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Un miembro del Servicio de Contraterrorismo (CTS), alza los brazos en señal de victoria mientras su vehículo avanza en la vieja ciudad de Mosul, Irak, el 30 de junio de 2017

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"¿Dónde está Bagdadi?" Al pie de los restos de la emblemática mezquita de Al Nuri de Mosul, arrebatada al grupo Estado Islámico, varios soldados iraquíes posan victoriosos y bromean sobre el líder del EI, cuando las balas de los yihadistas silban a su alrededor.

Bajo un sol abrasador, un blindado negro de las fuerzas especiales iraquíes serpentea a duras penas entre los restos de la ciudad vieja de Mosul, montañas de escombros y vehículos destrozados en callejuelas devastadas.

El sargento Ali Dhiaa lo aparca frente a la gran mezquita de Al Nuri y su minarete inclinado del siglo XII o, mejor dicho, lo que queda de estas joyas históricas del norte de Irak, dinamitadas hace ocho días por los yihadistas ante el avance del ejército.

Las fuerzas iraquíes tomaron el edificio religioso, logrando así una victoria simbólica, ya que fue en esa mezquita de ladrillo y cúpula verde donde el autoproclamado califa del EI, Abu Bakr al Bagdadi, hizo su única aparición pública en julio de 2014.

Este viernes, el sargento Dhiaa se une a una decena de blindados de las fuerzas especiales, que llevan una calavera pintada en el capó, desplegados para vigilar el lugar.

Siguen sonando disparos en el barrio. Y de pronto, se oye una explosión y una enorme nube de humo cubre el cielo. A 200 metros de ahí, un bombardeo del ejército iraquí o de sus aliados occidentales acaba de destruir el tejado de un edificio donde, al parecer, se habían ocultado combatientes del EI. En la siguiente media hora, se producen varios ataques como ese.

Aunque apenas queda la base del minarete inclinado, un tercio de la mezquita sigue en pie: sobre todo la cúpula verde y su gruesa base hexagonal, agrietada, reventada e inestable.

- '¡Nosotros nos vamos a quedar' -

El sargento Dhiaa contempla los destrozos, triste y conmovido. "Habíamos llegado muy cerca de la mezquita y del minarete cuando los hicieron explotar. Para nosotros, eran símbolos. Al destruirlos, nuestros enemigos destruyeron la civilización".

Pero la reconquista de esos monumentos, aunque estén mutilados, es una oportunidad para el Gobierno iraquí, cuyo primer ministro, Haider al Abadi, anunció enseguida el final del califato proclamado por el EI.

El avance del ejército en la ciudad vieja de Mosul, complicado por la presencia de decenas de miles de civiles atrapados en la zona, parece inexorable frente a unos yihadistas sitiados.

Las fuerzas de Bagdad creen que reconquistarán la ciudad en "unos días". Otros observadores locales son menos optimistas y hablan de semanas de combates.

Ante el amplio portal blanco y verde de la mezquita, unos soldados vestidos con camisetas negras se acercan con una gran bandera negra yihadista en la mano. Posan ante las ruinas con una gran sonrisa en los labios, procurando sujetar la bandera enemiga al revés porque "es la bandera de la derrota del EI".

"¿Dónde está Bagdadi? ¡Nosotros, las fuerzas especiales, vamos a quedarnos!", gritan, burlándose de la propaganda del grupo yihadista, que había asegurado tras sus primeras conquistas que había llegado "para quedarse y extenderse". Algunos sacan sus teléfonos móviles, encadenando los selfis de la victoria.

Pero una ráfaga de kaláshnikov acaba con la escena de euforia. Un disparo de francotirador pasa unos metros por encima de los soldados e impacta contra el portal de la mezquita. Otro termina su trayectoria un poco más lejos, contra el suelo. Otras balas silban en el aire, seguida de nuevas ráfagas de kaláshnikov.

Los soldados corren a buscar refugio en sus blindados y abandonan la zona en unos minutos. La noche anterior, en una calle vecina, uno de los suyos murió y otros tres resultaron heridos por un francotirador del EI, según una fuente interna.

Para retomar la mezquita, las fuerzas especiales redoblaron sus esfuerzos en los últimos días y se adentraron rápidamente en la zona en poder de los yihadistas, aun a riesgo de quedar rodeados por tiradores emboscados.

AFP