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Análisis ¿Fraude electoral o golpe de Estado en Bolivia?

Evo Morales bajando del avión

Evo Morales llegó el 12 de noviembre a México, país que le ha concedido asilo político.

(Keystone / Mario Guzmán)

Golpe, sí, y fraude también, sostiene Yanina Welp, investigadora del Centro Albert Hirschman sobre la DemocraciaEnlace externo en Ginebra. Pero aclara: decir que hubo golpe en Bolivia no implica negar que había un cúmulo de irregularidades que estaban poniendo en jaque a la democracia. Y decir que las cosas marchaban mal y que hay serios indicios de fraude electoral no implica justificar el golpe.

Por golpe de Estado se entiende la toma del poder político por un agente del Estado, de forma ilegal e inesperada. Que sea un agente del Estado permite diferenciar golpe de revolución, que sea ilegal lo distingue de las crisis institucionales que se resuelven en el marco de la institucionalidad, por ejemplo, mediante el reemplazo de un presidente que dimite. Una destitución activada por un agente estatal, inesperada (e incluso a veces injusta) pero en el marco de la legalidad no es un golpe si responde, como un juicio político, a un procedimiento preestablecido.

¿Qué tipos de golpe de Estado existen?

Los académicos Andrés MalamudEnlace externo y Leiv MarsteinredetEnlace externo han analizado lo que llaman “golpes con adjetivos”Enlace externo para separar la paja del trigo y poner un poco de claridad en un procedimiento que, mientras ha perdido peso en América Latina, se ha expandido como calificación.

Yanina Welp es investigadora del Centro Albert Hirschman sobre la Democracia en Ginebra, que intenta entender de qué adolecen las democracias y la creciente desilusión de los ciudadanos con el poder democrático.

(graduateinstitute.ch)

En otras palabras, se habla cada vez más de golpes, pero mientras el golpe clásico en que los militares tomaban el poder ya no ocurre con mucha frecuencia, sí son frecuentes las interrupciones de gobiernos que muchos denominan golpe institucional (el proceso de destitución de Dilma Roussef en 2015), o golpe de mercado (la entrega de mando anticipada de Raúl Alfonsín por los saqueos y la hiperinflación, en 1989) o golpe cívico o blando o “bueno”, cuando la interrupción responde al clamor popular expresado en las calles –esto es lo que, según parte de la oposición, estaría ocurriendo ahora en Bolivia–, entre otras variantes. Para Malamud y Marsteinredet, ni Alfonsín ni Roussef sufrieron golpes de Estado. Lo de Bolivia, en cambio, sí entra en la clasificación.

La referencia al golpe divide entre la mirada politológica, que observa la presencia de ciertos elementos, y la utilización política del concepto, con el fin de instalar una narrativa a favor o en contra. Fue un golpe: clamarán los detractores; todo lo contrario dirán los defensores. Ahora, un apunte: la idea del golpe cívico ignora la cuestión institucional, ya que se puede atribuir a la ciudadanía movilizada el efecto de interrumpir el gobierno, pero lo que ocurra después o en paralelo necesariamente involucra a otras instituciones del Estado. Trasladémonos a Bolivia.

La reelección indefinida

Evo Morales y Álvaro García Linera asumieron la presidencia tras ganar las elecciones de 2005. Poco tiempo más tarde, un proceso de reemplazo constitucional con amplia participación ciudadana –aunque también con crisis y estallidos– cambió la Carta Magna. La oposición había logrado introducir una cláusula que impedía más de una reelección –debía contarse como primer mandato el de 2005 y no el reconfirmado después de la aprobación de la nueva Constitución– , pero el gobierno consiguió el aval de los tribunales para cambiarlo.

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Posteriormente, en 2013, consiguió una nueva reforma en un proceso que va marcando la estrategia de cooptación de las instituciones de control. La Corte Constitucional avaló la reforma y hubo una nueva reelección. En 2015, de forma un tanto inesperada porque el presidente estaría en funciones hasta 2020 (completando el mandato que se ha interrumpido ahora) el Movimiento al Socialismo (MAS) optó por cambiar la Constitución para permitir una nueva postulación. La Constitución de 2009 obliga a ratificar reformas constitucionales por voto popular. Esa reforma fue rechazada por la ciudadanía en 2016. Se abría una oportunidad para la renovación de la élite dirigente en el MAS. No ocurrió.

Aquí viene algo con toques esperpénticos. Apelando al Pacto de San José de Costa Rica el gobierno consiguió una reinterpretación favorable a la reelección considerada como un derecho fundamental. El Tribunal Constitucional avaló esa interpretación. Pero la Constitución no se modificó, porque el referéndum lo había vetado. Entonces –tal y como explica Julio AscarrunzEnlace externo, entrevistado para la elaboración de este artículo–  la disputa se trasladó al Tribunal Electoral (TE) en el momento de aceptar las candidaturas para las elecciones. 

El Tribunal podía tanto seguir la interpretación del Tribunal Constitucional como atenerse a la Constitución, que al no haber sido reformada tras el rechazo en referéndum mantiene el impedimento a la reelección. La decisión favorable a la postulación de Morales y Linera terminó de mermar la credibilidad del TE y generó las primeras de muchas renuncias que habría dentro de la institución.

El déficit estaba en la creciente cooptación institucional. Evo fue el primer presidente indígena de América Latina y consiguió durante mucho tiempo el aval de los sectores populares. El gobierno de MAS ha generado enormes cambios en Bolivia,  ha reducido la pobreza y ampliado la llegada de prestaciones en el territorio. Los logros han sido reconocido por organismos internacionales como el Banco Mundial. 

Sin embargo, también fueron creciendo los conflictos, por ejemplo en cuestiones medioambientales, mientras los casos de corrupción erosionaron el capital simbólico del gobierno. A 2019 se llega con ese telón de fondo: un gobierno que ya no tiene todos los apoyos y que ha ido erosionando la independencia de otros poderes del Estado.

¿Qué ocurrió el 10 de noviembre?

El pasado viernes Evo dijo que no renunciaría y llamó a sus bases a movilizarse. El sábado pidió el diálogo, que fue rechazado por la oposición. El domingo la Misión de Observación Electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) publicó su informe de auditoríaEnlace externo, que confirma las irregularidades y los indicios de fraude. Según señala Ascarrunz, no es menor que Morales anuncie entonces, y sin mencionar en ningún momento la palabra fraude ni el informe de la OEA, la convocatoria de unas nuevas elecciones, desarrollando un relato que busca mostrar “buena fe”. 

Ese día, en el marco de los ataques a casas de dirigentes del MAS (e incluso a una hermana de Morales) y de un comunicado de las autoridades de las fuerzas armadas pidiéndole que se hiciera a un lado, Evo presentó su dimisión. Este hecho es fundamental en las interpretaciones que se han dado favorables a la idea de golpe, pero sin embargo podría ser menos determinante de lo que algunos analistas asumen, señala Ascarrunz.

¿Qué pasó el 20 de octubre?

El conflicto estalló con el escrutinio de los comicios del 20 de octubre. El Tribunal Electoral había anunciado la activación de un nuevo sistema de Transmisión Rápida y Segura Enlace externode Resultados Preliminares. Iniciado el recuento, en un proceso en que buena parte de las encuestas daban por hecho que habría una segunda vuelta (ganar en primera vuelta implica conseguir más del 50% de los votos válidos o, habiendo superado el 40%, que el primero consiga una diferencia mayor al 10% sobre el segundo). 

Con el 83% de las actas contabilizadas parecía claro que se iba a segunda vuelta. Pero entonces el sistema de transmisión se interrumpió. Inmediatamente el líder de la oposición, el expresidente (2003-2005) y candidato a la presidencia Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana) denunció el fraude. Casi 24 horas más tarde, el sistema se restablecía con tendencias que daban un triunfo en primera vuelta a Morales. 

A partir de este momento las piezas del puzle comienzan a confundirse. Las protestas cívicas se expanden, se producen enfrentamientos y ataques a centros electorales y a dirigentes del MAS. La OEA pide calma y acuerda realizar una auditoría, el gobierno acepta que sea vinculante. La extrema derecha, que no había cosechado un apoyo electoral importante, emerge como actor. La revuelta amenaza con el caos.

Podrían suponer algunos que no hay golpe, porque Evo dimite y porque no hay uso de la fuerza por parte de los militares, que tampoco toman el poder. Pero hay sobradas evidencias de que la presión sobre los dirigentes, no solo Morales, sino también ministros y miembros del gobierno, fue mucho más allá de la mera sugerencia. Pero las cosas se complican aún más cuando Carlos Mesa, que había logrado un amplio apoyo en las urnas e inicialmente liderado las protestas, es desplazado por un líder extremista que se ha adjudicado un rol al anunciar un gobierno transitorio, Luis Fernando Camacho (su foto posando una Biblia en el piso del Congreso se difundió globalmente).

Más allá del golpe y del fraude, el foco está en la salida. Las leyes establecen una línea de sucesión ante la ausencia del presidente. La convocatoria rápida de nuevas elecciones y la capacidad del MAS de rearticularse para representar las demandas de una parte muy importante de la población son claves para el futuro de la democracia en Bolivia.

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Este contenido fue publicado el 11 de noviembre de 2019 17:14

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