Familiares de presos políticos se instalan con «fe» afuera de un penal en Venezuela
Pequeñas carpas, colchones a la intemperie, cortes de cabello… A las afueras de la cárcel El Rodeo I, familiares de presos políticos conviven entre la impaciencia y el optimismo de verlos salir tras la promesa de liberaciones en Venezuela.
Al menos 80 detenidos por razones políticas fueron excarcelados el domingo, informó la ONG Foro Penal, en una nueva tanda desde que el gobierno se comprometió a liberar presos políticos tras la captura de Maduro en una incursión estadounidense el 3 de enero.
Organizaciones defensoras de derechos humanos estiman, no obstante, que cientos de personas aún están encerradas en un proceso que avanza a cuentagotas en Venezuela.
«Ahora todos somos familia», asegura Aurora Silva, esposa de Freddy Superlano, dirigente opositor detenido en julio de 2024 en una ola represiva tras protestas espontáneas contra la reelección de Maduro.
Los familiares de los detenidos conviven frente a la entrada de la prisión, ubicada a unos 50 kilómetros de Caracas, desde el 8 de enero, cuando las autoridades anunciaron que liberarían a un «número importante» de presos políticos.
En poco menos de tres semanas, gracias al apoyo de oenegés, las familias se han organizado para vivir juntas. Comparten comida, electricidad, agua. También oraciones e inquietudes.
Este domingo, Melva Vázquez, de 69 años, madre de Merwin Simons, preso desde hace 5 meses, está medio recostada en una silla de peluquería, instalada al aire libre junto a las pequeñas tiendas de campaña.
Vásquez se deja atender por la peluquera para verse «mejor». «Tenía el cabello muy feo, ya maltratado con el sol y ellas llegaron y quisieron arreglarme el pelo», cuenta. «¿Con qué fin? Bueno, con el fin que mi hijo no me vea tan deteriorada».
Su hijo fue arrestado por el «caso de Plaza Venezuela», donde las autoridades dicen haber desbaratado un atentado con bomba en agosto. Muchos fueron detenidos en días posteriores, y claman su inocencia.
«Tenemos esa fe que en cualquier momento, así como han salido varios, mi hijo también va a salir», confía.
Tras casi dos semanas de espera, sobrevive «gracias a Dios». «Nos han ayudado, tenemos donde dormir, nos han dado comida, gracias a Dios, gracias a eso hemos podido mantenernos aquí».
Liliana Palacios, la peluquera, le lava delicadamente el cabello. Reside en Araira, a pocos kilómetros de la cárcel, y viene diariamente para echar una mano a las familias.
El domingo trajo su silla de peluquería. A nadie le cobra.
«Lo que queremos es que ella diga ‘hijo, hijo, soy yo’, para que la vea bella, más bella, él la va a ver bellísima en lo que él salga», dice.
– «Guerrear» –
«Vengo todos los días con cualquier cosita. Les traigo un cafecito, un té, una ensaladita, les traje una sopa», explica Palacios. Quiere ayudar tras pasar por una «situación parecida hace tres meses».
«Yo estoy colaborando y les estoy lavando el cabello para que ya se relajen», cuenta. Las mujeres gritan de emoción al verla, la abrazan.
Bajo una gran lona, mujeres y hombres pican verduras que colocan en una gran olla. La llevan a calentar a una tienda cerca de la prisión. La sopa se servirá más tarde. Mientras, una mujer reparte tortas de coco…
Un poco más lejos, Lorealbert Gutiérrez, de 19 años, vendedora ambulante en Cumaná (norte, a 300 km al este de Caracas), se hace una pedicura con una allegada de Liliana.
Madre de dos niños de 2 años y 3 meses, Lorealbert espera la liberación de su pareja, Emmanuel De La Rosa, un asistente de carpintero de 20 años, y de su hermano Alberto Gutiérrez, mototaxista de 20 años, también implicados en el caso de Plaza Venezuela.
Otras tres mujeres de su familia están detenidas en La Crisálida, al sur de Caracas.
«No ha sido fácil, pero aquí estamos porque nosotros vinimos para este lugar para guerrear», asegura.
Tiene la esperanza intacta tras visitar a su hermano el viernes, después de cinco meses de silencio. «Yo me sentía como que no podía más, pero me dio ánimo, me dijo que sí podía y que lo esperara aquí afuera, que no me fuera» porque «ellos van a salir de ese lugar».
Su pareja le hizo llegar un mensaje similar. «Que no me fuera porque ellos sienten que yo estoy con ellos ahí», cuenta.
«Hasta que yo no los vea a ellos afuera, no me voy a ir», promete.
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