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Biel: la mecha que no prendió

La cantante valesana Sina, disfrazada de pantera negra, con Io, amante de Zeus transformada en ternera. Keystone

El espectáculo de inauguración quiere ser una metáfora para toda la Expo.02. En Biel no fue convincente, pese a los momentos musicales culminantes.

Sopla una brisa fresca por el lago donde se alza la plataforma flotante de tres torres. Los casi 5.000 espectadores tiritan de frío. Pero las condiciones meteorológicas son perfectas. Una luna creciente se asoma sobre la cordillera del Jura.

Se abre el telón para la difusión simultánea, aparece un reloj y a través del micrófono una voz invita a los espectadores a retroceder dos horas en el tiempo y cambiar sus relojes. Un avión de combate sobrevuela la bahía, y a la altura del Jura, descarga balas luminosas. El público estalla en aplausos. El espectáculo comienza.

Una construcción interminable

La construcción de la Torre de Babel y su fracaso simbolizan el nacimiento de una Suiza multilingüe y multicultural. El decorado musical gusta, convence, pero no la representación dramática, que se alarga…

Los actores y extras construyen la torre babilónica, pieza sobre pieza, sobre el puente de un barco. La primera escena se vuelve repetitiva, no logra cautivar al público, incapaz de apreciar los detalles de la representación a semejante distancia.

A Dios gracias la televisión transmite en directo el espectáculo. A Dios gracias, porque son esos primeros planos de los intérpretes proyectados sobre una pantalla gigante los que acaparan la atención de los espectadores.

Pegaso: una escena lograda

La aparición de Pegaso, personificación del tiempo dividido, trotando a orillas del lago, causa el primer impacto en el público. La imagen del famoso caballo alado emociona. Aplausos.

Son escasos los momentos en que el público de Biel se siente identificado con el espectáculo. También la fascinación por las sirenas se esfuma cuando éstas se adentran en el lago, donde sus siluetas se confunden con la magnitud de un escenario de agua que se extiende hasta la ‘arteplaya’ de las tres torres, ideada en torno al tema de ‘Poder y libertad’.

Prometeo: momento culminante

Uno de los momentos culminantes de la noche es el del castigo de Prometeo, a quien Zeus ordena encadenar a una roca por burlarse de los dioses y robarles el fuego sagrado.

La precisión técnica de la escenificación impone. El hijo del titán Jápeto logra escapar al castigo y se da a la fuga suspendido de un helicóptero en vuelo.

Sina, disfrazada de pantera negra, entona un canto a la libertad. Io, la mujer transformada en ternera, se sumerge en el lago y llora su pena. A bordo de una lancha a motor, aparece Hermes, el progenitor machista, que entabla un duelo de palabras con el benefactor de la humanidad.

Sina: interpretación convincente

La trama es enredada, confusa, demasiado centrada en la figura del protagonista encadenado y se vuelve estática pese a la ostentación técnica del espectáculo. Todo ello contribuye a realzar la interpretación de la cantante valesana Sina, junto con Markus Kühne coautora de la ópera rock. Su magnífica voz y su acento dan a la tragedia griega los toques de autenticidad y cercanía de los que carece.

La ópera rock es la que salva la noche de Biel: no sólo por la música, sino también por la representación en dos idiomas (suizo-alemán y francés), una referencia a esta ciudad bilingüe.

Bandas y poemas

El tercer acto, dedicado a la especificidad de los lugares de exposición, poco o nada tiene de espectacular: bandas de instrumentos de viento, una ‘big band’, algunas lanchas a motor dando vueltas en el lago y un grupo de siete jóvenes en un barco de remo declamando poemas del escritor Robert Walser, nacido en Biel en 1878.

Reaparece Pegaso. Ya podemos adelantar el reloj. Todos los personajes desfilan a orillas del lago. El público estalla en aplausos. Y sólo ahora resplandece en medio de la noche el puente que conduce a la plataforma flotante y las tres torres. Su iluminación y color transforman el ambiente.

¿Parámetro para el éxito?

El espectáculo inaugural no fue espectacular. Faltaron imágenes fuertes, conmovedoras, que permanezcan en el tiempo y en la memoria. Habrá que preguntarse si el tema elegido puede emocionar hoy a un público general que desconoce cada vez más la mitología.

Si el espectáculo de apertura pretendía ser una metáfora para toda la Expo.02, hay que decir que no lo ha logrado. Le faltó sensualidad, serenidad, diversión que caracterizan tantos pabellones de la Expo. Pero el espectáculo inaugural – al igual que las exposiciones – sólo son un fragmento y no un parámetro para medir el éxito de la Expo.02.

Hansjörg Bolliger

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