta 2018, unas 130 personas hacían allí el servicio militar, fabricando medicamentos sencillos y productos cosméticos como cremas solares, relata Kallen.

Periódicamente, Kallen guiaba, por orden de sus superiores, a delegados militares extranjeros a través de la “Cámara 8”, cuyo suelo está lleno de artefactos explosivos oxidados. Era una atracción, dice. Hace más de treinta años, Kallen ya procuró que se le garantizara por escrito que no hubiese peligro para él, sus colaboradores y los invitados.

La respuesta que le dieron estaba redactada en un tono tranquilizador. Pero ahora, retrospectivamente, le inquieta. Era demasiado confiado entonces: “¡Lo tenía por escrito, los especialistas habían estado aquí, confiaba en ellos!”, exclama. “Entretanto ha aparecido un viejo escrito que demuestra que ya en aquel entonces existían razones para dudarlo.” Pero entonces nadie les había dicho nada. “Y eso era lo mínimo que hubieran tenido que hacer.”

Al interior de la montaña, detrás de esta puerta, se oculta un peligro invisible.

Se nota que Kallen se siente orgulloso de sus años de servicio en el Ejército suizo. Sin embargo, de las autoridades no ha recibido jamás ni una sola palabra de disculpa. El escrito de 1986 confirma que “el riesgo de explosión es pequeño”. La evaluación de entonces no daba motivos para suponer “que los colaboradores pudiesen estar en peligro”, escribe un portavoz del Ministerio de Defensa en respuesta a las declaraciones de Kallen. Hoy, el inmenso portal de la galería está cerrado a cal y canto. Detrás vigila un agente privado de seguridad y hay un sistema de alarma. Una petición de swissinfo para ir a visitar el lugar es rechazada por razones de seguridad.

Karl Steiner, 63, cartero

“En realidad, nada es seguro”, dice Karl Steiner, de 63 años, presidente de la comunidad de intereses Mitholz, a la que se asociaron sus habitantes. Con ello, Steiner, cuyo apellido se pronuncia en el dialecto local con una e larga y una i casi imperceptible (Steeener), quiere decir que las autoridades todavía no han proporcionado respuestas definitivas sobre la evacuación. Pero se tiene la impresión de que sus palabras se ajustan a muchas cosas relacionadas con este pueblo alpino del cantón de Berna. Con profusión habla de las avalanchas y crecidas que han sacudido Mitholz a lo largo de décadas. También de la NFTA, el gigantesco proyecto ferroviario transalpino para cuya construcción Steiner tuvo que vender a las autoridades una tercera parte de sus tierras en los años noventa.

Pero nada de todo ello es comparable con la evacuación. Las casas se quedarán vacías y las granjas abandonadas, y los jardines se cubrirán de maleza y pasarán a formar parte del paisaje salvaje. “Con treinta vacas es difícil recomenzar de cero”, apunta Steiner. No está claro lo que va a suceder con los campesinos y sus animales. Probablemente tenga que abandonar sus doce colmenas, dice. La madre de Steiner presenció la catástrofe. Los acontecimientos de los últimos años la han desconcertado profundamente. Ahora, el hijo solo quiere que encuentre sosiego. Dentro de 20 años, cuando la gente pueda regresar a Mitholz, Steiner tendrá su edad. “Para entonces ya no hará falta que vuelva. Espero que mis hijos se hagan cargo de la casa.”

Mientras la cuestión principal sigue sin aclararse, es importante que la comunidad de intereses Mitholz actúe, negocie e interpele de forma unida. Parece que ha conseguido unir al pueblo. Toda la población de Mitholz se encuentra en la misma situación; no solo aquellos que de vez en cuando se reúnen en la última taberna. La evacuación ha unido a un pueblo que pronto va a desaparecer.

Werner Loat, 67, conductor de excavadora jubilado

“¡Antes había varios restaurantes y dos tiendas! Mamá, ¿te acuerdas cuándo cerró la última?”, pregunta Werner Loat a su esposa Alice, que se encuentra a su lado en la mesa, para luego contestarse a sí mismo: “15 años, seguro.” En la época de la explosión existía todavía un supermercado Konsum. “Mi madre trabajaba ahí. Después de las bombas no volvió a abrir. Tal vez viviría más gente hoy aquí si no hubiera ocurrido la catástrofe.”

Fuera se manifiestan los dos perros en el coto. No molestan a nadie. Los Loat viven en la zona periférica del pueblo, muy cerca del Lago Azul. Cuenta Loat que su casa al principio se encontraba todavía fuera de la zona de evacuación. Solo después de una segunda investigación quedó claro que tenían que marcharse también ellos. 

Los “Loat-Werner” vivieron aquí en esta casa toda una vida. “¡Nunca quise marcharme, me siento muy arraigado aquí!” En la localidad turística vecina de Kandersteg hizo su aprendizaje, trabajando durante 49 años en la misma empresa. Asimismo, hace casi 50 años falleció su padre en un accidente de caza. Por amor a su madre se quedó en la casa paterna para echarle una mano con las cabras y ovejas. Cuando él y Alice fundaron su propia familia, remodeló la casa con sus propias manos. Preferiría no irse y se pregunta por qué las autoridades no “cierran el acceso para luego volarlo todo de manera controlada”. Sin embargo, según el Ministerio de Defensa una explosión controlada, posiblemente, no destruiría “gran parte de la munición” y dispersaría un número elevado de artefactos explosivos por el valle.

Además de la voladura controlada se le ocurren a Loat otras ideas originales. Pero a pesar de ello no cuestiona la decisión: “Si tengo que marcharme, me iré. ¿Qué pinto yo aquí?” No cree que en un regreso. Ojalá mi hija se haga cargo, dice. 

Heidi Schmid, 37, ejecutiva municipal

Heidi Schmid se encuentra en una etapa totalmente distinta, pero también ella se conforma. Al llegar a la casa de los Schmid, ya se acercan corriendo los hijos. Visten camisetas de sus vacaciones en Sudamérica. Dentro, encima de la galería, cuelga una bandera escocesa. Todo tiene una pinta excesivamente internacional para un pueblo como Mitholz. Otros habitantes han vivido más o menos toda su vida en el valle; mientras que los hijos de los Schmid ya estuvieron en Chile. A ella y a su marido les encantan los viajes, dice Schmid, “pero nuestras raíces están aquí”.

Cielo de otoño sobre las montañas del valle de Kander, frente al depósito de municiones.

Los Schmid heredaron la casa de sus padres. El color de la madera sigue teniendo un tono claro incluso diez años después de la remodelación. Solo el mirador sigue sin acabar. “Esto se queda así de momento”, señala Schmid, “pues todavía seguimos en la incertidumbre”.  

“En estos momentos se están tomando decisiones sobre nuestro futuro, y nosotros hemos reflexionado si quedarnos en la región o hacer algo totalmente diferente.” Lo último significaría mudarse a una región distinta del país o emigrar, quizás primero solo para un año. Pero la familia Schmid ha decidido quedarse. Ahora, los hijos aún párvulos, no es el momento para este tipo de experimentos, dice Schmid. “En el fondo, queremos algo parecido a lo que tenemos aquí.”

Pintura mural realizada por los alumnos de la escuela de Mitholz en el pasaje subterráneo de la calle principal.

El esposo de Heidi Schmid es una persona familiar y tiene arraigo profesional en Mitholz. Ella trabaja como empleada con funciones ejecutivas en la localidad cercana de Frutigen, donde creció. Los Schmid quieren lo que todos quieren aquí: conservar lo que tienen. Pero eso no va a ser posible. El pasado deshace sus planes, como a todos los vecinos y vecinas de Mitholz, y les obliga a ocuparse de su futuro a medio plazo, y eso sin conocer los condicionantes. Interpelado por este medio, el Ministerio de Defensa comunicó a mediados de septiembre que debatirá “en las próximas semanas” sobre el “procedimiento concreto” con la comunidad de intereses Mitholz “para luego realizar las primeras inspecciones de algunas casas particulares.”

Traducido del alemán por Antonio Suárez

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