Música jesuítica suramericana en Lucerna
El 4 de Abril pasado la iglesia jesuita de San Francisco Javier en Lucerna fue escenario de un concierto de música barroca único en su género.
Barroco es una palabra que hace mucho forma parte del vocabulario corriente. Todos escucharon hablar alguna vez de arte barroco, de música barroca y los mejor informados saben que fue un estilo artístico que floreció en Europa desde fines del siglo XVI hasta mediados del XVIII y que se caracteriza ante todo por la teatralidad y opulencia de formas.
Menos conocido es que el arte barroco también floreció en ese tiempo en las junglas de Suramérica. ¿Cómo empezó todo esto?
Descubrimiento suizo
Durante unos trabajos de restauración de las Reducciones Jesuíticas en Bolivia, en al año 1972, el arquitecto suizo Hans Roth descubrió más de 5.000 manuscritos musicales. Este hallazgo causó una conmoción en la historiografía musical de Bolivia, Paraguay y Argentina.
Las partituras en cuestión – pues de esto trataban – daban testimonio de la rica cultura musical que los religiosos habían desarrollado, junto con los indígenas, durante el proceso de evangelización del nuevo continente.
Los sacerdotes de la Compañía de Jesús crearon en 1604 la provincia jesuítica de «Paracuaria» (Paraguay) que comprendía lo que es hoy Paraguay, el norte argentino y la región oriental de Bolivia.
Mientras las demás órdenes religiosas se dedicaron casi exclusivamente a la evangelización, los jesuitas realizaron en los pueblos bajo su tutela, un extraordinario «ensayo de organización política, social, económica y cultural que llamó la atención del mundo, motivó enconadas controversias y hasta hoy es objeto de interés de los estudiosos», según las palabras del historiador paraguayo Efraim Cardozo.
Como ejemplo más reciente de este interés basta recordar el filme de Jeremy Irons «La Misión» (con Robert de Niro) en el que se destaca la importancia que tuvo la música en esta empresa ‘civilizadora’.
Las Reducciones o el «Estado musical de los jesuitas»
Las Reducciones eran el centro de la vida comunal. Guiados por los eclesiásticos, los indígenas aprendieron no sólo las diversas técnicas artesanales, sino también la construcción de instrumentos musicales de todo tipo, con una sorprendente perfección: órganos, arpas, laúdes, violas, arpas, flautas, etc.
De hecho, la música jugaba un papel preponderante en la educación, a tal punto que algunos historiadores hablan de las Reducciones como del «Estado musical de los jesuitas», entre tantos otros apelativos dados a este «experimento sacro».
Los indígenas, entre ellos los guaraníes, sorprendían a sus maestros por su aptitud musical. El padre Charlevoix escribe en su «Histoire du Paraguay» (1756) que «casi se podría decir que son cantores por naturaleza, como los pájaros» y el jesuita alemán Padre Sepp relata: «son por naturaleza como hechos para la música; aprenden a tocar con sorprendente facilidad y destreza toda clase de instrumentos, y eso en muy poco tiempo»
Por ello es importante destacar que entre los manuscritos hallados se encuentren composiciones de músicos indígenas, ya que éstos también aprendieron las técnicas de composición musical.
Regreso a los orígenes
A causa de intrigas políticas, los jesuitas fueron expulsados de Suramérica en 1767, desmoronándose así el «imperio jesuítico». Más de dos siglos después, en el esplendor de la Iglesia de San Francisco Javier en Lucerna, una de las más bellas iglesias barrocas suizas con su altar de mármol estucado, oídos europeos pudieron escuchar, por primera vez, una muestra de aquel avanzado arte musical desarrollado por esa labor apostólica.
Intérpretes de Italia y Paraguay, bajo la dirección del maestro paraguayo Luis Szarán, ofrecieron al público composiciones de músicos de las Reducciones-colonia: del italiano Doménico Zipoli (1688 – 1726), del reputado jesuita suizo Martin Schmid (1694 – 1772) oriundo de Baar, una bella Missa palatina y otras obras de autores anónimos.
Intensa emoción y fervor extático, no exentos de un cierto dramatismo, aunque no sin mesura y orden, esta belleza inmediata fue sentida así por el público que brindó a los intérpretes un caluroso y prolongado aplauso que el ‘ensemble’ retribuyó a su vez con una magnífico bis: una pieza breve del padre Martín Schmid.
Ricardo Dominguez, Lucerna
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