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Judíos ortodoxos recolectan cidras en Italia para celebrar el Sucot

El neoyorquino Hershel Mann controla la calidad de sus cidras en Santa María Del Cedro, sur de Italia, el 14 de septiembre de 2016 afp_tickers

Cada año, al final del verano (boreal), decenas de judíos ortodoxos se congregan en Santa Maria del Cedro, una pequeña localidad en el sur de Italia, para una misión particular, recolectar cidras para el Sucot, una de las festividades más importantes para los judíos.

Faltando pocas semanas para la festividad, que comienza este año el próximo 16 de octubre, Hershel Mann, un judío jasídico de Nueva York, transpira por el calor en el huerto donde inspecciona minuciosamente las cidras apenas recolectadas.

Mann da vuelta varias veces a la fruta, que se asemeja a un limón pero con una corteza más gruesa y abultada, para detectar el más mínimo defecto.

Luego, lanza el veredicto: «La forma es bella, está limpia y el tamaño es adecuado. ¡Es kósher!», clama, al decretar que el fruto respeta las prescripciones rituales del judaísmo

Angelo Cava, el dueño de la finca, sonríe: con cada cidra que pasa la prueba gana 10 euros (11 dólares), es decir 10 veces más que las otras, que suelen ser empleadas para producir caramelos, mermeladas e inclusive cosméticos.

La siguiente, sin embargo, fue descartada. Hershel Mann notó unos pequeños puntos negros, señal de que pasó por ella un insecto.

«La Biblia nos dice que el fruto para el Sucot debe venir de un hermoso árbol», explica.

«Comprendimos que se trataba del cidro, y para nosotros, sus mejores frutos provienen de Calabria», asegura, pese a que Israel y Marruecos son los principales productores de este frutal.

Según la tradición judía, este fruto, comúnmente llamado cidra, que rara vez se consume fresco y tiene un fuerte perfume, figura entre las cuatro especies (con el sauce, el mirto y la palmera de dátiles) que hay que tener en la mano para recitar ciertas oraciones del Sucot, llamada también la «Fiesta de las Cabañas» o «de los Tabernáculos».

Una festividad que rememora las vicisitudes del pueblo judío durante su deambular durante 40 años por el desierto, tras liberarse de la esclavitud en Egipto.

Gracias a su ojo implacable y a una lupa, Hershel Mann inspecciona la fruta como si fuera un diamante.

Y como los diamantes, la cidra más bella de Calabria puede llegar a costar entre 2.000 y 3.000 dólares (1800-2700 euros) en Nueva York.

En Londres, el máximo precio que ha alcanzado ha sido el de 600 libras (900 euros), pero la escasez que reina este año podría aumentar más su valor, según un comerciante local.

«La gente quiere lo mejor. Es el fruto de Dios, y si usted compra el fruto de Dios, Él será bueno con tus frutos (tus niños)», dice.

– «Un negocio difícil»-

Samuel Ekstein, miembro de la comunidad jasídica Satmar, es un vendedor de aparatos fotográficos en Manhattan (Nueva York) cuando no se encuentra en Italia en busca de la cidra.

«Es un negocio difícil. Hay años que son buenos, la fruta es bella y se vende en todos lados. Otras veces tenemos problemas y pierdes todo la inversión. Todo depende de Dios», dice.

Según Francesco Fazio, ex alcalde de Santa Maria del Cedro, quien se convirtió en un experto, el cultivo de cidros en Calabria se remonta a la llegada de los primeros judíos en la época del Imperio Romano, pero sufrió con la Inquisición española, que expulsó a los judíos del sur la península en la primera mitad del siglo XVI.

La tradición sobrevivió de todos modos a lo largo de la Riviera de los Cedros, donde los árboles gozan de un microclima costero particular. Unos cultivos «que no son fáciles de mantener «, asegura Alessando Farace, cuya familia produce cidras desde hace varias generaciones.

«No es fácil cultivar esta fruta, las espinas realmente pueden causar mucho dolor. Es muy delicada y ahora con el calentamiento global, los insectos la atacan más», se lamenta.

Durante mucho tiempo, mayoristas de Génova, al norte de Italia, se encargaban de enviar las cidras de Calabria a las comunidades judías de todo el mundo.

Pero eso cambió en la década de 1950, cuando algunos rabinos curiosos visitaron el lugar y descubrieron con consternación que la mayoría de las frutas eran en realidad híbridos de cidro y naranja amarga, para que la planta fuera más resistente.

Shimon Lahiany, un «mashgiach», un inspector de alimentos kósher de la comunidad jasídica Lubavitch, con sede en Jerusalén, desde hace 20 años revisa cada año los troncos y verifica si hubo trasplantes.

«Un híbrido de cidra puede ser un producto mejor para la granja, pero nosotros no tenemos derecho a bendecirla por la sencilla razón de que dejó de ser una cidra,» explicó.

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