TRAVEL_CORREGIR FOTO_Ayuda espiritual en un pintoresco paso de montaña
Los frailes que dirigen la posada del Gran San Bernardo garantizan que no se olvide la larga y colorida historia del puerto de montaña.
«Aún somos llamados por las personas que han perdido su camino, aunque esto sucede raramente en nuestros días», dice el padre Frédéric Gaillard, miembro de la orden religiosa de San Agustín.
«Estamos aquí para hablar a la gente que se detiene, gente que, por decirlo así, ha perdido su camino espiritual», añade.
Bernard de Menthon creó un hospicio en el paso de montaña en el siglo XI para prodigar cuidado a los viajeros. Su imagen está en todas partes, desde una gran estatua que monta guardia en el puerto de montaña hasta una ventana en vidrio de color en la iglesia de la posada.
Desde entonces los frailes han vivido en el paso. Pero mientras los predecesores del padre Gaillard ampararon a fatigados viajeros y rescataron a muchos que se habían perdido en las tormentas o que habían sido atrapados por las avalanchas, Gaillard y sus hermanos mantienen ahora viva la rica tradición del puerto y del hospicio -como sigue siendo llamado- para salvar almas que en la adversidad buscan salvación.
Los Romanos y Napoleón
Desde tiempos de los Romanos el paso del Gran San Bernardo ha sido una ruta clave sobre los Alpes.
Entre los rugosos picos que envuelven el paso iluminado por una tenue luz de otoño, el padre Jean-Marie Lovey señala un pequeño lago que está al lado de la ruta romana. «La gran cantidad de monedas romanas dentro del agua es una amplia prueba de la importancia del paso», señala.
«Los soldados, oficiales y peregrinos que cruzaban el puerto deseaban apaciguar a los dioses, por eso oraban y hacían ofrendas para pedir protección durante las travesías del paso. Con frecuencia también ofrecían dinero», explica el sacerdote.
En 1800 Napoleón marchó con 40.000 soldados por la estrecha y escarpada ruta.
«Fue Napoleón quien restauró la vía romana que se extiende al lado de la ruta moderna antes de cortarse y dejar al descubierto una antigua fortificación en piedra, abajo, en dirección al Valle de Aosta.
No hay duda de que los frailes que regentaban el hospicio en aquellos tiempos dieron la bienvenida a Napoleón y a sus tropas.
Peligros de la travesía
Sin embargo, hasta el siglo XX nadie hubiera cruzado voluntariamente el paso si hubiera tenido otra opción como se observa en las experiencias referidas en el museo del hospicio.
«Era muy de mañana y todo el mundo estaba lleno de miedo y temblando. Con las santas plegarias se estaban preparando para hacer frente a la muerte amenazante…», escribió un abad belga en 1129, aludiendo al estado mental de los miembros de su caravana, antes de comenzar el ascenso.
«…mientras cumplían diligentemente este deber en la iglesia, llegaron noticias terribles: diez guías que más temprano habían abandonado la aldea, fueron devorados por una enorme masa de nieve y arrastrados a los abismos…».
Aunque el hospicio es más a menudo asociado con los perros San Bernardo, que una vez fueron los encargados de salvar incontables vidas, su museo es un cofre de tesoros de coloridas historias relacionadas con el Gran San Bernardo.
Una copia de dos metros de altura de las piedras miliarias que una vez marcaron los puntos de parada en la ruta antigua está al lado de un cuadro que muestra el templo romano dedicado a Júpiter, que en aquel tiempo coronaba el paso.
Cadáveres momificados por el frío
Se menciona la «casa del osario» donde aquellos que nunca consiguieron atravesar el paso encontraron lugar para el reposo final de sus restos momificados por el frío. La construcción, y sus habitantes perduran, pero sus ventanas y puertas fueron selladas con muros hace varias décadas.
En tiempos más recientes como relatan coloridos folletos,
el puerto fue utilizado más por razones comerciales o, en un caso, para el grotesco espectáculo de teatro de un escritor estadounidense que cabalgó un elefante a través del paso para reproducir la proeza de Aníbal. El pobre elefante sufría de mal de altura.
El puerto y el hospicio perdieron importancia cuando, hace 40 años, se construyó un túnel de carretera. El transporte de mercancías y turistas entre la ciudad suiza de Martigny y Aosta, en Italia, ha empleado desde entonces el túnel.
La gente que a pesar de todo prefiere llegar a la cumbre del paso siguiendo la pintoresca ruta expuesta a los vientos lo hace por varias razones.
En verano, muchos vienen a ver el museo, marchan por la antigua vía romana o simplemente admiran la colección de perros de salvamento San Bernardo, aunque desde hace tiempo estos animales dejaron de ser empleados en misiones de rescate en avalanchas. Un equipo de arqueólogos sigue extrayendo monedas romanas y celtas en un esfuerzo para aprender más sobre el floreciente comercio a través del puerto de montaña en tiempos de los Romanos.
Monjes esquiadores
Cuando la carretera se cierra en invierno los frailes acogen aventurados grupos de esquiadores de cross-country y gente con zapatos de nieve. Esto significa que el padre Lovey y el padre Gaillard tienen que ser hábiles esquiadores para moverse en el entorno y ayudar en el rescate de avalanchas.
«Mucha gente se sorprende porque nunca pensaron encontrar aquí arriba una comunidad cristiana. Sólo oyeron hablar de de los perros. Repentinamente descubren que durante casi mil años hubo gente que vivió aquí para recibir a los viajeros», dice el padre Gaillard.
«Creo que todos reciben algo de una visita», continua.
«Es posible que muchos no quieran aceptar esto, pero creo que casi todos los que vienen aquí, particularmente en invierno, están asombrados y obtienen algo a cambio. Es difícil decir exactamente qué, pero es algo espiritual. Incluso aquellos que dicen ser ateos».
swissinfo, Dale Bechtel
(Traducción: J.Ortega)
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