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A bordo del barco de la juventud con el que Tokio fomenta el diálogo en tiempos de guerra

Brian Bujalance

Tokio, 16 mar (EFE).- Cerca de 170 jóvenes de 12 países concluyeron este fin de semana su participación en el Barco de la Juventud Mundial tras un mes de travesía entre Bangkok y Tokio, un intercambio cultural con el que Japón fomenta el diálogo sin distracciones como internet en el inusual espacio compartido.

Durante las tres semanas en alta mar a bordo del barco Nippon Maru y la semana en tierra en Tokio, los jóvenes de Camerún, Canadá, Chile, Grecia, España, Jamaica, Mongolia, Mozambique, República Dominicana, Nueva Zelanda, Palaos y Japón, organizador de la iniciativa, han creado comunidad, debatido sobre asuntos globales y compartido sus culturas.

«Aunque todos procedemos de culturas diferentes y hablamos idiomas distintos, fuimos capaces de entendernos. Ahí sentí que el mundo no es un lugar tan desesperanzador», explica a EFE Mana, una de las japonesas que ha participado en el programa.

Japón, que lleva 37 ediciones del crucero y que por primera vez no tiene garantizada su celebración el año que viene, busca formar a la próxima generación de líderes globales capaces de actuar en una sociedad cada vez más internacionalizada y diversa a través del activismo juvenil, la cooperación internacional y el debate.

Un barco como casa y sin internet

«El barco tiene un factor clave. Hay muchos proyectos de intercambios juveniles, pero este concepto de meter a tanta gente joven en una burbuja aislada del mundo, perdidos en una especie de atemporalidad y sin internet, compartiendo el mismo espacio las 24 horas, te obliga a estar expuesto de manera permanente y a estar siempre presente», dice el líder de la delegación de España, Edu Aretxaga.

No obstante, los participantes se enteraron del conflicto en Irán a través de las redes cuando se conectaron a internet y también a través de un panel de noticias diario que se iba actualizando en la zona de recepción del barco.

La guerra afectó a la organización del viaje. La delegación española, por ejemplo, vio alterados sus vuelos de vuelta porque en un primer momento regresaban por Catar, que cerró su espacio aéreo, y volvieron finalmente con vuelo directo de Tokio a París y de la capital francesa a las ciudades de Madrid y Barcelona.

En un mundo convulso, el programa busca soluciones. «Ha supuesto una inyección de esperanza muy importante. Frente a los horrores que vemos en el mundo de manera constante y la exposición diaria que tenemos a situaciones durísimas en un mundo lleno de guerras y de conflicto, programas como este te llenan de una esperanza», explica Aretxaga.

Para Anto, de la delegación de Chile, uno de los momentos más especiales se produjo el día que acabaron las presentaciones de cada país, «con todas las banderas y todos cogidos de la mano», mientras que Edson, de Mozambique, recuerda el momento del baño tradicional japonés al final del día, donde «compartíamos nuestros pensamientos».

En alta mar, con vistas inmejorables, entre ellas la del impresionante monte Fuji despejado, los participantes contaron con un estricto programa para fomentar prácticas de cooperación internacional, así como actividades culturales de los países participantes: desde clases de la haka neozeladesa a talleres de kárate, de salsa o ceremonias de té japonés.

Aichi, Okinawa y Tokio: las paradas

La primera parada en tierra, de tres días en la prefectura de Okinawa (sudoeste), fue para la mayoría de los participantes la más enriquecedora, no solo por la reflexión, sino por la interpretación de conceptos como paz, armonía, dolor y olvido.

A través de un taller de paz en un colegio, los 170 jóvenes conocieron, con testimonios locales, la Batalla de Okinawa, la única invasión terrestre de Estados Unidos en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, que dejó al menos 200.000 muertos, así como el dolor que todavía permanece en la población tras el conflicto.

El siguiente destino fue la prefectura de Aichi (centro), y la última semana del programa se llevó a cabo en Tokio (este), con los participantes alojados en el Centro Conmemorativo Nacional de la Juventud Olímpica.

La organización del Barco de la Juventud Mundial (SWY, en inglés) busca que lo aprendido durante el mes de travesía tenga continuidad, por lo que son los propios participantes quienes deben ahora seguir difundiendo y promoviendo los valores del programa, que enfatiza la importancia de la conexión para el entendimiento.

Y es que, como dice la expresión okinawense «Ichariba choodee»: una vez nos conocemos y hablamos, ya somos hermanos y hermanas. EFE

bbo/pav/mra

(foto)

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