Zafar y Maslina, dianas del odio y la mentira viral contra el pueblo rohinyá
Paloma Almoguera
Kuala Lumpur (Malasia), 17 feb (EFE).- Zafar Ahmad Abdul Ghani recuerda como si fuera ayer la conmoción que sintió cuando hace ocho años cientos de miles de rohinyás, minoría musulmana de Birmania (Myanmar), huyeron en masa al vecino Bangladés tras ser perseguidos por el Ejército birmano en una campaña que la ONU investiga por constituir un posible genocidio.
También recuerda con terror cómo entonces las redes fueron una caja de resonancia de desinformación y de odio contra su comunidad. Y cómo pocos años después, lo serían directamente contra él y su familia, acosados por defender los derechos de su pueblo.
«Me acuerdo claramente de la cantidad de vídeos que recibí de hermanos rohinyás en Arakan (el actual estado birmano occidental de Rakáin) durante el genocidio. Me quedé en shock», dice a EFE Zafar, de aspecto menudo y cansado, y quien también tuvo que huir de Rakáin hace 33 años por la falta de derechos de su pueblo en Birmania, que no los reconoce como ciudadanos del país.
Enfundado en un traje de chaqueta oscuro, corbata granate, Zafar se arregla para la entrevista con esmero. Preside con orgullo la Organización por los Derechos Humanos de los Rohinyá en Malasia (MERHROM, por sus siglas en inglés), donde en su andadura como activista conoció a su mujer, Maslina, oriunda del país y también defensora de los derechos de los refugiados.
Los dos, quienes residen junto a sus tres hijos en un pequeño y modesto hogar a las afueras de Kuala Lumpur, en una de las barriadas conocidas como «kampong», quedaron marcados por lo ocurrido entre agosto y septiembre 2017, cuando la ONU calcula que 10.000 rohinyás fueron asesinados, 300 de sus pueblos en Rakáin quemados y más de 700.000 forzados a huir a los campos de refugiados de Cox’s Bazar en Bangladés, los mayores del mundo.
«Fue muy duro ver miles de casas incendiadas por los militares… Muy doloroso ver lo que hacían a mujeres y a niños», cuenta Maslina.
Ella prefiere no mostrar su rostro ante la cámara y toquetea con nerviosismo su hiyab oscuro mientras habla. Tanto ella como Zafar reiteran que el «odio» contra los rohinyás perdura, amplificado por las redes sociales: ya en 2017, la campaña contra este pueblo, desatada tras unos ataques previos a cuarteles militares por parte de una guerrilla que el Ejército vincula a los rohinyá, se exacerbó a través de las redes, especialmente de Facebook.
Ecos de odio
«La campaña de odio lleva existiendo desde hace décadas. Y ha aumentado mucho debido a las redes sociales», afirma Zafar.
Facebook fue acusado por organizaciones como Human Rights Watch (HRW) y Amnistía Internacional (AI), así como por la propia comunidad rohinyá, de contribuir al “discurso de odio” que acompañó al posible genocidio.
AI publicó un informe en 2022 en el que denunciaba que los «peligrosos algoritmos de Meta (…) contribuyeron sustancialmente a las atrocidades perpetradas por el Ejército de Myanmar» al replicar y premiar los contenidos difamatorios contra la comunidad.
El propio Min Aung Hlaing, entonces comandante jefe del Ejército birmano y hoy líder de la junta que detenta el poder desde el golpe de 2021, publicó en su cuenta de Facebook en 2017, según recogía AI en su informe: «Declaramos abiertamente que nuestro país no tiene ninguna raza rohinyá», negando su existencia.
Aunque la red social reconoció en 2018 su responsabilidad en la campaña anti rohinyá y se disculpó, los mensajes de odio en su contra han continuado.
Y Zafar y Maslina han sido víctimas directas de ello.
La ciudadanía que nunca reivindicó
En abril de 2020, en los albores de la pandemia, Zafar pasó a ser una víctima directa de esta desinformación.
«Alguien puso en Facebook que yo había pedido la ciudadanía (malasia) de los rohinyá en Malasia», narra Maslina, observada a poca distancia por un cabizbajo Zafar en el salón-cocina de su apartamento. «No nos dimos cuenta de que el post se había hecho viral hasta que alguien llamó a Zafar y le dijo: ‘Mira tu cuenta’”.
«Había muchos comentarios negativos y amenazas», dice Maslina. «Entramos en pánico, no sabíamos qué hacer… Estábamos en casa con nuestros hijos», dos niños y una niña que entonces tenían 13, 9 y 7 años.
El ‘post’ que propició la avalancha de insultos era un pantallazo de una imagen de la participación de Zafar en una protesta de 2017 en Kuala Lumpur contra la campaña militar en Birmania, acompañado de un texto que le acusaba de pedir la ciudadanía malasia.
Fue la reacción a un comunicado que había publicado recientemente en nombre de su ONG MERHROM, pidiendo derechos para los rohinyás que huían de los contagios de covid-19 en los hacinados campos bangladesíes con la esperanza puesta en Malasia.
«Hey, malasios, este es nuestro derecho. ¡¡Exigimos plena ciudadanía!! ¡¡Tenemos derechos aquí!!», rezaba el supuesto reclamo que se le atribuía. Un post falso que, según recuerda la pareja, se compartió decenas de miles de veces. «Hasta 20.000», dice Zafar, cuando lo vio por primera vez.
«Nunca jamás he pedido la ciudadanía para los rohinyá. Conozco y comprendo los límites de las leyes malasias. Cuando vi que la gente me atacaba, que Facebook se volvía contra los rohinyá… Algunas personas decían que harían daño a mi mujer, que secuestrarían a mis hijos», relata.
Aunque Malasia, una de las pocas naciones de mayoría musulmana del Sudeste Asiático, ha tenido una política de relativa aceptación de los rohinyá, con unos 117.000 -el mayor grupo de refugiados en el país-, no es signataria de la Convención de la ONU de los Derechos de los Refugiados, lo que les sitúa en una suerte de limbo legal con dificultades para acceder a servicios básicos de salud, educación o empleo.
Zafar asegura que tras esa publicación comenzó a recibir insultos, amenazas y críticas a través de distintas plataformas, llamadas telefónicas y mensajes de WhatsApp, así como a ser protagonista de vídeos falsos en YouTube.
«Queremos los mismos derechos/ Queremos la tarjeta de identidad de Malasia/ Queremos casarnos con chicas malasias/ Queremos nuestros negocios/ Cada vez somos más», rezan los subtítulos en malayo de un vídeo de él que circuló en redes y en el que Zafar en realidad decía en un inglés pobre que quería que «la comunidad internacional, la Organización para la Cooperación Islámica y la ONU» salvaran sus vidas porque también son «humanos», según pudo verificar EFE.
Maslina cuenta entre lágrimas cómo esos mensajes, que aseguran aún recibir, impactaron en sus vidas.
«En las redes nos atacaban e insultaban (…) Me llamaban zorra por haberme casado con él. Y me pedían que me fuera de mi país, que fuera a Birmania».
Maslina sacó a sus hijos del colegio una temporada. Y dejaron casi de salir y relacionarse. «Durante meses solo fui a hacer la compra o a por medicinas», dice la mujer, mientras Zafar se recluía cada vez más, lo que le llevó a tratarse con antidepresivos.
El ostracismo social y las amenazas motivaron a la pareja a mudarse dos veces en estos últimos cinco años. «Me volví paranoica», dice ella.
Ante la situación, se movilizaron para buscar soluciones. Denunciaron el acoso ante la Policía, pidieron al Gobierno que desmintiera la supuesta petición de ciudadanía y recopilaron todo en un libro que hoy muestran.
Pero, ¿qué hizo Facebook? Según Maslina, desactivaron algunas cuentas y algunos post pero aún hoy muchos perduran.
«Todavía ahora Zafar es constantemente atacado en las redes sociales, también en Tik Tok». Incluso le han creado una canción en Tik Tok», dice la mujer, mientras muestra el vídeo.
«Cinco años después de la primera denuncia en la policía, de siete denuncias en total… No hay respuesta (del Gobierno)», lamenta él.
La remota idea de volver
Zafar y Maslina intentan seguir con su vida. La mujer ha vuelto a trabajar en una ONG mientras él trata de volver a participar en actos públicos, aunque su día suele limitarse a estar en casa y acudir a rezar a una mezquita cercana visitada por otros rohinyás.
El hombre insiste con denuedo en que no quiere la ciudadanía malasia y cree que algún día volverán a vivir en paz. «Lo que quiero es hacer mi trabajo y volver a nuestro país. Cuando podamos volver, volveremos. Mientras estemos aquí, respetaremos las normas», añade.
Maslina se reconoce menos optimista que su marido, de quien le enamoró, cuenta, su compromiso con la lucha por los derechos de los rohinyá, a quienes se ha llegado a llamar “el pueblo con menos amigos del mundo”.
«Estamos sobreviviendo. Pero, honestamente, las noticias falsas nos han hecho daño como individuos. No podemos actuar como una familia como antes. No podemos ser miembros de la sociedad como antes -asegura ella-. Es muy duro. Y no sabemos cuándo va a terminar». EFE
(Foto) (Vídeo)
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Con esta crónica, EFE publica la sexta entrega de la serie multimedia ‘Noticias falsas, víctimas reales’, que da voz a damnificados por la desinformación de todo el mundo