Dos años tras la liberación, Jersón lucha por sobrevivir bajo los ataques diarios de Rusia
Rostyslav Averchuk
Leópolis (Ucrania), 11 nov (EFE).- Dos años después de la liberación de Jersón por una exitosa contraofensiva ucraniana, los residentes que quedan luchan por mantener viva la ciudad sureña a pesar de los ataques diarios con drones y artillería por parte de Rusia, mientras crece el temor por el futuro de la parte ocupada de la región.
El 11 de noviembre de 2022 las primeras tropas ucranianas entraron en una ciudad inquietantemente tranquila, abandonada a toda prisa por las fuerzas rusas que habían cruzado a la orilla opuesta del río Dniéper.
Una vez que quedó claro que los meses de ocupación, marcados por la violenta represión de protestas masivas y cientos de detenciones, habían terminado, sus calles se convirtieron en un lugar de celebración multitudinaria. Los lugareños corrieron a abrazar a los soldados, ondeando las banderas ucranianas que habían mantenido ocultas durante tanto tiempo.
Dos años después, este día sigue siendo un día de alegría para muchos. No obstante, aunque las banderas siguen presentes en la plaza central de la ciudad, está vacía, y se aconseja a los lugareños que eviten las concentraciones masivas debido a la elevada amenaza.
Las fuerzas rusas, estacionadas a sólo varios kilómetros de distancia, apenas necesitan pretextos para atacar la ciudad.
Vivir bajo la amenaza diaria
Sólo en octubre murieron 25 civiles y 146 resultaron heridos en más de 2.650 ataques, según las autoridades locales.
Los ataques con artillería y misiles comenzaron varias semanas después de la liberación de la ciudad. Más recientemente, los ataques con bombas aéreas guiadas y drones, guiados por los rusos desde el otro lado del río, se han hecho más frecuentes, adentrándose cada vez más en la ciudad.
Lanzar deliberadamente explosivos con drones contra transeúntes y vehículos civiles es especialmente cínico, dice Diana Nikitiuk, de 26 años.
«Lo intento, pero no consigo ver ninguna lógica en ello. ¿Qué objetivos militares pueden estar buscando en los barrios donde sólo quedan personas mayores o gatos?», se pregunta retóricamente en declaraciones a EFE.
Su casa está en lo que había sido la zona más animada de la ciudad. Sólo en contadas ocasiones ve a alguien caminar durante el día a alguna de las tiendas que quedan. El transporte público también dejó de llegar hasta allí tras una serie de atentados, cuenta Diana.
Cuanto más lejos de los rusos, más viva se siente la ciudad. Sin embargo, esta zona más tranquila se va reduciendo cada vez más, ya que en ninguna parte de Jersón se siente seguridad, dice Diana.
Quedan entre 60.000 y 80.000 habitantes -una cuarta parte de la población que había antes de la invasión rusa-, entre ellos Serguí Sunduguei, de 65 años.
«Ser residente de Jersón es parecido a un diagnóstico», dice con humor negro, mientras habla con EFE sobre el mellado sentido del peligro que los lugareños han desarrollado por necesidad.
El hombre, voluntario de la ONG «Sprava Gromad», ha estado ayudando a proporcionar alimentos y otros productos básicos a los residentes que restan.
Suele haber silencio en la ciudad, que probablemente es utilizada como campo de entrenamiento por los operadores rusos de drones, dice Serguí. En algunos casos, esto ayuda a oír el peligro que se aproxima.
Todos los residentes saben dónde esconderse, pero aunque los refugios antiaéreos, erigidos últimamente en sus calles, podrían ofrecer protección contra drones, no pueden salvar de un impacto directo de una bomba o un proyectil de artillería.
Trauma y resiliencia
Los ataques rusos se intensificaron después de que las fuerzas ucranianas se vieran obligadas a abandonar un pequeño punto de apoyo al otro lado del río en junio.
Los combates continúan a lo largo de las múltiples islas situadas en medio del río. Sin embargo, las esperanzas de liberar eventualmente el resto de la región de Jersón se han ido desvaneciendo en medio de la incertidumbre sobre el apoyo militar de los aliados.
La falta de buenas noticias y la intensificación de los ataques rusos dejan cada vez más gente traumatizada, afirma Emilia Jutkovska, psicóloga jefe de la región.
Muchos temen no volver a ver nunca más a sus familias, que no han sido capaces de escapar de las zonas ocupadas, explica a EFE.
No obstante, los lugareños se muestran resilientes y «siguen buscando soluciones para acercar la victoria», sostiene la psicóloga.
«Aquí se nos necesita. ¿Quién va a mantener viva la ciudad si no somos nosotros?», subraya también Serguí Sunduguei. EFE
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