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La orden de evacuación masiva para las afueras de Beirut agrava la crisis de desplazados

Noemí Jabois

Beirut, 6 mar (EFE).- Mohammad y su familia rompen el ayuno del mes sagrado de ramadán sobre un colchón tirado en medio de la plaza de los Mártires de Beirut, adonde huyeron anoche después de que Israel emitiera órdenes de evacuación de una envergadura sin precedentes para todos los suburbios sur de la ciudad.

Desde entonces, ha seguido bombardeando la zona sin previo aviso, acrecentando la crisis de desplazados que sufre el Líbano desde el inicio del conflicto, el pasado lunes. Las autoridades han contabilizado ya a unos 110.000 desplazados, pero la cifra solo incluye a aquellos alojados en albergues oficiales.

No tiene en cuenta a otros muchos como Mohammad, que el jueves huyó a pie con lo puesto y que ahora, según dijo a EFE, se lamenta del frío que están pasando a la intemperie, sin dinero para comprar combustible u otra forma de calentarse ni un vehículo donde resguardarse.

A la intemperie

En el paseo marítimo capitalino, el número de familias acampadas con cartones o colchones es visiblemente mayor al de días anteriores.

Una anciana que prefiere mantener el anonimato explica a EFE cómo recorrieron un gran número de escuelas habilitadas como albergues y cómo todas resultaron estar llenas, lo que obligó a las cuatro unidades familiares que conforman su grupo a quedarse en medio de la calle con sus bártulos.

Hasta este viernes, se han abierto algo más de 500 colegios para los desplazados del Líbano, pero solo una minoría de ellos tienen todavía capacidad para recibir a más.

La mujer relata las durezas de la situación: una de las bebés de su familia está enferma por haber permanecido al sol tanto tiempo, mientras que para ir al baño tienen que pedir los favores de un restaurante cercano, cerrado por las noches e imposible de acceder siempre que hace falta.

«¿Qué vamos a hacer? Solo Dios sabe», dice, encogiéndose de hombros.

En su caso, huyeron del sur del país, donde Israel emitió el miércoles otra orden de evacuación a gran escala para toda la región comprendida entre la frontera de facto y el río Litani.

Según Human Rights Watch (HRW), esa franja representa alrededor del 8 % del territorio libanés y la habitan cientos de miles de personas.

A su vez, los barrios enteros que mandó evacuar anoche, suman cientos de miles de personas más.

Ante la concentración de familias desplazadas en el paseo marítimo, incluso en coches aparcados en la zona, un barbero ha improvisado un chiringuito para cortar el pelo de forma gratuita a los afectados y unos vecinos les reparten botellas de agua o galletas.

Al acercarse la hora del ‘iftar’ o rotura del ayuno, el colectivo Feed the need se prepara para distribuir 200 raciones de comida.

Su fundador, Dani Kanawati, reconoce a EFE que «definitivamente» hay más de 200 desplazados en la zona, pero no tienen la capacidad de ayudarlos a todos.

«Más adelante podríamos enfrentarnos con choques por (el acceso) a necesidades o cosas similares, porque hay mucha gente llegando desde todas partes, especialmente ahora que los ataques afectan a una zona más grande», alerta el joven.

Volver es arriesgado

Ahmad (nombre ficticio) también llegó hasta aquí el jueves por la noche, tras huir andando con sus dos hijos pequeños desde Burj al Barajneh, parte de los barrios del extrarradio de Beirut afectados por la gran orden de evacuación.

Según cuenta, fueron muchos los que se congregaron en esta zona, aunque no todos se han quedado.

«Hace poco fui a Dahye (suburbio sur) a casa de mi tío, estuvimos a punto de morir. Mientras íbamos de camino atacaron y estuvimos a segundos de comernos el ataque», comenta a EFE el desplazado.

«Bajé con mis hijos para ducharles, pero hicieron un simulacro de ataque y salí rápido. Quise parar un coche, pero no había nadie y pasó el misil por encima de mí», agrega sobre una odisea vivida apenas dos horas atrás.

De vuelta en el paseo marítimo, Ahmad asegura que su hija, acostada a su lado sobre un colchón, aún está «en shock» por lo ocurrido. El otro hermano, todavía más pequeño, descansa encogido a su derecha.

El padre lamenta que tiene que llevar a la niña lejos cada vez que necesita ir al baño y que su hijo todavía lleva pañales, pero se muestra optimista y agradecido pese a todo.

«La gente no nos deja sin comer, ayudan, me han dado una manta (…) Ayer estaba preocupado por qué hacer si se me acababan los pañales de mi hijo y hoy por la mañana una persona me ha ayudado con eso», concluyó. EFE

ag-njd/fpa

(foto)(vídeo)

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