¿Dónde están las mujeres cuando se negocia la paz?
Irene Escudero
Madrid, 6 mar (EFE).- No hay una sola mujer en la foto. Es una frase que se puede extrapolar desde la cumbre de Sharm El-Sheikh en Egipto -donde se firmó el llamado «plan de paz» para Gaza- a las diferentes conversaciones en la Casa Blanca para acabar con las ocho guerras que dice haber resuelto el presidente estadounidense, Donald Trump.
«Es preocupante la hipermasculinidad en la política global porque significa que, pese a todos los años de lucha por la igualdad de género, el lugar de la mujer en la toma de decisiones, en los procesos diplomáticos y en los procesos de paz sigue estando muy socavado», reflexiona en una entrevista con EFE la directora regional adjunta de Amnistía Internacional (AI) para África Oriental, Flavia Mwangovya.
Las guerras multiplican por cuatro los asesinatos de mujeres y disparan la violencia sexual contra ellas, pero solo una de cada diez negociaciones de paz las incluyó en 2024, según Manos Unidas.
Sin embargo, los datos de ONU Mujeres son contundentes: su inclusión en las mesas de diálogo eleva un 20 % la probabilidad de que un acuerdo dure al menos dos años y un 35 % la de que supere los 15 años.
Son las mujeres «quienes mantienen unidas a las comunidades» durante un conflicto, afirma Mwangovya, pero es «lamentable que esto no se traduzca al lugar donde se toman las decisiones».
Ante este panorama, la consigna es clara: «Si no te dan un lugar en la mesa, construye la tuya propia», dice la keniana; «Tenemos que exigir un lugar y eso significa organizarse a nivel comunitario, nacional y regional».
Construir paz desde el territorio
Yolanda Málaga es lideresa indígena y autoridad tradicional wounaan de un pequeño cabildo de 12 familias del departamento del Chocó, en el Pacífico colombiano, una zona azotada por la desidia estatal y manejada por grupos armados que se imponen a golpe de amenazas y asesinatos.
«Muchos hombres me decían que una mujer no está para liderar, sino solamente para la cocina, para criar, para los quehaceres», dice a EFE. Sin embargo, ella decidió alzar la voz y aliarse con otras mujeres para sacar adelante a sus comunidades en medio de la guerra.
«Buscamos formas de minimizar el conflicto», explica a EFE esta mujer de 39 años, hablando de frente con los grupos para que no recluten a sus hijos y con los jóvenes para que no cojan las armas. Eso les conlleva riesgos: «Si llegamos a denunciar (a los grupos armados), somos amenazadas».
También en Colombia -donde en 2025 fueron asesinados 187 líderes sociales-, Elisabeth Moreno, coordinadora del Foro Interétnico Solidaridad Chocó, coincide en que el primer obstáculo es el «machismo estructural», las «amenazas constantes» y la marginalidad que les impide expresar su liderazgo en escenarios de poder real.
«En muchos espacios tenemos que callar por el miedo que genera hablar de más, visibilizar masacres, crímenes o desplazamientos», relata esta mujer afro, Premio Nacional de Derechos Humanos, que participa en un proyecto de Manos Unidas de acción comunitaria.
La unión por la supervivencia en Sudán
En Sudán, mientras el Ejército sudanés y el grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) se disputan el territorio, la supervivencia diaria recae sobre ellas.
«La gente tiene que seguir comiendo y recibiendo atención médica. Las Salas de Respuesta de Emergencia se crearon para eso, ¿y quién las lidera? Las mujeres», explica la directiva de AI.
Pero este rol humanitario no las protege; al contrario, las convierte en objetivos: «Están siendo arrestadas, desaparecidas y sufriendo violencia sexual simplemente por estar en la primera línea. Están pagando el precio más alto», dice Mwangovya.
No solo víctimas
Las mujeres no son solo víctimas. «Las mujeres enfrentan asesinatos, destrucción de su propiedad y violencia sexual, es cierto, pero no se puede minimizar su papel a eso», advierte Mwangovya. «Son maestras, educadoras y, a veces, también combatientes… Olvidamos que las mujeres también empuñan armas».
Reducir a las mujeres a víctimas es caer en estereotipos e «impide mirar a la sociedad de forma más integral y holística», según la experta.
El hecho de que las mujeres sean fundamentales para que las sociedades avancen pese a las guerras es lo que las sitúa «mejor posicionadas para estar en la mesa y decidir cuál es el futuro de nuestros países».
La violencia que estalla en la guerra es una exacerbación de la que ya existía en paz. «Siempre hay violencia doméstica y feminicidios. Solo que ahora, debido a la ruptura del Estado de derecho, el contexto permite que ocurra más (…) Pero esa violencia siempre estuvo allí», apunta la keniana.
Por eso, «es importante que cuando nuestras sociedades están en una situación de estabilidad, sigamos luchando por la igualdad de todos», añade.
El camino: rendición de cuentas
Para poder responder a «¿Dónde están las mujeres cuando se negocia la paz?», Mwangovya señala una vía imprescindible: acabar con la impunidad.
«Muchos procesos de paz consisten en apretones de manos y no resuelven realmente los problemas de fondo, como la impunidad y la rendición de cuentas», critica, y continúa: «Si solo haces tratos políticos para un alto el fuego, sigues dejando atrás a niños, mujeres y personas con discapacidad».
La paz real, concluye, no es solo el silencio de los fusiles, sino que pasa por justicia y también por educación política. «Priorizar la rendición de cuentas envía el mensaje de que no puedes violar a un grupo particular, salirte con la tuya y esperar que un acuerdo de paz simplemente pase página». EFE
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