El CERN y su apuesta de 19.000 millones de dólares: ¿realidad o sueño?
El Futuro Colisionador Circular (FCC) del CERN ya cuenta con el apoyo de la comunidad científica. El verdadero reto ahora no está en la física, sino en encontrar la financiación necesaria para hacerlo realidad. En un contexto internacional cada vez más fragmentado, el laboratorio afronta el mayor desafío de sus 70 años de historia.
El CERN, el laboratorio de física de partículas situado a las afueras de Ginebra, prepara ya su próximo gran proyecto. Su colisionador de nueva generación, el Futuro Colisionador Circular (FCC, por sus siglas en inglés), cuenta con el respaldo de la comunidad científica y ha superado un estudio de viabilidad en el que participaron 1.500 especialistas. Además, la comunidad europea de física lo ha señalado oficialmente como el próximo gran proyecto de referencia. De cara a la reunión extraordinaria que el Consejo del CERN celebrará en mayo en Budapest, su director general, Mark Thomson, se muestra convencido de que el proyecto recibirá luz verde.
«Existe un consenso absoluto y claro dentro de la comunidad de física de partículas de que el FCC es el camino correcto», afirma.
Lo que está mucho menos claro es cómo pagarlo.
La primera fase del FCC tiene un coste estimado de 15.000 millones de francos suizos —unos 19.000 millones de dólares—. Se espera que la mitad proceda de las contribuciones de los Estados miembros. Thomson espera que la Unión Europea comprometa 3.000 millones de euros (2.700 millones de francos suizos) en 2027. Los donantes privados comprometieron 860 millones de euros el pasado diciembre, pero aun así al CERN le faltarían aproximadamente 4.000 millones de francos suizos.
La organización busca cerrar esa brecha mediante nuevas aportaciones privadas y contribuciones de países no miembros.
Si el CERN logra asegurar la financiación y poner en marcha el proyecto, sentará las bases para nuevos descubrimientos y atraerá a nuevas generaciones de físicos de partículas a Ginebra. Sin embargo, el plan presupuestario que se está diseñando resulta optimista en un momento especialmente complicado para las relaciones internacionales.
Los artículos de esta serie analizan en qué punto se encuentra el mayor laboratorio de física de partículas del mundo respecto a sus ambiciones científicas y sus esfuerzos por seguir siendo un punto de encuentro internacional para comprender nuestro universo.
Tensiones geopolíticas
La cooperación científica internacional que hizo posible el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) se forjó en los años noventa, en un contexto muy distinto.
Alemania, el mayor contribuyente anual del laboratorio, apoya en principio el FCC, pero ha mostrado reservas sobre el mecanismo de financiación propuesto y se opone al uso del presupuesto plurianual de la UE.
El Reino Unido, uno de los socios históricos del CERN y país natal de su director general, Mark Thomson, planea recortar un 30 % la financiación destinada a los programas de física de partículas. La medida pone en riesgo varios proyectos desarrollados junto al CERN, entre ellos un experimento previsto para la nueva versión del Gran Colisionador de Hadrones (LHC).
En Estados Unidos, la administración del presidente Donald Trump ha reducido repetidamente programas científicos, y la física de partículas no parece ocupar la misma prioridad para la Casa Blanca que la inteligencia artificial o las tecnologías cuánticasEnlace externo.
Aunque Estados Unidos no forma parte del CERN como Estado miembro, mantiene desde hace años una estrecha relación con el laboratorio. Los investigadores estadounidenses constituyen el grupo más numeroso dentro de la institución, con cerca de 2.000 colaboradores. Además, el país ha participado en la financiación de distintos proyectos, entre ellos una aportación de unos 80 millones de francos suizos para el desarrollo de los nuevos imanes de la versión modernizada del Gran Colisionador de Hadrones (LHC).
«Confío en que la relación entre el CERN y Estados Unidos continúe», afirma Thomson.
Rusia, socio del laboratorio incluso durante la Guerra Fría, fue expulsada del CERN tras la invasión de Ucrania. Thomson señala que las contribuciones científicas, financieras y de ingeniería de Moscú «han sido significativas», aunque admite que desconoce si, o cuándo, podría reintegrarse.
En medio de estos obstáculos, el laboratorio sí cuenta con una noticia positiva: China ha archivado discretamente los planes para construir su propio supercolisionador de 100 kilómetros, aplazando la toma de decisión hasta 2030.
«Es una oportunidad para nosotros», señala Fabiola Gianotti, que dirigió el CERN durante diez años hasta enero. «Si ese proyecto hubiera sido aprobado ahora, habría tenido muchas posibilidades de comenzar antes que el FCC».
Desde entonces, China ha manifestado su interés en colaborar con el CERN en el nuevo colisionador.
La resistencia local al proyecto
Más allá de las tensiones políticas en Europa y Estados Unidos, el CERN se enfrenta a otro desafío muy distinto: la oposición de quienes viven en las zonas por las que pasará la futura infraestructura.
Una red de asociaciones suizas y francesas, liderada por el grupo Noé21, mantiene una campaña sostenida contra el proyecto. Sus miembros critican el elevado consumo eléctrico previsto, los ocho millones de metros cúbicos de materiales de excavación esperados y lo que consideran una huella de carbono insuficientemente cuantificada.
«Entiendo las necesidades del CERN, pero eso no significa que debamos aceptar algo que costará decenas de miles de millones —nadie sabe cuánto costará realmente— y que envenenará la región durante años», afirma Jean-Bernard Billeter, miembro de la junta directiva de Noé21.
En febrero, alrededor de un centenar de vecinos se reunieron en Presinge, un municipio al este de Ginebra que albergaría una de las instalaciones en superficie del FCC.
Claude Schaeppi Borgeaud, artista local, no descarta llevar el caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Christina Meissner, diputada del parlamento cantonal de Ginebra, declaró durante aquel encuentro: «Nos prometen consultas. Yo todavía no he visto nada de eso».
Está previsto que en mayo comiencen cuatro meses de debates públicos y consultas entre el CERN y la ciudadanía. Sin embargo, Noé21 criticó en un comunicado que «los primeros actos anunciados parecen sesiones informativas unidireccionales más que un verdadero debate».
El estudio de viabilidad del CERN propone reutilizar los residuos de excavación en agricultura y construcción civil, y prevé que los avances tecnológicos permitan mantener el consumo eléctrico en niveles similares a los actuales del LHC.
El laboratorio sostiene además que la construcción generaría aproximadamente un tercio de las emisiones de carbono producidas por los Juegos Olímpicos de París 2024.
Para Billeter, todo eso sigue siendo una proyección. Como advertencia, recuerda el caso del Superconducting Super Collider estadounidense, un acelerador de 87 kilómetros cuya construcción fue abandonada en Texas.
Thomson admite que el CERN todavía tiene que ganarse la confianza de parte de la población. «Tenemos que demostrar que podemos construir esta máquina de una manera ambientalmente responsable, teniendo en cuenta las preocupaciones de la población», afirma.
Plan B y el coste del compromiso
Consciente de que reunir toda la financiación no está garantizado, el CERN ya ha diseñado un plan B.
La versión reducida del FCC rebajaría sus objetivos iniciales: operaría con energías más bajas y contaría con dos detectores en lugar de cuatro. Con ello, los costes se reducirían alrededor de un 15 %, lo que supondría un ahorro de más de 2.000 millones de francos suizos.
«No se trata de un recorte menor, pero incluso esta versión más limitada del FCC sigue siendo científicamente superior a las demás alternativas», afirma Thomson.
Maria Spiropulu, colaboradora del CERN y profesora del Instituto Tecnológico de California, considera que contar con un Plan B es también una jugada estratégica.
«Es una decisión muy inteligente porque demuestra que vamos en serio; si planteas una alternativa solo para reducir costes, corres el riesgo de debilitar todo el campo», señala.
Los argumentos a favor
El Consejo del CERN iniciará esta primavera su evaluación formal y aspira a tomar una decisión definitiva en 2028. Si el proyecto sale adelante, las excavaciones podrían comenzar hacia 2033 y el colisionador entraría en funcionamiento en 2046.
Lo que está en juego, según Costas Fountas, presidente del Consejo del CERN, va mucho más allá de un único experimento.
Costas Fountas asegura que «está en juego el liderazgo en física de altas energías y la capacidad de atraer al reducido grupo de investigadores más brillantes, aquellos que están dispuestos a ir a cualquier parte del mundo para desarrollar la ciencia más avanzada».
Los científicos también destacan los beneficios sociales y económicos que el FCC podría generar, más allá de ampliar el conocimiento sobre los orígenes del universo. No hay que olvidar que el CERN fue el lugar donde nació la World Wide Web.
«Si el FCC se hace realidad, estaremos asegurando el futuro de este laboratorio durante los próximos cien años», afirma Maurizio Pierini, físico de partículas del CERN.
La cuestión ahora es si la voluntad política estará a la altura de la ambición científica.
Mientras continúa el debate sobre el futuro del FCC, la máquina actual del CERN ya se prepara para una profunda intervención.
En junio, el Gran Colisionador de Hadrones se detendrá para una actualización de cuatro años: el High Luminosity LHC (HL-LHC), diseñado para producir unas diez veces más colisiones que la máquina original.
La modernización ya está generando tensiones geopolíticas. La propuesta británica de reducir un 30 % la financiación de la física de partículas amenaza un experimento previsto para la nueva máquina, una señal de que las presiones políticas que afronta el FCC no son un problema del futuro, sino del presente.
El HL-LHC nació con la idea de servir de puente: permitir que el CERN siguiera liderando la investigación científica mientras ganaba apoyos para su próximo gran proyecto, el FCC.
La cuestión es si terminará siendo un puente hacia el futuro o el último gran acto de la actual era de la física de partículas europea. La respuesta podría depender de las decisiones que se tomen durante los próximos dos años.
Editado por Gabe Bullard y Veronica De Vore. Adaptado del inglés por Carla Wolff.
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