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El significado de la neutralidad en un mundo multipolar 

Paul Widmer

Sólo una política de neutralidad constante crea confianza en el mundo de los Estados nacionales. Y Suiza depende de esa confianza. Por este motivo, Paul Widmer defiende la aprobación de la «Iniciativa de neutralidad».

En todo el mundo, Suiza es considerada como un ejemplo clásico del Estado neutral. Pero, a día de hoy, esta apreciación parece estar perdiendo vigencia. Ante las masivas presiones a las que se ve sometida Suiza, nuestro país parece perder cada vez más su seguridad. Algunos ya no encuentran sentido en la neutralidad, y para otros, se ha convertido en una fórmula hueca porque piensan que bajo la etiqueta de la neutralidad se puede incluir cualquier cosa. Pero esto no es así. Detengámonos un momento para analizar la cuestión más en profundidad.

Fundamentos de la neutralidad suiza

La neutralidad es un producto de la realpolitik. Consiste, principalmente, en la defensa de los intereses nacionales, la independencia y la seguridad. En la mayoría de los casos, un Estado sólo decide ser neutral después de haber sufrido un duro revés en su política exterior, como ocurrió, por ejemplo, en el caso de la Confederación en 1515, tras perder la batalla de Marignano, con Suecia frente a Napoleón o con Austria después de la derrota en la Segunda Guerra Mundial.

Obviamente, la neutralidad persigue, principalmente, intereses nacionales. Lo cual no quiere decir que sea una política inmoral. «Si todos los Estados fueran neutrales, tendríamos paz en el mundo». Esta aseveración es, evidentemente, una pura quimera. A las grandes potencias no les gusta la neutralidad. Por eso prefieren fomentar estructuras de seguridad colectiva, en las que son ellas las que mandan.

En un principio, no hay nada que criticar al respecto. Si un orden de paz de esta índole funcionase, sería innecesaria la neutralidad. ¿Pero cómo funciona la seguridad colectiva hoy? La verdad es que, en la mayoría de los casos, no funciona en absoluto. Desde que se creó la ONU, se han desatado centenares de conflictos internacionales. En muy contadas ocasiones Naciones Unidas consiguió resolverlos. Cada fracaso de la organización onusina significa otra legitimación más para la neutralidad. No obstante, hay una verdad que no se puede soslayar: para bien o para mal, el Estado neutral necesita que las grandes potencias respeten su neutralidad. ¿Qué debe hacer el país neutral para que esto ocurra? Tiene que reunir al menos tres condiciones.

En primer lugar, debe hacer todo lo posible en el plano militar para defender con sus propias fuerzas su territorio. Es verdad que esto, por sí sólo, no es suficiente. Pero un ejército fuerte es una condición previa para ser respetado por otros Estados. En segundo lugar, el Estado neutral debe cumplir con todas sus obligaciones relativas al derecho de neutralidad para no dar ningún pretexto a las intervenciones. Y en tercer lugar, debe ser digno de crédito en la esfera diplomática. Con una política constante, puede crear esa confianza. Sólo en este supuesto será menor el interés de las grandes potencias por violar la neutralidad que el temor a sufrir daños reputacionales resultantes de esa violación.

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Política suiza

Neutralidad/Ejército

Suiza es un país neutral desde 1815. Sin embargo, cuenta con un ejército para protegerse y garantizar su seguridad interna.

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Adopción de las sanciones contra Rusia

Desde que comenzó la guerra en Ucrania, muchas cosas han cambiado. Tras un breve período de vacilación, el Gobierno suizo decidió, el 28 de febrero de 2022, adoptar las mismas sanciones que había impuesto la Unión Europea (UE) a Rusia. Fue una decisión fatal porque creó mucho desconcierto en todas partes. El presidente ruso Vladímir Putin declaró que Suiza ya no era neutral, y el entonces presidente estadounidense Joe Biden, su principal antagonista, llegó a la misma conclusión. Nadie sabía ya qué posición defendía Suiza. Y eso que la situación de partida era bastante fácil para el Consejo Federal (Gobierno). Podría haber tomado las mismas decisiones como en 2014, cuando Rusia invadió Crimea: no adoptar las sanciones de la UE, pero impedir rigurosamente cualquier negocio que las eludiera.

La situación empeoró todavía más con la malograda Cumbre por la Paz en Ucrania celebrada en el paraje alpino de Bürgenstock. Al ofrecer sus buenos oficios, Suiza incumplió sus propios principios de discreción e imparcialidad. ¿Cómo podían participar los rusos en esa conferencia, mientras el Consejo Federal estaba debatiendo públicamente si quería invitarlos o no, al tiempo que fraternizaba sin disimulo con uno de los países beligerantes? No es ninguna sorpresa que Suiza luego se desviara de la senda diplomática, sin capacidad para contribuir ya a ninguna mediación.

La guerra en Ucrania ha trastocado las prioridades de nuestra neutralidad armada. Por un lado, ha fortalecido nuestra voluntad de defensa, lo cual era muy necesario; pero, por otro, ha debilitado nuestro sentido por la imparcialidad. Sin embargo, la neutralidad armada tiene que apoyarse sobre ambas cosas, un ejército fuerte y una diplomacia digna de confianza. No sirve de mucho la neutralidad si las grandes potencias no confían en nuestra credibilidad.

Un rumbo claro

Dado que esa confianza, evidentemente, ha desaparecido, deberíamos esforzarnos en recuperarla lo antes posible. Para ello son necesarias al menos tres medidas.

En primer lugar, Suiza tiene que cumplir estrictamente con los preceptos del derecho de neutralidad. No valen los embustes. Debemos tener el coraje de defender la neutralidad también si nos critican por ello. Esto significa que Suiza no puede suministrar material de guerra a ninguno de los países beligerantes. No podemos permitirnos ningún titubeo respecto a esta posición fundamental.

Eso no quiere decir que tengamos que cruzarnos de brazos ante los acontecimientos. Al contrario, debemos procurar que el Consejo Federal se libre de la emboscada a la que le empujó el Parlamento. Por eso, los parlamentarios deberían cuanto antes modificar o incluso derogar por completo la declaración sobre la no reexportación en la Ley federal sobre el material de guerra, puesto que no hay ningún precepto del derecho de neutralidad que exija que un Estado neutral obligue a un país comprador de su material de guerra a no reexportarlo. Lo cual quiere decir que Suiza asume la responsabilidad por sus exportaciones. Continúa suministrando armamento exclusivamente a Estados no beligerantes. Pero no cae bajo su responsabilidad lo que esos países compradores hacen luego con esas armas.

En segundo lugar, Suiza se mantiene categóricamente alejada de cualquier alianza militar, tal y como lo exige el derecho de neutralidad. Por eso debe actuar con comedimiento a la hora de acercarse a la OTAN. Esto es más necesario que nunca si tenemos en cuenta que el mundo se está convirtiendo cada vez más en un sistema de Estados multipolar. Con diferentes centros de poder en Washington, Bruselas y Pekín, junto con los Estados más importantes del hemisferio sur, una neutralidad fiable es más importante todavía que en una relación de fuerzas bipolar entre Washington y Moscú. Por lo tanto, no es prudente poner en peligro, justamente ahora, nuestra prenda más segura para mantener nuestra posición en el mundo.

Y en tercer y último lugar, Suiza sólo debería adherirse a las sanciones impuestas por Naciones Unidas, pero no a aquellas que han adoptado algunos Estados aislados o la UE. No obstante, debe hacer todo lo posible para impedir que las sanciones se eludan a través de negocios fraudulentos. Por eso debe mantener el comercio o los servicios en los niveles que había antes de la proclamación de las sanciones. Esta manera de proceder es justa, porque significa no adherirse a sanciones que no se hayan adoptado de forma universal, mientras se impiden los beneficios de negocios que eluden esas sanciones.

Votan sí a la «Iniciativa de neutralidad»

Suiza ha hecho muy buenas experiencias con su política de neutralidad. Hace más de 200 años, se reconoció en el Congreso de Viena a efectos internacionales su estatus de Estado neutral, que se apreció como instrumento de paz. Suiza salió incólume de ambas guerras mundiales y de la Guerra Fría. Este dato debería ser razón suficiente para mirar con confianza al futuro, porque las experiencias positivas suelen reforzar la confianza.

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No hay nada que vaya en contra de seguir defendiendo el principio más importante de nuestra política exterior. Pero eso exige convicción y disciplina. No existe la neutralidad a medias. Uno es neutral, o no lo es, no hay medias tintas. Sólo una política de neutralidad constante es capaz de crear esa confianza necesaria para Suiza en este mundo de los Estados nacionales.

Desde esta perspectiva apruebo la «Iniciativa de neutralidad», sobre la que Suiza votará en 2026. Porque de este modo damos una señal clara, tanto hacia dentro como hacia fuera. Después de las recientes confusiones que hubo en las esferas más altas del gobierno, el electorado suizo certificaría con un sí, de forma inequívoca, que seguirá apoyando aquello que, también en un mundo multipolar, garantizó durante siglos el éxito de nuestra política exterior: la neutralidad armada. Inscribir la neutralidad en nuestra Constitución no significa debilitar nuestro Estado, sino fortalecer la paz.

Editado por Benjamin von Wyl. Adaptado del alemán por Antonio Suárez Varela. Revisado por Carla Wolff.

Las opiniones expresadas por el autor no reflejan necesariamente el punto de vista de Swissinfo.

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