Así fue la expedición de Hernán Cortés a México según «los verdaderos conquistadores»
Madrid, 12 may (EFE).- Aniquilaciones masivas con un propósito evangelizador y reeducativo, destrucción de ídolos para imponer la santa doctrina, intrigas políticas y motines… Así fue la expedición de Hernán Cortés a México según uno de los soldados que lo acompañó y que lo escribió en un libro.
Coincidiendo con el regreso al debate político de la forma en que se desarrolló la conquista de América, la editorial española Libros del Asteroide publicará el 25 de mayo ‘Historia verdadera de la conquista de Nueva España’, una reedición adaptada al «español actual» y antologada por Lorenzo Martín del Burgo, de las crónicas escritas por Bernal Díaz del Castillo, uno de los soldados que acompañó a Hernán Cortés.
Díaz del Castillo escribió este testimonio, cinco décadas después de la expedición de Cortés, como una reivindicación de «los verdaderos conquistadores», indignado por la precaria situación económica en que habían quedado los escasos supervivientes y por la publicación de otros relatos escritos de oídas.
Instalado en Guatemala, donde falleció en 1584, el autor constata que los pocos veteranos que sobreviven como él -en el momento de concluir la escritura, apenas quedaban cinco de los 550 hombres que navegaron desde Cuba a México en 1519- se encuentran «adeudados y escasos de hacienda, abatidos y de mal en peor, bajo el dominio de gobernadores que hacen lo que quieren».
En palabras del historiador y crítico literario Jordi Gracia, que firma la introducción, estos hombres acabaron siendo «unos perfectos pringados (perdedores)».
Aniquilaciones masivas con fines evangelizadores
El libro se terminó de escribir en 1568 y la primera edición impresa se publicó en 1632. Con un enfoque desacralizador, el soldado Bernal relata batallas, intrigas políticas y motines, describe todo un entramado de alianzas con distintos líderes locales, paisajes y costumbres de la cultura indígena.
Según la editorial, se trata de «un testimonio privilegiado para comprender cómo se fue configurando el orden colonial del siglo XVI».
Se describen las aniquilaciones masivas que aquellos soldados pusieron en práctica para hacerse con el poder en las tierras a las que fueron llegando: «Que no quedase ninguna casa que no se derribase e incendiase; y con los ladrillos de adobe y la madera de las casas que derribábamos cegábamos los pasos y las aberturas de los puentes» para llegar al corazón del reino de Moctezuma, México-Tenochtitlan.
Todo ello, con un propósito evangelizador y reeducativo. «Desde el principio les quitamos sus ídolos y les hicimos comprender la santa doctrina», y por eso «se nos debe el premio y galardón de todo ello primero que a otras personas, aunque sean religiosos», señala.
El soldado relata cómo instan a la población a dejar de reverenciar a sus ídolos, a abandonar los sacrificios rituales y el canibalismo y a rezar a la cruz y a la Virgen María, avisándoles de que el incumplimiento de sus nuevas leyes tendría graves consecuencias.
Es el punto de vista de «de un castellano del siglo XVI, convencido de la supremacía absoluta de la religión católica, la que era un deber propagar entre los infieles, y sometido a la lógica de la guerra, cuyo imperativo primero es ganar, lo que incluye someter, engañar, masacrar, y desde luego —una constante en todas las guerras antiguas y muchas de las modernas— disponer de las mujeres como parte del botín», señala en el epílogo del libro la historiadora mexicana Andrea Martínez Baracs.
Las crónicas también dan cuenta de cómo los indios «se llevaban» a los españoles cuando los capturaban -como le pasó a él al menos dos veces, de las que logró escaparse-, para sacrificarlos después ante sus ídolos e incluso les hacían bailar delante de Huichilobos, el de la guerra.
Las mezquindades y brutalidades de Hernán Cortés
Díaz del Castillo conoce a Hernán Cortés del trato cotidiano, le admira pero eso no le impide señalar mezquindades a la hora de repartir el botín o brutalidades vengativas contra jefes indios.
En particular, se refiere al sucesor de Moctezuma, Guatémuz (Cuathémoc) y su primo: «Estas muertes que les dieron fueron dadas muy injustamente y nos parecieron mal a todos los que veníamos en aquel viaje».
Tampoco se queda corto al retratar los brotes de ira de Cortés contra sus propios compañeros, «sus ínfulas crecientes de hombre redentor» o las intimidades de un hombre que «si no hace la siesta religiosamente, se le estropea el cuerpo hasta los vómitos», según apunta Gracia. EFE
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