Inteligencia artificial en Davos: el precio de influir entre gigantes
En Davos, las pequeñas organizaciones se esforzaron por hacerse escuchar en un debate sobre inteligencia artificial dominado por gigantes multimillonarios. Reportaje desde la ciudad alpina al cierre del Foro Económico Mundial.
Tammy Mackenzie no viajó a Davos para hacer negocios ni cortejar inversores, sino para aportar una perspectiva sobre la inteligencia artificial (IA) que no proviene de una empresa multimillonaria.
«Queremos asegurarnos de que todos puedan tener voz en el debate sobre la IA, desde la gente común hasta quienes representan a las grandes potencias», señala Mackenzie, directora de The Aula Fellowship, un think tank con sede en Montreal, Canadá, dedicado a promover una IA más inclusiva.
Mackenzie es una de las muchas expertas en tecnología y emprendedoras preocupadas por la concentración de poder en la IA. Durante años ha intentado sensibilizar a la sociedad a través de investigaciones, datos y campañas. Según ella, si los sistemas de IA no se diseñan teniendo en cuenta a los grupos marginados, corren el riesgo de reforzar la exclusión. Por ejemplo, algunas herramientas utilizadas en procesos de selección de personal o en el ámbito sanitario ya toman decisiones de manera automática, reflejando los prejuicios de quienes las diseñan.
El verdadero desafío, sin embargo, fue lograr que este mensaje llegara a los círculos adecuados, especialmente cuando los responsables de las decisiones se concentraron en un remoto enclave suizo durante la semana más cara del año.
En busca de personas de poder «honestas y valientes»
El Foro Económico Mundial (WEF) convierte todos los años la ciudad de Davos en un centro de networking internacional de alto nivel. Participar en él supone unos costes que muchas pequeñas organizaciones no pueden asumir.
Mackenzie y yo nos sentamos en un pequeño sofá en medio de la Kulturplatz de Davos. Durante el WEF, esta plaza, normalmente sobria, se transforma en un curioso cruce de vendedores de salchichas, promotores de tecnología y personas que se toman un respiro entre reuniones a puerta cerrada a lo largo de la Promenade (calle principal).
En esta calle, habitualmente tranquila, empresas y países pagan sumas que pueden superar el millón de dólaresEnlace externo (unos 800.000 francos) para convertir una tienda u oficina en su escaparate durante la semana del Foro. La IA monopoliza los eslóganes y los carteles publicitarios. Entre los invitados, los focos se posaron sobre directivos de gigantes tecnológicos convertidos en estrellas, como Dario Amodei (Anthropic), Jensen Huang (Nvidia) y Satya Nadella (Microsoft), ocupados en debatir sobre los supuestos riesgos existenciales de la IA y sus extraordinarias promesas para la sociedad.
Para Mackenzie, estar en Davos fue una manera de acercarse a los centros de poder donde se definía el futuro de la inteligencia artificial —y, por extensión, el de millones de personas. Buscaba sentar a grandes empresas como Microsoft o Palantir —que también desarrollan sistemas de IA con fines militares— junto a investigadores, responsables políticos y ciudadanos que sufrían los efectos de sus tecnologías. Una de sus prioridades, decía, era encontrar personas influyentes que fueran «honestas, valientes y confiadas frente a nuestros problemas más grandes».
«Los grandes cambios en la historia se han dado cuando la gente decidió sentarse a la mesa y reformar lo que no funcionaba», me decía mientras me miraba a los ojos. Levanté una ceja; me pareció una visión un poco ingenua. Pero Mackenzie insistió en que realmente así lo pensaba. «Nací optimista», me dijo; «lo único que realmente me enfurece es la injusticia».
Los precios prohibitivos de Davos
Hasta pocas semanas antes, Mackenzie no sabía si podría permitirse el viaje. El acceso al WEF y a sus eventos colaterales es solo por invitación y el alojamiento tiene precios prohibitivos. Durante el Foro, alquilar un apartamento en Davos puede costar hasta 95.000 francosEnlace externo por semana.
El vuelo y cinco noches en el hotel más modesto para Mackenzie y un compañero habrían costado a su think tank 9.000 dólares canadienses (unos 5.000 francos), una cifra que la organización no tenía. Mackenzie logró llegar a Davos solo gracias a una campaña de donaciones y al apoyo financiero de amigos, colegas, familiares y fundaciones dedicadas a promover una IA inclusiva.
La invitación a participar, en cambio, llegó gracias a un encuentro casual meses antes en Montreal con Daniel Dobos, director de investigación de Swisscom y cofundador de AI House, el principal espacio de networking de alto nivel sobre IA en Davos durante el WEF. «Tammy es fantástica: está llena de energía y pasión. Quería que su organización pudiera estar en Davos», cuenta.
Al margen de la AI House
Daniel Dobos reconoce que iniciativas como AI House tienen dificultades para incluir voces como la de Mackenzie. Es difícil equilibrar la presencia de grandes empresas —que pagan para garantizar visibilidad y un lugar en los paneles (grupos de trabajo)— con actores más pequeños y menos influyentes, cuya participación resulta complicada tanto financiera como logísticamente.
«Si queremos ser creíbles, también debemos dar más espacio a las organizaciones pequeñas», afirma.
Dentro de AI House, circulan emprendedores, investigadoras y «gurús» de la IA seleccionados. Un día subió al escenario Yann LeCun, exjefe de investigación en IA de Meta. Otro día, Talal Al Kaissi, CEO interino de G42 —la controvertida empresa de IA fundada por la familia real de Emiratos— fue invitado a hablar sobre soberanía en IA.
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El desafío de Suiza para alcanzar la soberanía en IA
Al margen se encuentran organizaciones con grandes ideales pero pocos recursos, como la de Mackenzie, y jóvenes fundadores de start-ups en busca de los contactos adecuados. Veo a Mackenzie intercambiar tarjetas de presentación al final de los paneles (grupos de trabajo), pero también está allí como observadora. Tras una discusión sobre el uso militar de la IA, cuestionó la ausencia de las empresas que producen tecnologías ya empleadas en guerras y conflictos.
«Necesitamos que estas empresas estén sobre la mesa de debate», subraya, explicando que esa es la manera más efectiva de garantizar que sus sistemas reduzcan desigualdades y daños en lugar de amplificarlos.
Entrar en los círculos que importan
En la sala de networking de AI House —con cómodos sofás y mesas altas— conocimos a Jennifer Ai, emprendedora canadiense de unos treinta años, cuya primera vez en Davos coincide con la de Mackenzie. Como ella, trabaja en un proyecto para democratizar el acceso a la industria tecnológica.
Su última iniciativa busca usar la IA para digitalizar el proceso de recaudación de fondos para start-ups globales. Conseguir capital para pequeñas empresas sigue siendo en gran parte cuestión de suerte: la suerte de estar en el lugar adecuado y conocer a las personas correctas en el momento adecuado. «Significa participar en eventos, pagar cifras exorbitantes, intentar encontrarse con alguien por casualidad», asegura Jennifer Ai.
Al principio, no conocía a nadie y pasó horas buscando inversores, escribiendo correos y aprendiendo a aprovechar oportunidades. «Fue terrible», recuerda. Pero su perseverancia dio frutos: su sonrisa refleja la satisfacción de haber entrado finalmente en los círculos que cuentan.
El coste del día a día durante el foro
Aunque ambas lograron llegar a Davos, Mackenzie y Jennifer Ai se hospedaron lejos de los multimillonarios de las Big Tech. Ninguna encontró alojamiento asequible en la ciudad. Jennifer Ai viajaba diariamente desde Zúrich, más de dos horas en tren. Mackenzie durmió en una habitación compartida tipo dormitorio a casi dos horas de distancia. El tren le costó unos 112 francos por día y la cama casi 150 francos por noche.
«Todo costaba el doble que en Canadá y muchas veces solo había opciones de lujo», cuenta.
Para ahorrar, Mackenzie comió principalmente fruta, pan, cereales y carne seca del supermercado. Solo tuvo cuatro comidas calientes en una semana, tres de ellas pasta.
En Davos «podemos hacernos oír»
A pesar de las dificultades, Mackenzie dice que el viaje valió la pena. Caminó por la calle Promenade, se detuvo frente a los espacios alquilados por las Big Tech y habló con el personal de recepción, explicando que las empresas pueden crear mejores productos si escuchan a quienes los usan. «Esta es una regla básica de marketing. Pero para que funcione, empresas, expertos en tecnología y personas comunes deben sentarse juntos y hablar», afirma.
No quiere nombrar las empresas visitadas ni entrar en detalles de las conversaciones, pero asegura que se sintió bien recibida. Está convencida de que las Big Tech solo cambiarán de actitud si temen perder legitimidad.
A última hora, volvimos a encontrarnos fuera de AI House, tras intentar sin éxito asistir a un debate sobre explotación laboral. Mis pies estaban congelados y el estómago rugiendo. Mackenzie seguía con energía, tal vez por su carácter optimista.
Cuando el WEF terminó, la calle Promenade se vació, como si aquel enorme encuentro nunca hubiera existido. Antes de despedirnos, le pregunté si realmente creía poder convencer a los gigantes tecnológicos de renunciar a negocios multimillonarios solo intercambiando tarjetas en Davos. «No estoy aquí para convencer a nadie», respondió antes de separarnos. «Solo podemos crear las condiciones; si después la gente se sienta a debatir, algo empezará a cambiar».
Texto original editado por Gabe Bullard. Adaptado del italiano por Carla Wolff.
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