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El largo camino hacia el perdón tras el genocidio en Ruanda

Jean-Bosco Gakwenzire (de espalda), un tutsi de 65 años, saluda en marzo de 2019 en Byumba, Rwanda, a su antiguo compañero de clase, Pascal Shyirahwamaboko, un hutu que formó parte de las milicias que mataron a su padre durante el genocidio de 1994 afp_tickers

Se dan un largo abrazo. Se conocen desde el colegio. Jean-Bosco perdonó a Pascal de haber formado parte de la milicia que mató a su padre en 1994, durante el genocidio ruandés.

Una intensa lluvia cae sobre Mutete, una pequeña localidad en lo alto de una meseta envuelta en nubes bajas, al final de una pista escarpada que serpentea entre los campos de yuca, sorgo y boniato, a 40 km al norte de Kigali.

Pascal y Jean-Bosco se juntan en una iglesia en la que se celebra una ceremonia religiosa en honor a la virgen María, en este primer sábado del mes. Son viejos amigos a quienes la vida separó y juntó más tarde.

La conversación es amistosa. Sonríen. «Hoy en día es mi mejor amigo. Le hice mucho daño, pero me perdonó», declara Pascal Shyirahwamaboko, un campesino de 68 años.

A Jean-Bosco le ha costado lo suyo olvidar y perdonar.

Hace 25 años Mutete pagó un alto precio por la locura sanguinaria de los genocidas hutus. Más de 1.000 habitantes de esta localidad murieron en el genocidio que, según la ONU, causó al menos 800.000 muertos, sobre todo entre la minoría tutsi, entre abril y julio de 1994.

Jean-Bosco Gakwenzire, de 65 años, viste un sombrero de cowboy gastado y de color calabaza. Este campesino recuerda la llegada a la colina de milicianos Interahamwe, que venían a cazar «cucarachas» tutsis.

«Iban por todas las casas en las que sabían que había tutsis escondidos y los mataban despedazándolos con machetes», recuerda con mirada melancólica. Perdió a su esposa y a cuatro de sus seis hijos.

– «Animales salvajes» –

Su padre logró huir pero una banda Interahamwe (de la que Pascal dice que formaba parte porque lo enrolaron por la fuerza) lo pillaron más tarde cuando estaba en la selva con sus vacas.

Pascal tampoco olvidó lo ocurrido. Dice haber intentado defender al padre de su amigo pero que los milicianos le dieron a elegir entre entregar al hombre o morir «en su lugar».

«Me salvé», cuenta con calma. Después participó en la muerte de otros. Por sus acciones durante el genocidio pasó 18 años en la cárcel (entre 1998 y 2016) tras ser condenado por un tribunal popular («gacaca»).

Para favorecer el proceso de reconciliación Ruanda condenó a trabajos forzados a la mayoría de los arrepentidos. Pero Pascal se negó inicialmente a confesar sus crímenes, por lo que recibió una pena más alta.

«Me preguntaba cómo iba a explicar que había matado a alguien inocente», reconoce con una sonrisa forzada. La sonrisa de quien sabe que cometió un acto abyecto y busca la redención en cada mirada con la que se cruza.

Durante mucho tiempo no creyó que el perdón fuera posible. «Al principio pensábamos que era imposible, porque habíamos cometido acciones dignas de animales salvajes (…). Pero después de un largo examen de concienca comprendimos que esto no podía seguir así».

– «Una vergüenza indescriptible» –

La actitud respetuosa de las familias de las víctimas respecto a su esposa Rose Curikingohi, de 72 años, le sirvió de consuelo. Después de que él compareciera ante las gacaca, ella se armó de valor y fue a pedirles perdón y a pagar en su nombre por los bienes robados o destruidos.

El reencuentro con Jean-Bosco no fue fácil. «Era una vergüenza indescriptible (…). Era muy vergonzoso presentarse ante una persona a la que hiciste tanto daño pese a haberlo compartido todo con ella antes», reconoce.

Ahora Jean-Bosco «figura entre sus más allegados» y Pascal constata que su confesión lo ha liberado. «No sé si es porque me vuelvo más sabio con la edad, pero la realidad es que me siento mejor que antes».

Después del genocidio, Jean-Bosco tardó un tiempo en recuperarse. Al principio, explica, «no me sentía capaz de hablar ni de compartir nada con los responsables de lo que me había pasado. Pero con el tiempo, con la oración, el diálogo se reanudó, poco a poco. Comenzamos a perdonar, a hablar del perdón y a enseñarlo».

Se volvió a casar y tuvo otros cinco hijos. «Eso me dio esperanza en la vida. Y mi deseo hoy, puesto que me estoy haciendo mayor, es que cuando llegue el momento, me vaya con la confianza de que lo ocurrido no se repetirá».

«Perdoné a mucha gente, son mis vecinos», justifica Jean-Bosco. «Sé que los que han muerto nunca volverán, que lo que perdimos nunca volverá. Me permitió seguir adelante».

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