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Por qué las asambleas ciudadanas no pueden hacer frente al populismo

Yanina Welp

Aunque los denominados minipúblicos deliberativos muestran potencial para las innovaciones procedimentales y el compromiso, no son un medio para reforzar la confianza en las instituciones ni para frenar el populismo, sostiene la politóloga Yanina Welp.

En Suiza se han celebrado alrededor de 20 asambleas ciudadanas a nivel local, cantonal y nacional. Sin embargo, la reciente decisión del Parlamento de Ginebra de cancelar una asamblea ciudadana prevista para 2026 —argumentando que el proyecto carecía de un mandato claro y ocupaba un «espacio institucional vago»— plantea una cuestión más amplia. En un momento marcado por la desconfianza en las instituciones, el declive de la identificación con los partidos y la ansiedad democrática, ¿se trató de una oportunidad perdida o de una valoración realista de lo que estos procesos pueden lograr realmente?

Los «minipúblicos deliberativos» —asambleas ciudadanas, jurados ciudadanos, paneles deliberativos y foros similares— se han convertido en una de las innovaciones democráticas más aclamadas de las últimas décadas. Su idea central es sencilla: ciudadanos seleccionados al azar se reúnen, reciben información, deliberan en condiciones facilitadas y formulan recomendaciones destinadas a orientar las decisiones públicas.

La OCDE ha identificado más de 700 procesos deliberativos en todo el mundo, aunque es casi seguro que la cifra real sea mayor. Europa se ha convertido en un laboratorioEnlace externo para estos experimentos, desde la Convención Ciudadana Francesa sobre el Clima hasta la Conferencia sobre el Futuro de Europa, pasando por cientos de asambleas locales en Alemania y numerosas experiencias en Bélgica, Irlanda y Suiza. Fuera de Europa, los mecanismos deliberativos también se están expandiendo. América Latina está viviendo una reciente ola de experimentación, especialmente en Colombia y BrasilEnlace externo.

Su atractivo es fácil de entender. En muchas democracias, las elecciones siguen funcionando, pero cada vez son menos capaces de generar confianza, legitimidad o una sensación de respuesta política. Los partidos políticos se han debilitado, la volatilidad electoral ha aumentado y muchos ciudadanos sienten que las instituciones políticas ya no les representan de manera eficaz. En este contexto, los «minipúblicos» parecen ofrecer una alternativa atractiva: menos polarización y más escucha; menos competencia y más razonamiento; menos política profesional y más ciudadanas y ciudadanos de a pie. La promesa es atractiva. Sin embargo, la política, al igual que otros ámbitos, no ofrece soluciones mágicas. La innovación institucional puede contribuir a la democratización y a la renovación democrática, pero solo bajo ciertas condiciones. ¿Son capaces los minipúblicos de promoverla?

Los minipúblicos se están extendiendo rápidamente

En los últimos años, los minipúblicos también han evolucionado institucionalmente. Ya no se limitan a consultas aisladas. En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, la lógica de los minipúblicos se ha incorporado a los procesos de presupuesto participativo: residentes bajo selección al azar deliberan con los organismos municipales para transformar las propuestas en proyectos viables antes de que se celebre una votación pública más amplia.

Esta expansión ha dado lugar a reivindicaciones cada vez más ambiciosas. Voces expertas vinculadas a las tradiciones de la democracia deliberativa y abierta sostienen que las asambleas seleccionadas al azar podrían reducir la captura por parte de las élites, diversificar la representación y crear sistemas de toma de decisiones más inclusivos.

Detrás de este optimismo se esconde un diagnóstico específico de la erosión democrática. Según esta perspectiva, la democracia adolece principalmente de un problema de procedimiento: la ciudadania tiene muy pocas oportunidades de participar de forma significativa entre elecciones. Las elecciones agregan preferencias, pero no permiten deliberar colectivamente. Los partidos crean incentivos para la competencia y la simplificación, en lugar de para la reflexión. Si este diagnóstico es correcto, el rediseño institucional se convierte en la solución: crear mejores espacios de participación mejorará la legitimidad democrática. Los «minipúblicos» parecen ser un enfoque para lograrlo.

Y, de hecho, resuelven algunos problemas. Las investigaciones muestran de forma sistemática efectos positivos entre los participantes. La ciudadania que participan en procesos deliberativos tiende a estar mejor informada, se muestra más dispuesta a confrontar puntos de vista opuestos y, a menudo, manifiesta una mayor confianza en los procedimientos democráticos. Los minipúblicos pueden reducir la polarización dentro del propio espacio deliberativo. Generan propuestas políticas que suelen ser sofisticadas y más equilibradas de lo que esperan los observadores. Sin embargo, también existen serias limitaciones.

Aunque los «minipúblicos» mejoren la deliberación, ¿generan poder político?

Los «minipúblicos» están concebidos para mejorar la deliberación, no para crear una agencia política colectiva. Ayudan a los ciudadanos a afinar sus preferencias, intercambiar argumentos y formular recomendaciones. Pero no generan actores políticos duraderos capaces de aglutinar demandas, mantener la movilización, competir electoralmente, gobernar instituciones o aplicar decisiones.

Esta distinción es importante porque la política democrática no consiste solo en producir buenas ideas. También consiste en crear actores capaces de actuar colectivamente. La capacidad de acción política significa más que la participación. Se refiere a la capacidad de los ciudadanos para transformar preocupaciones dispersas en proyectos políticos compartidos y para llevar a cabo esos proyectos a través de organizaciones capaces de influir en los resultados.

Históricamente, este papel lo han desempeñado de forma imperfecta —pero fundamental— los partidos políticos. Los partidos aglutinan intereses, organizan coaliciones, formulan programas, reclutan líderes y compiten por el poder. Los movimientos sociales ejercen presión sobre las instituciones y crean agendas públicas. Las elecciones generan legitimidad y rendición de cuentas. Estos mecanismos no se limitan a recabar opiniones, sino que organizan la acción política.

Los «minipúblicos» no lo hacen. En consecuencia, su influencia depende en gran medida de actores externos. Sus recomendaciones rara vez son vinculantes. Los gobiernos pueden adoptarlas, ignorarlas o incorporarlas de forma selectiva. Incluso las asambleas de gran visibilidad suelen tener dificultades para generar un cambio estructural. La Conferencia sobre el Futuro de Europa generó una amplia participación ciudadana, pero tuvo consecuencias transformadoras limitadas para la gobernanza europea. Se observan patrones similares en muchas experiencias nacionales y locales: una deliberación sólida, una aplicación incierta.

Esto apunta a una cuestión más amplia. Muchos de los problemas que se debaten en la literatura sobre deliberación —legitimidad, influencia, escalabilidad— suelen tratarse como retos técnicos. ¿Cómo reclutamos mejor? ¿Cómo mejoramos la facilitación? ¿Cómo vinculamos las recomendaciones a las instituciones? Son preguntas importantes. Pero pueden ocultar una limitación más fundamental. Los minipúblicos representan a los ciudadanos de forma descriptiva sin constituirles necesariamente como sujetos políticos.

Lo que revela el populismo

Durante las mismas décadas en las que se pusieron a prueba los minipúblicos, los movimientos populistas se expandieron. Este contraste es revelador. El populismo y los minipúblicos surgen de la misma crisis de representación, pero funcionan según lógicas políticas opuestas. Los minipúblicos buscan la legitimidad a través de procedimientos: inclusión, información, deliberación. El populismo busca la legitimidad a través de la movilización: construyendo «el pueblo» como sujeto político y prometiendo actuar contra las élites percibidas.

Los líderes populistas hacen algo que los minipúblicos generalmente no pueden hacer: crean identificación política. Los ciudadanos no se limitan a expresar preferencias, sino que pasan a formar parte de un proyecto político. Esto no hace que el populismo sea deseable desde el punto de vista democrático. Los gobiernos populistas suelen debilitar las instituciones, polarizar las sociedades y socavar el pluralismo. Pero su éxito revela algo importante.

La erosión democrática no es simplemente un problema de participación insuficiente o de deliberación de mala calidad. Es también, y sobre todo, una crisis de la capacidad de acción política colectiva. Los minipúblicos mejoran la voz de unos pocos. No mejoran necesariamente la capacidad de acción de la mayoría.

Esto no significa abandonar las innovaciones deliberativas. Pero esperar que resuelvan la erosión democrática puede imponer expectativas imposibles al diseño institucional. La democracia no puede repararse únicamente mediante procedimientos. Las innovaciones institucionales solo se vuelven transformadoras cuando se conectan con organizaciones políticas más amplias capaces de movilizar a los ciudadanos y ejercer el poder. Esto nos lleva de vuelta a la cuestión suiza. Quizá el problema de la asamblea cancelada en Ginebra no fuera que careciera de valor deliberativo. Quizá la preocupación por la ambigüedad institucional apunte a un desafío más profundo: las innovaciones democráticas requieren un anclaje político para que tengan relevancia.

Los «minipúblicos» no son una panacea para la erosión democrática. En el mejor de los casos, enriquecen la democracia. Pero la renovación democrática sigue dependiendo de algo más antiguo y difícil de construir: organizaciones que conecten a los ciudadanos con el poder y transformen las reivindicaciones en una acción colectiva sostenida.

Editado por Benjamin von Wyl y adaptado al español por Patricia Islas

Las opiniones aquí expresadas son de la autora y no reflejan postura alguna de Swissinfo.

El texto se basa en un artículo de investigaciónEnlace externo publicado en el «Journal of Representative Democracy».

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