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Tras la huella de Heidi

Luis Karner, el abuelo italiano de Heidi, se encarga de recibir a los visitantes.

(swissinfo.ch)

Al conmemorarse el centenario de la muerte de su autora, la zuriquesa Johanna Spyri, Heidi vuelve a cobrar actualidad. Con la mochila a la espalda y las zapatillas de caminata, seguimos ahora las huellas de la pequeña montañesa suiza por su peregrinaje a través de Maienfeld.

Maienfeld, cantón de los Grisones, dos mil habitantes: es ahí en donde comienza todo. La novela de Johanna Spyri, en principio. Página uno, primera línea: «A la salida del bonito pueblo de Mainfield, un camino de tierra atraviesa la campiña verde y arbolada hasta los pies de las montañas... » Y ahora, inicia el peregrinaje.

No hay motivo para contradecir a la señora Spyri: el lugar es efectivamente muy bonito. Calles empedradas, un muy viejo castillo, casas encantadoras rodeadas de viñedos, el vino de Maienfeld tiene una buena reputación. Pero, ¿estamos en la casa de Heidi? Ah, claro. Ahí, en la plaza, hay dos o tres tiendas de recuerdos, de las que salen algunos turistas asiáticos.

Pero eso es todo. De hecho, hay que salir del poblado y ascender. Diez minutos de paseo y encontramos el «Heididöorfil», el caserío de Hedi, establecido sobre una pradera que domina el valle del Rin. Hay algunas cabras en un cercado, una tienda de recuerdos flamante y nueva, pero sobre todo, «la casa de Heidi». La original, la auténtica, precisa el prospecto.

La edificación ha sido restaurada y habilitada para permitir a los visitantes sumergirse en la época de Heidi, a finales del siglo XIX. Pero antes, éstos tienen que « escanear» sus billetes en el torniquete electrónico de la entrada. Descubren de inmediato, sobre una superficie de tres pisos, un pequeño museo de la vida cotidiana que evoca la época a través de objetos y de muebles.

Una casa es habitada ... por algunos maniquíes. En el desván, la silueta del abuelo talla algunas tablillas. En una de las habitaciones, Heidi enseña a leer a Pedro. Se mezclan así «verdaderas» y «falsas» autenticidades. Y los turistas a veces se pierden en ellas. «Muchos de ellos piensan que Heidi existe y vive todavía, cuenta Anna-Maria Stöckli, que trabaja en el lugar. Se entristecen cuando saben que la historia fue inventada por Johanna Spyri.

Unos 60.000 visitantes

El año pasado, no menos de 60.000 personas visitaron de esa manera a Heidi, una buena proporción venía de Asia. «Leímos la historia y la adoramos, explica Annie, una taiwanesa que viaja en compañía de su marido y su hijo. Heidi es una niña tan gentil que piensa siempre en los demás».

«Y además, prosigue, hay esa descripción de las montañas suizas: en invierno, cuando uno está aislado, en su casa, en lo alto de la montaña... es algo totalmente diferente de lo que nosotros vivimos. Para nosotros es impresionante».

Annie deberá tener suficiente con la casa de Heidi. Pero para aquellos que tienen tiempo y el gusto de las caminatas, el peregrinaje no ha terminado. Mochila a la espalda y en dirección a los pastizales de Heidi a través del bosque que domina Maienfeld: El sendero, además de ofrecer los perfumes de la maleza, informa y divierte. Se encuentra balizado por una decena de carteles. Aquí uno recuerda tal episodio de la novela, allá uno se refresca en la fuente.

El camino es largo: una hora y media de marcha. Y la pendiente es apreciable. A media ruta, Fabienne, una Heidi de la región de Hannover, acompañada por sus abuelos, descansa y refunfuña para continuar. Sin embargo, la vida de la pequeña heroína la hace soñar: «Puede ir todos los días a los pastizales, con Pedro el cabrero. Y lo más frecuente, en verano, no tiene que ir a la escuela».

Un pequeño esfuerzo, Fabienne. Algunos virajes todavía: el camino sale del bosque y desemboca en la montaña. Y helo ahí, sobre la hierba, el chalet del abuelo. ¿el chalet solamente? Espera ... Sí, efectivamente, es él: con su pipa, su tez bronceada, es el abuelo mismo de Heidi que viene a nuestro encuentro.

Luis Karner ha trabajado en Basilea, en una carnicería; en Montreux, en un hotel, antes de regresar a su valle para convertirse en empleado de correos. A la hora de la jubilación, cayó por azar en esta ocupación veraniega: cuidar a las vacas y el abrevadero del abuelo, en donde inclusive se puede dormir.

Luis Karner sabe actuar. A la hora de la fotografía, saca su sombrero y su pipa de montañés. Con aplomo recibe a los equipos de televisión a los que dice algunas palabras en japonés. Heidi, fenómeno internacional: el abuelo es la prueba viviente, puesto que procede de Mustair, en Italia. Pero, cuidado, eso es un secreto.

Pierre Gobet, Maienfeld

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