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Abrazos, algarabía y espuma: exprisionero político vuelve a casa tras aministía en Venezuela

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Los dos hijos de Reinardo Morillo se abalanzan sobre él tan pronto baja de la camioneta, un abrazo apretado de reecuentro después de salir de prisión tras la recién promulgada amnistía en Venezuela.

La algarabía en el barrio 9 de Diciembre en San Fernando de Apure (oeste) se mezcla con el himno venezolano que suena en un parlante. La gente grita, toca cornetas, alguien no escatima en la espuma de fiesta que esparce a placer. 

La casa familiar está adornada con globos del amarillo, azul y rojo de la bandera y una pancarta que dice «Bienvenido a casa».

Morillo es inspector en la policía científica. Tiene 41 años y fue capturado el 30 de septiembre de 2024 en Guasdualito, a unas seis horas de San Fernando. Le acusaron de traición, terrorismo, conspiración, de colaborar con un exjefe policial en el exilio para derrocar al ahora depuesto presidente Nicolás Maduro.

La familia asegura que se trató de un pase de factura tras investigar un caso que involucraba al temido cuerpo de contrainteligencia. Pasó un año y cinco meses tras las rejas.

Grecia Arana, su esposa, maquinó el recibimiento, dos días después de reencontrarse con Morillo en la salida de la cárcel del Rodeo I, en las afueras de Caracas. Durmió casi un mes en el campamento que junto a otros familiares de presos políticos improvisó frente a ese penal.  

«Este afecto de amor de la familia, la libertad no tiene precio y viva Venezuela libre», dice con ojos llorosos Morillo a la AFP entre la multitud y bañado de espuma. Le cuesta expresar su emoción. 

Va junto a sus dos hijos de 11 y 13 años, aferrados a él. Dice que al bajar solo tomó la mano de Arana y se dejó llevar, aún abrumado con la libertad recién recuperada.

– «Sorprendido» –

En los minutos previos a la llegada de la camioneta con Morillo, los vecinos del 9 de Diciembre ensayaban el recibimiento. Los hijos delante, atrás una bandera, la familia lleva globos blancos con mensajes en marcador. 

No sirvió de nada. Los niños son los primeros que corren hacia el carro. El himno poco se escucha. La bandera queda atrás.

«Sorprendido», expresa Morillo. No deja de estirar el brazo para saludar vecinos y familiares que hacen fila para verle.

Poco habla de su cautiverio, de los nueve meses que estuvo desaparecido sin contacto con la familia, del momento en que supo que sería libre. «Primero tengo que compartir con la familia para después expresar las otras emociones», expresa.

Arana es la vocera de la familia. Se maneja bien frente a las cámaras, sin temor a gritar consignas.

«¡Viva la libertad, viva Venezuela!», grita mientras camina en la procesión. 

«A pesar de que tengo mi esposo en casa (…) la lucha sigue», expresa Arana, de 34 años. «Quedan muchas personas allá adentro, muchos inocentes y hasta que no salga el último mi lucha no va a acabar».

– «Familia unida» –

Morillo recupera la libertad por la amnistía impulsada por la presidenta Delcy Rodríguez bajo presión de Washington y aprobada por el Parlamento la semana pasada.

Rodríguez asumió el poder tras la captura de Maduro en una incursión militar estadounidense. 

Un total de 217 personas quedaron en libertad hasta este jueves según el Parlamento, aunque desde la salida de Morillo junto a otra treintena de presos políticos del Rodeo el proceso de excarcelaciones se ralentizó.

«No me lo creo, no lo asimilo», dice inconsolable Giulianna Montoya, amiga de la familia de 17 años. «Es como un sueño».

Un pastor encabeza un rezo de agradecimiento. Morillo levanta las manos junto a la comunidad, cierra los ojos. 

Completa frases del sermón cuando el predicador habla de las prisiones, él dice «injustas», pide la salida del resto de los inocentes.

Sus hijos lo acompañan. «Agradecido con Dios de que mi papá esté aquí sano y salvo y podamos ser una familia unida otra vez», dice el mayor de ellos, Rey Isnardo.

Cae la noche. Morillo habla con amigos policías, una mujer canta por un micrófono, los niños corren: la vida comienza a parecer normal.

jt/bc/cjc

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