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Vista de Neuchatel

La Vouivre, 'El genio de los Lugares', en Neuchatel. swissinfo.ch

Gradas repletas, cielo sereno. Frente al público, un vasto escenario ocre, inclinado. Al fondo de la escena, decoración fastuosa, las "roscas" gigantes de la arteplaya, y el lago azul oscuro.

El cuadro -como se alude al cuadro de una pintura- es perfecto. Los habitantes de Neuchatel, que sin embargo conocen cada hierba de las «Jóvenes Riveras», esa amplia región ganada al lago, tienen sin duda la sensación de estar en otro planeta. Como testimonian las «roscas», perfectamente comparables a platillos voladores … ‘Naturaleza y artificio’, es el tema de la arteplaya.

Una decoración ideal para dejar huir la imaginación y vivir una temporalidad a parte, como desea François Rochaix, quien pide al público detener el tiempo regresando el reloj, historia de vivir «un espacio virtual en la fiesta y el teatro». Y, sin embargo. Si durante las dos horas del espectáculo, el ojo y la oreja del espectador serán colmados en múltiples ocasiones, el estremecimiento no será la regla.

Empero, emociones para comenzar. Tras el paso del avión de caza -desvío de un símbolo más que gesto de admiración para la armada del aire- «El Himno a la Noche», firmado Bertrand Roulet y Maurice Chappaz, se eleva. A la izquierda, el coro y las percusiones. A la derecha, la pantalla gigante, «La Gran Ventana» con el mismo canto, interpretado igualmente en Bienne, Morat, Yverdon … Proeza técnica. Momento bello y fuerte, lírico a voluntad. Y un volumen casi rock n’rollero. Uno se regala.

La trampa de la mitología

El primer acto es consagrado a Babel. Múltiples figuras en vestimentas de color pastel para evocar la edificación de la Ziggourat, que se sigue en Neuchatel. Ahí también, en correspondencia con las otras arteplayas, fluidez de los gestos y de la coreografía. Construcción, elevación, luego escisión en cuatro grupos. Pero, tras las tentaciones segregacionistas, el diálogo se retoma. La metáfora es a la vez estética y helvéticamente límpida. Mejor.

Interludio … La mirada del público se centra en la pantalla gigante, en la que estalla la bella voz de Pascal Auberson , metamorfoseado en Ulises pirata. En primer lugar, una canción que combina rima infantil, ambiente litúrgico, ritmos tribales y pulsión aubersoniana. «Las lenguas bailan en nuestras bocas, nuestras riquezas. Mover tu lengua en mi boca, de diosa». Ahí también, limpidez.

Todo lo contrario con el Acto 2, consagrado a Prometeo, y con declinaciones diferentes en las cuatro ciudades. En Neuchatel, en el tono de la farsa, tendencia Comedia del Arte, Prometeo (Laurent Sandoz) crea a los hombres y a «la más bella mujer del mundo», Pandora (Aline Garance Delaunay). Desembarca Io (Dominique Gubser) y el tábano que la persigue. Luego, Prometeo se lanza en un triángulo ‘vaudevillesco’ con su hermano Epimeteo (Uueli Loecher) y la felina Pandora. Y es largo. Muy largo. Ya nadie comprende nada, a menos de haber releído a los clásicos antes de venir. El ruido de las hélices de un helicóptero logrará sacudir a la asistencia.

¿Qué mosca -qué tábano- picó entonces a François Rochaix, director y autor del texto? A pesar de los soberbios atuendos de las sirenas (vestidos azules y cabellos rojos) así como de los hombres y la estética de su va y viene, el espectáculo se desinfla, se deshilacha. Da la impresión de que, en lugar de ponerse al servicio del espectáculo, Rochaix lo ha utilizado para servir a sus caprichos. Una pena.

De altas y bajas

Desafortunadamente, no estamos al final de los tiempos áridos. «Los Guignols de la Expo» destinados a osar el autoescarnio, hacen sonreír, pero nada más. Francis Matthey, Pascal Couchepin, Pipilotti Rist, Jacqueline Fendt son los blancos del humor, merced a su jerarquía. Este espacio del festival es breve y suficientemente mediocre. Mucho más divertida, la simultaneidad y el cruce de las fanfarrias, una militar y otra de jazz …

En fin, un magnífico vuelo, con el Acto 3 del espectáculo, dedicado al «Genio de los lugares». En Neuchatel, la leyenda de la Vouivre, una enorme serpiente blanca, escoltada por pájaros articulados, blancos también, está en el centro de la acción, presentada por el ‘Théâtre de la Poudrière’, compañía permanente de marionetas. Entre tradición local e imaginería japonesa, la secuencia concluye con un combate soberbio y paroxístico, llevado por la música.

Un negro espiritual propuesto por una comunidad africana de Neuchatel no dejará un recuerdo imperecedero. Ambiente de velada parroquial. Luego, las miradas se dirigen de nuevo hacia la pantalla: Youssou N’Dour aparece en una playa senegalesa, antes de volver a las nieves jurasianas en compañía de Pascal Auberson. Reencuentro de Ulises el viajero y del extranjero, calor compartido en las escarchas montañesas. Youssou es portador de «La canción del Jura»… Es un poco artificial, pero simpático.

Retorno al tiempo normal

23:00 … El espectador tiene la posibilidad de reajustar la hora de su reloj y de aplaudir a la masa de participantes reunidos en escena. Lo hará, sin exceso. Un poco despeinado por la enormidad de la cosa y de su lado clamoroso. Piedras yuxtapuestas. Algunas, con belleza evidente, y otras, demasiado pulidas artificialmente.

François Rochaix ganó su apuesta. La de montar, en un plazo extremadamente breve, un espectáculo fuera de norma. Pero no supo evitar el hecho de que la amplitud fuera mayor que la emoción. Su libreto no siempre inspiró a los comediantes que lo interpretaron. Afortunadamente, los 1800 participantes benévolos, mayoritariamente procedentes de la región, que acompañaron al director en su aventura, supieron poner el alma. (¿»El genio de los lugares?) en un espectáculo que tendía, en momentos, a perder la suya.

Bernard Léchot

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