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«Mi familia se partirá de nuevo, lo siento en el corazón»

Tarjeta postal de Niederuzwil (1954) en la que se señala la carnicería. (Cortesía fam. Meier)

En 1924, poco antes de la crisis de los años treinta en el Viejo Continente, Juan Bautista Meier emigró de Suiza a la Argentina, como muchos otros de sus contemporáneos.

Un viaje sin regreso. Noventa años después, su nieto Francisco Javier se mudó a Suiza «para cerrar un capítulo» y tal vez abrir otro, que tocaría a sus hijos protagonizar.

Argentina es el cuarto país fuera de Europa con la mayor comunidad helvética. En 1890 se contabilizaban unos 80.000 suizos en ese país.

Poco antes de la última ola de emigración suiza hacia las riberas del Paraná en el siglo pasado, el joven suizo Juan Bautista Meier tomó la decisión de probar suerte en esa tierra lejana.

Una historia que perteneció a muchos, y aunque una buena parte de los emigrantes volvieron a Suiza, Juan Bautista dejó su país para no volver.

A casi un siglo de distancia, Francisco Javier Meier, su nieto, tomó una decisión similar: abandonar su tierra en busca de nuevas perspectivas, a principios del 2002.

Dos países, cuatro generaciones

Francisco Javier hizo maletas en su Córdoba natal tras la más reciente de las crisis económicas que ha vivido la Argentina.

Con la nacionalidad suiza en mano, heredada justo del abuelo y de su padre, Alberto Julio, llegó a Zúrich. Tres meses después trajo a su esposa Patricia y a su pequeño Jeremías, de tres años.

Aprender alemán, adaptarse al nuevo modo de vida y conseguir trabajos de limpieza para poder ganar el sustento ocuparon sus días en Zúrich.

En Suiza nació Victoria Eugenia y cuando aún la pequeña estaba en el vientre de su madre, los Meier viajaron al pueblo natal del abuelo: Jonen, en Argovia, a 16 kilómetros de Zúrich, y a Niederuzwil, en San Gall, donde se encontraba la carnicería familiar.

Una fotografía del año 1954 del negocio era su guía. Francisco Javier lo recuerda: «La postal es del año 54 y nosotros le sacamos una foto en el 2003, cuando mi mujer estaba embarazada de mi hija. La carnicería seguía estando en el mismo lugar».

Para cerrar un capítulo

¿Que motivó a Francisco Javier a ir al otrora negocio de su abuelo? «Era como cerrar una puerta. Hace casi noventa años mi abuelo partió de ese pueblo sin un destino y nunca más regresó. Yo fui a cerrar una puerta que él había dejado abierta».

Lo que «espiritualmente me ha dado mucha paz», subraya. «Calculo que a mi padre también le debe haber gustado saber que su hijo pudo volver a donde había nacido su padre. Estaba muy contento, lo recuerdo perfectamente».

Cerrar un capítulo que parecía inconcluso fue entonces una de las misiones de Francisco Javier durante su estancia en Suiza, que ya se delineaba como una etapa pasajera, pero determinante.

Retorno abrupto

Cuando nació mi hija teníamos dos años de estar viviendo en Zúrich, y nos sentamos a pensar si queríamos criar a nuestros hijos allá o en la Argentina y decidimos que en Argentina».

Francisco Javier volvió entonces a Sudamérica en un corto periodo de vacaciones para dejar a su esposa e hijos en Córdoba y volverse solo a Zúrich, trabajar un año, ahorrar y reiniciar su vida en Argentina.

Fue entonces que mostró a su padre la foto que tomó de la carnicería y además le entregó un legado de su existencia: el libro de la familia del registro civil suizo, donde aparecía inscrito.

Se trataría del último encuentro con su padre en vida.

La pérdida precipitó su regreso a su tierra natal, tras seis meses de vivir y trabajar sin su familia en Zúrich.

Capacidad de adaptación

A cuatro años de distancia, Francisco Javier hace un balance de su experiencia en la tierra del abuelo.

«Lo que me dio este viaje, toda esta experiencia de vida, es capacidad de adaptación al cambio».

Y aceptar que los altibajos económicos forman parte del desarrollo de un país.

Justamente una de las cartas que el abuelo recibió de Suiza habla de los temores de inestabilidad económica luego de la crisis que hubo a principios del siglo XX.

«El cuñado de mi abuelo le escribe una carta en 1954 diciéndole que se vendían las propiedades, porque había fallecido el papá de mi abuelo. Le preguntaba que qué quería hacer con el dinero. Mi cuñado le recomendaba que el dinero quedara en Suiza, que si el dinero venía a la Argentina, con la inflación y demás se le iba a desvalorizar. Es gracioso porque parece que estuvieras leyendo una carta de hace unos años atrás».

Si bien este joven padre de familia de 33 años tiene muy claro que se ha decidido por Córdoba, sabe que «si un día las cosas se pusieran tan mal en Argentina como para irme, creo que me iría de nuevo a Suiza sin ningún problema, pero mi idea es morirme acá, en Argentina.»

No obstante, sabe que su familia pertenece tanto a Suiza como a la Argentina.

«Tengo el pensamiento de que mi familia se va a volver a partir como se partió la de mi abuelo. Estoy seguro de que mis hijos el día de mañana, al menos uno de ellos va a volver a Suiza. Lo siento en el corazón. Si no es mi hija para saber dónde nació, será mi hijo que es como yo, le gusta relacionarse, conocer.»

swissinfo, Patricia Islas Züttel

Colonia helvética actual en Argentina: casi 15.000.

13.575 de estas personas tienen también la nacionalidad argentina

3.000 son menores de 18 años

(Cifras de la Oficina Federal de Estadísticas de finales de 2006 publicadas por la OSE)

Ese país latinoamericano se fue poblando en el siglo XIX y XX por personas provenientes principalmente del extranjero.

En 1854, un año después de haber sido aprobada la Constitución en ese país, un argentino de nombre Aarón Castellanos, de la provincia de Salta, realizó una gira de «reclutamiento» por Alemania, Francia y Suiza.

En la Confederación Helvética contactó a la firma Beck y Herzog, de Basilea, que logró encauzar hacia Argentina la inquietud migratoria suiza de esos años.

En febrero de 1856 llegó a la provincia de Santa Fe el primer contingente de 421 europeos. En el mes de junio ya se habían establecido en diferentes lugares 200 familias de agricultores, unas 1.400 personas, de las cuales más de la mitad eran suizos.

Así comenzó el aflujo de las colonias suizas de San José, en la provincia de Entre Ríos, así como San Jerónimo Norte y San Carlos, en Santa Fe. Con Esperanza y Baradero conformarían las cinco colonias helvéticas más antiguas en ese país.

De 1883 a 1889 son los años de máxima afluencia suiza a la Argentina, antes de caer bruscamente la inmigración, a causa de la crisis financiera que sufrió el país.

Incluyendo a aquellos que poseían doble nacionalidad, en 1890 se contabilizaban unos 80.000 suizos en Argentina.

Pasada la crisis de los años 1890, una nueva corriente migratoria de suizos llega a Argentina, preferentemente a las colonias establecidas en la provincia de Santa Fe. Sin embargo, el alto valor alcanzado por esas tierras influyó para desviar a los recién llegados a otras zonas, a más de 1.000 kilómetros de Buenos Aires.

La última gran emigración suiza a la Argentina se produjo con la crisis de los años 30. Las graves dificultades económicas de la Confederación Helvética obligaron a su gobierno a organizar y financiar una emigración a gran escala hacia las riberas del Alto Paraná.

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