Hace 80 años: En Zúrich, Churchill sentó una piedra angular de la unificación europea
En septiembre de 1946, Winston Churchill pronunció en Zúrich un célebre discurso en el que pidió la creación de los Estados Unidos de Europa. ¿Qué fue de aquella idea y por qué la anunció precisamente desde Suiza?
Suiza alberga numerosas organizaciones internacionales. Sin embargo, participa solo con cautela en ellas. No es miembro de la Unión Europea y no hay indicios de que esto vaya a cambiar. Además, Suiza se incorporó a la ONU recién en 2002, después de que ya lo hubieran hecho 189 Estados.
En 1946, apenas unos meses después de la primera Asamblea General de la ONU de la historia, Winston Churchill visitó Suiza. En aquel primer año de paz tras la guerra, los tiempos apuntaban al cambio. El 19 de septiembre, en la Universidad de Zúrich, Churchill colocó uno de sus pilares al abogar por la creación de los «Estados Unidos de Europa».
«Siempre digo que Europa tiene dos orígenes. El discurso de Churchill es uno de ellos», afirma la historiadora Birte Wassenberg. Wassenberg es profesora en la Universidad de Estrasburgo y está especializada en la historia de las organizaciones europeas.
Pero, ¿cómo fue que la idea de la unificación europea se lanzó precisamente desde Suiza?
«Zúrich fue una muy buena elección para este discurso», explica Wassenberg. Ella sitúa la elección del lugar en el contexto del inicio de la Guerra Fría: «Se eligió Suiza por su tradicional neutralidad. Fue un intento de pronunciar un discurso en favor de la paz sobre un terreno europeo neutral».
Un discurso que no iba dirigido a Suiza
Hoy en día, el discurso de Churchill suele asociarse con la Unión Europea, pero está vinculado de manera al menos igual de directa con la creación del Consejo de Europa en 1949.
Churchill afirmó que era necesario «construir y fortalecer» la ONU. Pero también sostuvo: «Debemos reorganizar la familia europea dentro de una estructura regional que quizá podría llamarse los Estados Unidos de Europa, y el primer paso práctico será la creación de un Consejo de Europa». Su objetivo era una Europa «tan libre y feliz como hoy lo es Suiza». Si al principio no todos los Estados se sumaban, habría que avanzar con aquellos que estuvieran dispuestos y fueran capaces de hacerlo.
Churchill veía a Francia y Alemania como los países llamados a liderar esta unión. Conway considera que esto demuestra la «impresionante» confianza en sí mismo de Churchill, que durante los años anteriores había dedicado sus esfuerzos a combatir a la Alemania nazi.
Según Churchill, Gran Bretaña, Estados Unidos y la Rusia soviética debían convertirse en los «amigos y patrocinadores» de la nueva Europa y «defender su derecho a existir».
La Unión Soviética estaba, por tanto, incluida en esta visión. De hecho, Churchill mencionó explícitamente su participación como una garantía de éxito. «Al principio, el Consejo de Europa intentó no alinearse con los bloques de la Guerra Fría», explica Wassenberg. «La Unión Soviética no aceptó esa posición».
Según Wassenberg, en el Congreso de Europa de La Haya de mayo de 1948, celebrado bajo el patrocinio de Churchill, participaron todavía representantes de países que más tarde formarían parte del bloque oriental, como Polonia o Eslovaquia.
«Sin embargo, con el cierre del Telón de Acero, se les impidió ingresar en el Consejo de Europa cuando este fue fundado en 1949», señala la historiadora. Los diez miembros fundadores de la organización, cuya sede se encuentra en Estrasburgo, pertenecían todos a Europa occidental.
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Wassenberg considera correcta la descripción de Churchill como «padre fundador del Consejo de Europa», aunque con matices.
«Por su propia trayectoria política, no puede presentarse como el gran defensor de la integración europea», afirma. «Abogó por una Europa fuerte. En ese contexto también puede entenderse su discurso a favor de la creación de un ejército europeo. Pero él mismo no formó parte del movimiento que realmente aspiraba a una Europa unida».
Wassenberg también señala las ambivalencias de la relación entre Gran Bretaña y Europa, así como los cambios de posición de Churchill a lo largo de su carrera política.
Sus posturas variaban según estuviera en el gobierno, como primer ministro (1940-1945 y 1951-1955), o en la oposición (1945-1951).
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En el momento de su discurso en Zúrich, en 1946, Churchill era líder de la oposición. Además, en aquel discurso no abordó lo que más tarde se convertiría en uno de los objetivos fundamentales del Consejo de Europa: la democracia y su protección. Aunque habló de «tiranía» y «libertad», la palabra «democracia» no aparece ni una sola vez.
«Solo más tarde la gente empezó a decir que la democracia era el objetivo», explica Conway. «En aquel momento, Churchill y otros estaban hablando, fundamentalmente, de cómo recuperarse de la guerra».
Sin embargo, Conway considera que el momento en que se pronunció el discurso fue decisivo para el futuro de la democracia en Europa.
La democracia en Europa
Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la democracia se convirtió en la «estructura política estándar de Europa occidental», algo que, según Conway, no estaba en absoluto garantizado de antemano.
El concepto de «democracia», explica, fue «rescatado» de experiencias anteriores como la República de Weimar y redefinido tanto en las constituciones nacionales como en el Consejo de Europa como una «forma de gobierno estable, moderada e inclusiva, en la que todos participan de alguna manera en el poder».
Para Conway, esta «importantísima redefinición de la democracia» terminó imponiéndose en toda Europa occidental durante las décadas siguientes.
En este contexto, Suiza ofrece nuevamente un marco interesante para el discurso de Churchill. Por un lado, el modelo democrático que acabaría consolidándose en las capitales de Europa occidental no era el sistema bipartidista de Westminster que Churchill prefería. Pero, por otro lado, tampoco se parecía al modelo suizo, con sus amplios mecanismos de democracia directa.
Conway explica que, especialmente en Alemania, la experiencia del ascenso del nacionalsocialismo había generado una profunda desconfianza hacia la «voluntad popular». En última instancia, sostiene, la evolución democrática de la posguerra fue un «acto colectivo y pragmático de las élites políticas» de los países de Europa occidental. En ese proceso, «la consulta al pueblo» recibió «muy poca importancia».
El nacimiento del Consejo de Europa
Paralelamente, a escala internacional comenzaron a definirse distintas visiones sobre cómo debía organizarse la cooperación europea.
Especialmente relevante fue la asamblea que Wassenberg considera el segundo gran origen de la integración europea: el Congreso de La Haya de 1948.
En este «Congreso de Europa de La Haya», más de 800 delegados, entre ellos figuras políticas destacadas como el exconsejero federal suizo Marcel Pilet-Golaz y quien más tarde sería canciller de Alemania, Konrad Adenauer, debatieron las vías para avanzar hacia la unidad europea.
«Allí se hizo evidente que uno de los grupos, los federalistas, defendía una Europa unida, mientras que los llamados unionistas preferían una organización de carácter intergubernamental», explica Wassenberg.
La estructura del Consejo de Europa, con un Comité de Ministros en el que se reúnen los ministros y ministras de Asuntos Exteriores de los Estados miembros, es «muy intergubernamental», como lo define Wassenberg.
Al mismo tiempo, entre los federalistas existía inicialmente la esperanza de que la Asamblea Parlamentaria, donde debaten los parlamentarios y parlamentarias de los distintos países, pudiera servir como instrumento para crear una unión similar a los «Estados Unidos de Europa».
Wassenberg considera que la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, integrada por seis Estados miembros, fue «una reacción» a los primeros conflictos, decepciones y divergencias surgidos dentro del Consejo de Europa.
«Se quería fundar algo diferente, que quizá tuviera más posibilidades de evolucionar hacia una Europa federal», explica. De la CECA, que a diferencia del Consejo de Europa perseguía objetivos económicos muy concretos, surgiría posteriormente la Unión Europea, que hoy cuenta con 27 Estados miembros.
Reticencias de los países neutrales
El Consejo de Europa cuenta con 46 Estados miembros. Desde 2024, su secretario general es por primera vez un ciudadano suizo: Alain Berset.
Hoy en día, muchas personas conocen el Consejo de Europa sobre todo por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que existe desde 1959.
Según Wassenberg, el énfasis del Consejo de Europa en los derechos humanos y la democracia estuvo presente desde el principio.
«Poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, existía la convicción de que, además de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Europa necesitaba una convención específica. El objetivo era impedir que pudiera producirse de nuevo un Holocausto», afirma Wassenberg.
Como ya había sugerido Churchill en su discurso, el Consejo de Europa actuó en sus primeros años como un complemento de la ONU. «Siempre hubo una competencia mayor entre el Consejo de Europa y la posterior Unión Europea que con la ONU», afirma Wassenberg. Hoy, considera que existen diferencias significativas entre los objetivos de la Unión Europea y los del Consejo de Europa, lo que explica que esta última organización haya conservado su relevancia.
Aunque el Consejo de Europa pretendía inicialmente posicionarse como una institución neutral en el contexto de la Guerra Fría, los Estados neutrales tardaron en adherirse, explica Wassenberg. No solo Suiza mostró reservas: Finlandia no ingresó hasta 1989.
La adhesión de Suiza al Consejo de Europa se produjo en 1961. Fue 15 años después del discurso de Churchill en Zúrich, pero aun así más de 40 años antes de la entrada del país en la ONU.
Edición, Marc Leutenegger y adaptación al español, Patricia Islas
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