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De la rehabilitación al horror en Kabul: «Íbamos a volver sanos, pero nos destruyeron»

Kabul, 19 mar (EFE).- Los pacientes del Hospital Omid de Kabul planeaban su regreso a casa y la compra de ropa nueva para el fin del Ramadán justo antes de que un bombardeo lanzado desde Pakistán sepultara a cientos de civiles en rehabilitación.

Aquellos que lograron salir con vida de los escombros recuerdan ahora cómo confundieron el inicio del ataque con «disparos de alegría» por el fin del ayuno, víctimas de una guerra que los alcanzó en la retaguardia de su propia lucha personal contra la adicción.

El ataque, ocurrido la noche del lunes, redujo a cenizas gran parte de este centro donde dormían alrededor de 2.000 pacientes, según recogen las autoridades afganas, que acusaron a Islamabad de una masacre. Según su balance, que la ONU intenta verificar, el bombardeo causó al menos 408 muertos y 265 heridos.

Islamabad justificó la operación asegurando que sus proyectiles impactaron exclusivamente en una «base estratégica» del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), el principal grupo insurgente paquistaní al que su gobierno acusa de operar desde suelo afgano bajo el amparo de los talibanes.

Un ataque en Ramadán

«Vi a amigos que habían soportado años de sufrimiento, que habían aguantado la separación de sus familias. Estaban muy felices porque volverían a casa sanos, pero Pakistán lo destruyó todo», cuenta a EFE Basir Ahmad, que llevaba un año ingresado esperando su recuperación.

Desde un hospital del centro de Kabul, Basir relata cómo un compañero le tranquilizaba ante el ruido de las bombas. «No, esto no es un bombardeo, son las celebraciones del Eid, disparos de alegría, me dijo… De repente, el techo se nos vino encima. Después de eso, perdí el conocimiento».

Sangar, otro superviviente que fue deportado desde Turquía hace dos años y cayó en la droga por el desempleo, se enfrenta ahora a la posible amputación de una de sus piernas en el Hospital Sardar Mohammad Daoud Khan de la capital.

«Enfrentamos una opresión inmensa en este mundo. Fui a Turquía con la esperanza de pasar a Europa y empezar a trabajar allí, pero me deportaron. Debido al desempleo, caí en la adicción. Luego aquí, estos opresores nos destruyeron. Me había recuperado de la adicción, pero ahora mi cuerpo está destrozado», explica a EFE.

Ahora, explica, muchos de sus compañeros ya no están. «Hablábamos y nos reíamos juntos, comentábamos la ropa nueva para el Eid. Algunos decían que extrañaban a sus hijos, otros que anhelaban ver a sus madres. De repente, hubo sonidos de explosiones y disparos, seguidos de gritos. Sentí como si alguien me hubiera golpeado la cabeza con una piedra».

Sed de martirio

Mientras el Gobierno talibán sepultaba el miércoles en fosas comunes a decenas de víctimas ante la imposibilidad de identificarlas, el dolor se ha transformado en un peligroso clamor de venganza que amenaza la frágil tregua de cinco días pactada entre ambos bandos con la mediación de Catar, Turquía y Arabia Saudí.

Sher Agha, tío de uno de los supervivientes, pide desde el hospital que los mandos militares paquistaníes rindan cuentas ante lo que considera una «opresión» insoportable.

«La sangre de todos los afganos está hirviendo. En una situación así, la muerte es preferible para nosotros y debemos vengarnos. Cada afgano está dispuesto a morir ante la opresión de Punjab (Pakistán) Han destruido la vida de los pastunes en el este y el oeste», sentencia.

Para las familias que aún buscan entre los hierros retorcidos, el centro médico, que Pakistán insiste en señalar como un arsenal encubierto, era el único lugar de esperanza en un país asfixiado por la crisis.

«Era un hospital bien equipado donde miles de personas recibían tratamiento y se recuperaban, pero lo convirtieron en cenizas», concluye Agha.

La Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) confirmó este jueves a EFE que su balance provisional ya cuenta las víctimas «por cientos», una cifra que sigue aumentando desde su registro inicial de 143 fallecidos mientras continúa la investigación independiente sobre el terreno. EFE

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