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Weber nos invita a adentrarnos en su imaginación

Una imagen del mundo de Bruno Weber. swissinfo.ch

Si ya ha visitado el Parque Güell de Gaudí en Barcelona y la Casa Hundertwasser en Viena, la siguiente escala debería ser el Parque de Esculturas cerca de Zúrich.

Aunque un taxista no dudó en conducirme hasta el parque, reconoció que cuando anochece no le gustaría estar rodeado de las criaturas surrealistas que allí se encuentran.

A diferencia de Gaudí y Hundertwasser, que fallecieron en 1926 y el 2000, respectivamente, Bruno Weber es una leyenda viva. Actualmente sigue trabajando en la más monumental de sus obras, de la que ha realizado ya más de la mitad: el Jardín de Agua.

La entrada al parque -situado en las afueras de la localidad de Dietikon, cercana a Zúrich-, tiene una apariencia más bien inocente: aves del paraíso adornan las puertas de hierro forjado que se extienden como alas hacia el interior del jardín.

Un poco más adelante, dos perros voladores, que miden 105 metros de largo, están en pleno combate formando un semicírculo en torno a una fosa cubierta de hierba. Weber sube unos escalones hasta llegar al lomo de estas criaturas, cerca de sus fauces.

Desde este punto privilegiado, el escultor de 75 años describe lo que nos espera: tres orugas estilizadas, incluso mayores que los perros, unirán sus cabezas en el centro de un escenario elevado. El pozo situado en medio estará lleno de agua.

«No sé si algún día llegaré a terminarlas», señala Weber a swissinfo. «Pongo todo mi empeño, pero uno nunca sabe cuánto tiempo le queda de vida.»

El artista explica que el Jardín de Agua costará cerca de 5 millones de francos suizos. Asimismo precisa que él y su esposa Mariann Godon pueden seguir trabajando gracias a un subsidio que les acordó hace unos meses el cantón de Zúrich.

La pareja confía en que, en caso de no poder terminar las esculturas, serán sus hijas gemelas las que se encarguen de concluirlas.

Weber dice que el parque será un escenario para «artistas de todos los colores» que compartan la fascinación por este concepto y gusten de actuar en este espacio único. «Me ilusiona ese primer espectáculo», asegura.

Criaturas biomorfas

El parque se extiende sobre una superficie de 20.000 metros cuadrados y está poblado de un jardín biomorfo y esculturas de madera inspiradas en la mitología oriental, las fábulas europeas y, sobre todo, en la imaginación de Weber.

«Me crié en una bella casa barroca aquí en Dietikon, en la que había muchas habitaciones llenas de misterio y muchas de ellas nunca habían sido exploradas», recuerda. «Esta experiencia me marcó».

Este artista se inició en la pintura a la edad de 11 años, inspirado en su casa y en el arte de un vecino. Weber asistió a la escuela de arte de Zúrich de 1947 a 1949 y dedicó su vida a la pintura hasta 1969, año en el que hizo su primera escultura para el parque.

Esa profusión de figuras siniestras, curiosas y melancólicas permiten a los visitantes del mundo de Weber vivir de primera mano lo que el artista quiere decir cuando subraya que la funcionalidad es tan importante como la forma.

Pelícanos

Sus creaciones son bancos para sentarse o arcos para pasar por debajo de ellos. Unas mesas de concreto están disfrazadas como pelícanos.

Anfibios gordos escupen agua hacia un estanque desde el que se observa una serpiente. Y si nos fijamos bien, descubrimos que el reptil es un tobogán para niños. El llamado de un pavo real de carne y hueso nos confunde aún más en el intento por distinguir entre la línea, de por sí ya poco nítida, que existe entre el discurso real y el fantástico de Weber.

Pero el artista no establece una separación. Él y su esposa viven en el mismo terreno, en una casa que ellos mismos hicieron. Una construcción que poco tiene que ver con la imagen de las edificaciones del insulso barrio de Zúrich donde se encuentra el parque.

La fachada es un mosaico de gárgolas góticas, pilares en forma de ninfas y barandales tallados en una torre de 25 metros de altura.

En su interior, el visitante ingresa de súbito al salón, El piso es un laberinto de mosaicos, cada uno colocado minuciosamente. Una labor realizada durante ocho meses.

El techo se sostiene por las alas de una criatura imaginaria. La chimenea también tiene la forma de otra figura que saca fuego por la cavidad nasal.

Cuando finalmente me armo de valor y le pido al artista que me defina lo que significa para él la realidad, él se rehúsa a morder el anzuelo.

swissinfo, Dale Bechtel, Dietikon
(Traducción del inglés: Belén Couceiro)

El parque de esculturas de Bruno Weber está abierto al público los sábados, de la 1 a las 5 de la tarde, desde abril hasta finales de octubre.

La entrada cuesta 10 francos.

Se pueden reservar visitas guiadas para grupos con más de 15 personas durante todo el año por 200 francos.

Dietikon se encuentra a unos 15 minutos en tren de Zúrich.

Bruno Weber nació en 1931. A los 12 años, tuvo el honor de poder mostrar su primer óleo al célebre artista suizo Max Gubler.

Gubler y su hermano Ernst (escultor) serían luego profesores de Weber en la Escuela de Bellas Artes de Zúrich. Presionado por su familia, Weber trabajaría como diseñador gráfico para la editorial suiza Orell Fuessli.

El artista dedicó 25 años de su vida exclusivamente a la pintura y desarrolló su propio estilo, el denominado ‘realismo fantástico’.

Inició su obra escultural en el parque de Dietikon en los años 60 con la construcción de su casa.

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