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Hijos de la emigración española, voluntarios en la regularización: «Hay que tener memoria»

Laura López

Madrid, 5 may (EFE).- Maribel, Rim, Soledad, Kashief… son algunos de los voluntarios que dedican su tiempo a ayudar de forma altruista a los cientos de miles de personas que tratan de formalizar su solicitud para la regularización de migrantes con la que conseguir derechos básicos para continuar su vida en España.

Son personas aparentemente muy diferentes, pero les mueve la misma empatía. Maribel y Soledad son vecinas jubiladas de Madrid cuyos padres fueron migrantes sin papeles en los años 60, igual que tantos otros españoles que huyeron de la falta de oportunidades durante la dictadura.

Soledad Obispo ya realizaba ese mismo trabajo -ayudar con la traducción para los trámites- con solo 13 años: «la mayoría de los españoles llegaban, sobre todo a Francia, Suiza y Bélgica, sin papeles», relata a EFE esta mujer de 74 años.

«Hay que tener un poco de memoria», afirma Maribel Cardona -cuyos padres fueron migrantes en Francia-, mientras no pierde de vista el flujo de personas que llegan a uno de los puntos de información en el centro de Madrid en busca de información y los documentos que les faltan para su solicitud.

Cardona se encarga de la primera atención a las decenas de personas que acuden cada día a la oficina que ha instalado allí la entidad Mundo en Movimiento, una de las acreditadas como colaboradoras en el proceso de regularización extraordinaria.

«Que vengan y escuchen»

Ellas forman un oasis de solidaridad en medio de un clima en el que se han reavivado los discursos de odio y los bulos hacia la población migrante por parte de los detractores de la medida.

«Simplemente le diría a mucha gente que dice eso que estuvieran aquí un día, que escucharan a la gente, nada más. Creo que hay mucha falta de información», lamenta Cardona.

Más de 40 voluntarios arriman el hombro estos días a través de esta ONG después de completar una formación y bajo el compromiso de quedarse hasta que acabe el plazo de solicitudes, el próximo 30 de junio.

La yemení Rim Alsalami, de 48 años, no dudó en sumarse a este proyecto para la regularización.

Ella misma tuvo que escuchar en primera persona cómo en una tienda a la que acudió para hacer unas fotocopias, las personas tachaban la medida de un «horror» que traería «muchos problemas» a España: «Yo, como extranjera, me siento mal. Me da pena que la gente piense así», señala.

Sacar de la invisibilidad

Maribel cuenta que en su primer día como voluntaria se quedó «impresionada» con una persona que llegó y, a pesar de llevar tiempo en España, era «invisible»: «le habían quitado la cuenta del banco, no podría acceder ni al carné de la biblioteca», relata.

Estas circunstancias tienen mayor incidencia en las personas en situación irregular y ahora, para poder salir de ese estatus, tienen que recabar un montón de documentos que prueben que efectivamente han vivido aquí el tiempo mínimo exigido, cinco meses, antes de que acabe el plazo para el trámite de regularización.

«A mí me sorprende la imaginación y la capacidad de movilización que tienen para juntar tantos papeles como se requieren. No es nada fácil obtenerla porque hay muchísimos requisitos», apunta Soledad.

Ella se dedica, sobre todo, a hacer las entrevistas para expedir los certificados de vulnerabilidad, un documento que se incluyó como obligatorio en el último momento solo para algunos casos y ha dado lugar a grandes colas de esperas en ayuntamientos y ONG.

Entre los factores que se valoran está si la persona vive en situación de pobreza o exclusión económica o si tiene una vivienda precaria: «En general, viven en domicilios, en habitaciones de cuatro, cinco o seis por habitación, en literas… Yo estoy descubriendo a personas en unas condiciones infrahumanas», lamenta Obispo.

Solidaridad frente a la burocracia

A estas oficinas se acercan personas de todas partes del mundo, por lo que la barrera lingüística. «A veces tenemos que juntarnos más de tres o cuatro personas para traducir de un idioma a otro, y a otro, y a otro…», comenta Rim.

Uno de estos traductores es el nepalí Kashief Thapa, quien a sus 35 años está esperando su certificado de antecedentes penales para pedir la regularización y, mientras tanto, echa una mano a la entidad para ayudar a comunicarse a las personas que llegan de Bangladés, Nepal, India y Pakistán.

Él mismo ha vivido en situación irregular en España durante casi un año y ha enfrentado grandes problemas a la hora de, por ejemplo, alquilar una casa sin tener nómina o contrato de trabajo: «Nos piden pagar seis meses por adelantado», cuenta.

Esta regularización será una gran oportunidad tanto para él como para su esposa en su plan de seguir estudiando español para poder continuar su formación en España y buscar trabajo en su campo, el de la ingeniería mecánica. EFE

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