Fotografiar Sarajevo: el testimonio de Thomas Kern, 35 años después
El fotógrafo de Swissinfo Thomas Kern cubrió las guerras de Croacia y Bosnia, y vivió durante varios meses el asedio de Sarajevo. Así recuerda hoy aquellos años.
Durante el asedio de Sarajevo apenas pisé el Holiday Inn, el hotel donde se concentraba la mayoría de la prensa internacional. En realidad, al principio ni siquiera tenía intención de ir a la ciudad. Sarajevo llevaba sitiada por las fuerzas serbias desde abril de 1992 y yo tenía la impresión de que ya había suficientes fotógrafos cubriendo lo que ocurría allí. No quería formar parte de aquel grupo de corresponsales que trabajaba desde el Holiday Inn, el único hotel que seguía abierto en la ciudad cercada.
A principios de 1992 trabajaba para un periódico suizo fotografiando un centro de acogida para refugiados en Davos. Allí conocí por primera vez a personas que huían de una Yugoslavia en pleno proceso de desintegración. Aquel encuentro me marcó profundamente. La masacre de Vukovar ya había conmocionado a la opinión pública y, por primera vez, tomé conciencia de que una guerra estaba teniendo lugar en Europa, prácticamente a las puertas de casa.
Por aquel entonces compartía un Saab con un amigo, aunque terminó siendo casi mi coche. Con él viajé a Croacia en agosto de 1992. En Zagreb me acogieron varias personas vinculadas a Naciones Unidas, lo que me permitió instalarme allí y empezar a acercarme al conflicto.
Crucé varias veces el río Drina para llegar a Bosanski Brod, donde combatían unidades croatas, bosnias y serbias. Consultaba constantemente distintos mapas para entender cómo evolucionaba el conflicto y calcular los riesgos de cada trayecto. Pero poco a poco me di cuenta de que allí no estaba encontrando aquello que había ido a buscar.
Nunca me consideré un fotógrafo de guerra. Mi interés no estaba en los combates, sino en las personas que tenían que vivir sus consecuencias. Tras muchas conversaciones con Ervin, un veterano periodista esloveno de la revista Mladina, llegué a una conclusión: para comprender realmente lo que estaba ocurriendo, tenía que ir a Sarajevo.
Las tropas y milicias serbias ocuparon los suburbios y las colinas que rodean la ciudad entre 1992 y 1996, durante 1.425 días. Fue el asedio más largo del siglo XX. Entre 350.000 y 450.000 personas permanecieron en la ciudad. Mientras algunos lograban huir, también llegaron a la Sarajevo sitiada nuevos refugiados procedentes del este de Bosnia. Un puente aéreo sobre el aeropuerto y un túnel permitieron una mínima y precaria provisión de suministros.
Cada día caían en la ciudad más de 300 proyectiles de artillería y francotiradores serbiobosnios mantenían la ciudad bajo la mirilla.
Los disparos y los bombardeos causaron la muerte de más de 11.000 habitantes de la ciudad, según las estimaciones.
La fiscalía italiana investiga la sospecha de que también ciudadanos ricos de Europa occidental pudieron haber participado en los asesinatos.
Sarajevo, símbolo de una Yugoslavia plural
Durante mi estancia en Croacia hablé principalmente con croatas. Aunque sus opiniones diferían en muchos aspectos, compartían una experiencia y una visión del conflicto relativamente parecidas.
Sarajevo era distinta. En la Yugoslavia que se desmoronaba, la ciudad seguía siendo el principal símbolo de la convivencia entre comunidades. Poblaciones bosnias, serbias, croatas, judías y gitanas compartían el mismo espacio y afrontaban juntas el asedio. Las personas con las que me encontré eran plenamente conscientes de que esa forma de vivir estaba amenazada. En sus conversaciones se percibían el miedo, la incertidumbre y la profunda fractura que estaba provocando la guerra.
Tiempo después, mis fotografías se publicaron acompañadas de un texto del escritor croatabosnio Miljenko Jergović. Sus palabras expresaban mucho mejor que cualquier pie de foto lo que yo había intentado captar con mi cámara:
«Los altos álamos, las acacias y los fresnos caen sobre las antiguas lápidas de mármol heredadas del Imperio austrohúngaro. La piedra, castigada durante años por la lluvia ácida y por el comunismo, se desmorona. Las tumbas, cargadas de recuerdos eternos, se derrumban para no volver a erguirse nunca más, para desaparecer. La gente solo piensa en cómo calentarse y ha dejado de contar a los muertos. Ellos permanecen fríos, allá abajo, bajo capas de horror, muy lejos de esa obstinada necesidad de los vivos de conservar el cuerpo a una confortable temperatura de treinta y seis coma ocho grados».
Calentarse con agujeros en las tuberías de gas
El frío era insoportable. Sin calefacción, los habitantes de Sarajevo tenían que ingeniárselas para calentarse. Lo hacían quemando leña o aprovechando el gas de las tuberías: abrían pequeños agujeros en ellas y encendían una llama para generar algo de calor.
Como me alojaba en casas particulares, compartía la vida cotidiana de la ciudad. Aprendí cómo se buscaba la leña y acompañé a la gente a recoger agua. Así fui conociendo Sarajevo.
Poco a poco amplié el perímetro por el que podía moverme con soltura. Pasaba horas caminando y fotografiando. Iba a todos los lugares a los que se podía acceder con relativa seguridad frente a los francotiradores serbios. A pesar de las circunstancias, el periódico bosnio Oslobođenje seguía publicándose. Lo leía a diario y, junto con las conversaciones con mis anfitriones, me servía para entender mejor la realidad de la ciudad y moverme por ella.
Vivía en casa de Medina, a quien conocí gracias a Ervin. Ella también era periodista y escribía para Mladina. Con ella residían su hermana Jasna, los hijos de esta, así como Ismira y Sead, que trabajaba para la oficina de prensa del Ejército bosnio.
Las siguientes imágenes proceden del archivo personal del fotógrafo. En ese momento no estaban destinadas a su publicación.
Una tarta de cumpleaños comprada en el Holiday Inn
En aquel primer invierno del asedio, la vida cotidiana en Sarajevo prácticamente había desaparecido. Aun así, sus habitantes se resistían a renunciar a ella. Seguían celebrando la Nochevieja y los cumpleaños infantiles y, aproximadamente cada dos semanas, algún bar conseguía abrir sus puertas.
Yo tampoco vivía con holgura, pero mi situación era mucho más cómoda que la de la mayoría de los habitantes de Sarajevo. Por eso pude permitirme un pequeño lujo: llevar una tarta al cumpleaños de la hija de la hermana de Medina. La compré en el Holiday Inn, una de las pocas excepciones a mi costumbre de mantenerme alejado de aquel hotel.
Durante aquel tiempo me vi obligado a cuestionarme muchas cosas. No quería considerarme un fotógrafo de guerra, pero era evidente que formaba parte de aquella realidad. Estaba en contacto constante con otros periodistas y, en cierta medida, también dependía de ellos.
Las posibilidades de realizar llamadas internacionales eran escasas. En el edificio de la televisión había un teléfono por satélite que podía utilizarse por 20 marcos el minuto. En una ocasión llamé a mi redactor jefe y le dije:
«Ahora estoy en el lugar adecuado. Trabajo todos los días. Todo saldrá bien, pero no voy a volver a casa para revisar los carretes. Tendréis que esperar».
Mi trabajo se publicó por primera vez en mayo de 1993 en la revista DU, bajo el título Balcán. Un desastre europeo. Porque eso era exactamente aquella guerra: una guerra europea. Muy diferente de la que había visto antes en Irak. Sentía, y sabía, que aquel conflicto me afectaba de una manera mucho más personal.
La cercanía y los vínculos con Suiza
En Croacia y Bosnia veía a mujeres caminando con bolsas de plástico de los grandes almacenes suizos Manor, una imagen que me resultaba familiar, como si estuviera en casa. Y si me subía al coche y conducía durante dieciséis horas seguidas, a la mañana siguiente podía estar sentado en el Café Sprüngli de Zúrich.
En Sarajevo conocí a jóvenes del mundo artístico e intelectual a quienes perfectamente podría haber encontrado en Suiza. En una o dos ocasiones incluso me crucé con personas que pasaban el fin de semana combatiendo en Croacia y regresaban después a Suiza para volver al trabajo.
Todavía hoy, cuando escucho a hombres de mi edad hablar serbocroata en la vida cotidiana, me pregunto qué estarían haciendo hace treinta años.
Al recordar aquella época, soy consciente de que mi situación era mucho mejor que la de quienes vivían allí. Ellos no podían abandonar la ciudad sitiada cuando quisieran, como sí podía hacer yo.
Conozco a varios reporteros y reporteras de aquellos años que posteriormente necesitaron terapia. Me alegra no haber sentido nunca un trauma de esa magnitud. Quizá se deba a que conseguí plasmar en mis fotografías exactamente aquello que buscaba contar.
Sin embargo, experiencias así dejan huella. Cuando regresé a Suiza me resultó difícil hablar de lo que había vivido. La mejor amiga de quien entonces era mi pareja había pasado por situaciones similares durante misiones con la Cruz Roja. Fue un alivio poder hablar con alguien que entendía lo que había visto y vivido.
Editado por David Eugster. Adaptado del alemán por Carla Wolff.
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