«Trenes de los niños» al servicio de la neutralidad
Durante la Segunda Guerra Mundial, la Cruz Roja Suiza organizó la acogida en la Confederación de miles de niños franceses víctimas de la guerra. Presentada como humanitaria, esta ayuda también servía a fines políticos. Sin embargo, no todos los niños fueron bienvenidos.
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El 16 de junio de 1942, un tren con niños monegascos y franceses entró en la estación de Ginebra. Fue uno de los numerosos convoyes que recibieron el nombre de «trenes de los niños». Al son del himno nacional suizoEnlace externo, las voluntarias de la Cruz Roja Suiza (CRS)Enlace externo, vestidas con sus batas blancas, aguardaban en los andenes para recibir a los niños procedentes de la zona libre.
Bajo las banderas suizas, entre los curiosos, también había fotoperiodistas. La acogida de los niños víctimas de la guerra debía quedar documentada.
La ayuda a los niños, una tradición suiza
Desde la Primera Guerra Mundial, organizaciones benéficas helvéticas impulsaron los llamados «trenes de los niños» para acoger durante las vacaciones a menores procedentes de países en guerra. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, diversas entidades privadas de ayuda a la infancia no tardaron en agruparse en el ‘Cártel Suizo de Socorro a los Niños Víctimas de la Guerra’ con el propósito de traer a la Confederación a niños franceses y belgas por un período de tres meses. Las familias suizas los recibían con la intención de que regresaran a sus hogares bien alimentados y descansados, para después acoger a otros.
En enero de 1942, por decisión del Consejo Federal (Gobierno), la dirección de la ayuda a la infancia del ‘Cartel Suizo de Socorro a los Niños Víctimas de la Guerra’ fue confiada a la Cruz Roja Suiza (CRS). Esta última actuaba al servicio del Ejército. Debido a su vinculación con el Ejército y a su cercanía con el Estado, la CRS se había comprometido a mantener la neutralidad durante los años de guerra. Así, estableció condiciones estrictas para la acogida de los niños desde ese momento.
Los municipios, los servicios sociales y la CRS seleccionaban a niños de entre 5 y 14 años. Para poder viajar a Suiza debían presentar nueve documentos, entre ellos un certificado médico del municipio de residencia y un pasaporte individual. Durante el trayecto en tren, cada niño llevaba alrededor del cuello una identificación con su nombre, la dirección de sus padres y su cantón de acogida.
Los niños procedentes de Francia y Mónaco eran conducidos primero a Lyon, una ciudad francesa, desde donde partían hacia Ginebra bajo la estrecha vigilancia de los soldados alemanes. Tras una recepción festiva en Suiza, eran llevados a hospitales y comedores militares para someterse a un examen médico, antes de ser trasladados en trenes especiales a sus respectivos cantones. Regresaban a sus hogares al cabo de tres meses.
¿Ayuda humanitaria o estrategia política?
No sorprende que, a finales de 1941, la ayuda a la infancia despertara interés político a escala nacional. Como país neutral situado en pleno corazón del escenario bélico, Suiza era vista con recelo tanto por los Aliados como por las potencias del Eje. Dado que mantenía relaciones económicas con ambos bandos, estaba sometida a una presión cada vez mayor, y las autoridades de la Confederación tuvieron que encontrar la manera de seguir legitimando su neutralidad.
Tras la buena acogida que tuvo la ayuda suiza a los niños en el extranjero, el Consejo Federal vio una oportunidad para reafirmar su posición. Los chicos eran víctimas inocentes de la guerra, y la neutralidad helvética se presentó como una oportunidad para ofrecerles un respiro.
La cercanía de la CRS con el Estado y su papel simbólico como guardiana de la humanidad suiza, le permitieron mantener la ayuda a los niños como un compromiso humanitario, al tiempo que reforzaban el control sobre las condiciones y la frecuencia de entrada al territorio. En 1942, la CRS tomó el relevo de una red ya bien consolidada y aumentó masivamente el número de trenes que transportaban niños y niñas: ese año, nada menos que 17.691 niños franceses y monegascos fueron trasladados a Suiza en 40 trenes.
Una Suiza reservada para unos pocos
Entre los niños procedentes de Francia que, con atuendos cuidados, cintas en el cabello y banderas suizas en las manos, posaban para los fotógrafos en junio de 1942, algunos estaban ausentes: ninguno de ellos era judío.
Incluso antes de la intervención de la CRS, el Consejo Federal había tomado decisiones que limitaban la ayuda a la infancia: mientras que en 1939, antes del inicio de la guerra, 300 niños judíosEnlace externo todavía habían sido acogidos en la Confederación, al año siguiente esto dejó de ocurrir debido a la estricta política suiza hacia los refugiados. Si los trenes de niños debían seguir llegando desde Francia, los menores judíos debían quedar excluidos.
La situación de los judíos en territorio francés se volvió cada vez más precaria. En el otoño de 1941 se puso en marcha en Europa Occidental la política nacionalsocialista en tres fases: primero, los judíos fueron expropiados; luego, perseguidos y relegados a guetos. En marzo de 1942, el primer convoy de deportación partió de París con destino a AuschwitzEnlace externo, Polonia. Poco después, en el verano de 1942, también comenzaron las primeras deportaciones en la zona libre.
Para los historiadores, no cabe duda de que el Consejo Federal y la CRS eran plenamente conscientes de las consecuencias: excluir a los niños judíos de los trenes significaba su arresto y su envío a los campos de concentración. Varios periódicos señalaron a las autoridades federales y a las organizaciones benéficas de ayuda a la infancia, argumentando que se estaban vulnerando los principios de la Cruz Roja al establecer distinciones entre los menores según su pertenencia racial y religiosa.
Las críticas públicas no cambiaron la decisión del Consejo Federal. El 11 de noviembre de 1942, toda Francia fue finalmente ocupada por la Alemania nazi, y los «trenes de los niños» tuvieron que cesar sus operaciones hasta el final de la guerra.
Carmen Bortolin estudia Historia Contemporánea y Análisis Cultural en la Universidad de Zúrich, trabaja en la editorial Hier und Jetzt y es asistente estudiantil en el marco del proyecto ETH Decol.
El artículo original en el blog del Museo Nacional SuizoEnlace externo
Artículo adaptado al español por Norma Domínguez, y revisado por Carla Wolff.
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