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Diez años después del Brexit, Suiza sigue siendo un modelo recurrente

Una hilera de banderas de la Unión Europea con una bandera del Reino Unido en primer plano
Recuerdo de 2016: la bandera británica frente a la sede de la Comisión Europea. Laurent Dubrule / Keystone

Hace una década, quienes defendían el Brexit veían en Suiza un ejemplo para mantenerse al margen de Bruselas sin perder las ventajas de la integración europea. En 2026, son los sectores más europeístas quienes recurren a ese mismo modelo para mejorar la relación con la Unión Europea. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

En la década transcurrida desde que el Reino Unido votó a favor de abandonar la Unión Europea (UE), el término «Brexit» ha tenido una intensa trayectoria. Por aquel entonces, se convirtió en el principal eje de fractura de la política británica, dividiendo al país entre quienes estaban a favor de permanecer en la UE y quienes defendían la salida. Más allá de las islas británicas, alimentó debates similares en otros países, donde también se escuchó términos como Grexit, Frexit o Swexit.

Más recientemente, ante el creciente descontento de una parte de la población británica con los resultados del proceso, ha comenzado a hablarse incluso de «Bregret», una mezcla de Brexit y arrepentimiento.

Otro concepto que ha cobrado protagonismo en la última década es el del «modelo suizo». A diferencia del Brexit, no se trata de una idea nueva: la singular forma en que Suiza se relaciona con la UE lleva décadas evolucionando. Sin embargo, el Brexit le otorgó una relevancia inesperada. Desde la perspectiva británica, parecía demostrar —para bien o para mal— que existía vida en Europa más allá de Bruselas. Suiza, sin ser miembro de la UE, mantenía relaciones comerciales con sus vecinos y aparentemente obtenía importantes beneficios. ¿Podría el Reino Unido hacer lo mismo?

Hasta ahora, la respuesta ha sido negativa. El Reino Unido pos-Brexit acabó convirtiéndose en lo que hoy conocemos como la Gran Bretaña del Brexit. Sin embargo, las referencias al modelo suizo nunca desaparecieron del todo. Primero fueron figuras de la derecha como Nigel Farage quienes lo ensalzaban; diez años después, cuando Londres y Bruselas intentan «reiniciar» sus relaciones, son estrategasEnlace externo de centroizquierda y columnistas del Financial TimesEnlace externo quienes vuelven a mencionarlo.

¿A qué se debe la persistente fascinación por el modelo suizo tras el Brexit, pese a las dificultades que también afronta?

una pila de documentos sobre una mesa
Un voluminoso dossier con los acuerdos bilaterales recientemente negociados entre la UE y Suiza, impreso por el Partido Popular Suizo (UDC por sus siglas en francés). Keystone / Christian Beutler

¿Un modelo mal entendido?

Una respuesta medio en serio y medio en broma sería que nadie sabe exactamente en qué consiste el modelo suizo. Ni siquiera en Suiza existe un consenso claro. Para algunas personas, representa una especie de «cuasiadhesión a medidaEnlace externo» a la UE; para otras, es el resultado de una larga lucha por mantenerse al margen del proyecto europeo.

Pero en un contexto tan polarizado como el del referéndum del Brexit, esa falta de definición jugaba a su favor. Desde el Reino Unido, Suiza parecía haber conseguido precisamente lo que Londres siempre había deseado: «maximizar los beneficios de la integración económica y minimizar las pérdidas de soberanía», en palabras de Sandra Lavenex, de la Universidad de Ginebra.

Sin embargo, «en los primeros años hubo claramente una cierta incomprensión de las limitaciones del modelo suizo», afirma Lavenex. El acceso al mercado interior europeo no es gratuito. Como parte de la compleja red de acuerdos bilaterales con la UE, Suiza incorpora amplios segmentos de la legislación europea sin participar realmente en su elaboración. Además, acepta la libre circulación de personas, una de las líneas rojas más importantes para quienes defendían el Brexit. Y pese a su imagen de estabilidad política, las relaciones con la UE llevan años siendo una cuestión altamente controvertida tanto en Suiza como en Bruselas.

Diez años después, ¿se comprende mejor el modelo? Al menos el sector más conservador del Brexit parece haber perdido parte de su entusiasmo por el modelo suizo. Farage llegó a presentar a Suiza como una «inspiración» para el Brexit. Hoy, en cambio, considera que un acuerdo al estilo suizo supondría una «traición» al proyecto. También parece haber perdido interés por algunas de las propuestas de democracia directa que en otro tiempo admiraba.

Martin Wolf, uno de los principales analistas del Financial Times, ha defendido recientemente una «alineación dinámica» inspirada en el modelo suizo. Sin embargo, habría que ver si una fórmula así sería aceptable tanto para Bruselas como para quienes apoyaron el Brexit.

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¿Un modelo que cada cual interpreta a su manera?

Eso pone de relieve otra característica del modelo suizo: cada cual lo interpreta a su manera.

En un primer momento, fueron sus aspectos relacionados con la soberanía los que despertaron más interés. En plena campaña del referéndum, la imagen de una pequeña nación plantando cara a Bruselas al estilo de Guillermo Tell tenía un indudable atractivo. Pero, según Giorgio Malet, investigador del Instituto Tecnológico Federal de Zúrich (ETH), aquello fue sobre todo «retórica utilizada para reforzar un argumento político». «Al igual que el entusiasmo por la democracia directa, desapareció rápidamente».

De hecho, el modelo suizo pronto adquirió un significado muy distinto. De ejemplo a seguir pasó a verse como una solución demasiado cercana a la UE para quienes defendían una ruptura tajante con Bruselas.

El plan de Chequers presentado en 2018 por la entonces primera ministra Theresa May, que guardaba ciertas similitudes con el modelo suizo, provocó una auténtica rebelión dentro del Partido Conservador. Dos años más tarde, el Reino Unido optó por una versión dura del Brexit bajo el liderazgo de Boris Johnson. En ese contexto, señala Malet, «Suiza está mucho más integrada en la UE de lo que el Reino Unido habría aceptado».

¿Y qué ocurre en 2026?

Con un Gobierno laborista más favorable a Europa en Londres, el modelo suizo vive una nueva etapa de popularidad. Ahora se presenta como una opción económica pragmática en tiempos de incertidumbre. Sin renunciar a todas las líneas rojas heredadas del Brexit, ¿por qué no adoptar una postura más parecida a la de Suiza y negociar acuerdos bilaterales con la UE?

Eso podría implicar concesiones en cuestiones como la libre circulación de personas. No obstante, según argumentaEnlace externo el grupo Labour Movement for Europe, el «coste político» podría verse compensado por las ventajas económicas derivadas de un mejor acceso a las cadenas de suministro y a los mercados europeos.

Una vez más, parte de este debate puede tener más que ver con la política interna británica, especialmente en un momento en que el liderazgo de Keir Starmer dentro del Partido Laborista atraviesa momentos delicados.

«Las posiciones sobre Europa están siendo utilizadas por posibles aspirantes al liderazgo para marcar perfil en la política interna», declaró Anand Menon, del centro de estudios UK in a Changing Europe, al periódico ObserverEnlace externo el pasado enero.

Respecto al modelo suizo, Menon se muestra escéptico: «Estamos hablando entre nosotros de algo que la Unión Europea no necesariamente estaría dispuesta a concedernos».

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¿Ha llegado realmente su momento?

Menon no es el único que se muestra escéptico. Una cosa es hasta qué punto Suiza y el Reino Unido son comparables; otra muy distinta es que, desde el Brexit, la UE ha dejado claro que no quiere más países dispuestos a disfrutar de las ventajas de la integración europea sin asumir también sus obligaciones.

De hecho, Bruselas también se ha cansado de que Suiza funcione de esta manera. El nuevo paquete de acuerdos entre la UE y Suiza, actualmente objeto de debate en Berna, es precisamente el resultado de años de tensiones sobre la viabilidad del modelo suizo.

Para Malet, el momento más lógico para plantear seriamente una vía suiza para el Reino Unido fue justo después del referéndum de 2016, antes de que Londres fijara sus líneas rojas y antes de que las propias relaciones entre Suiza y la UE atravesaran una fase complicada.

En su opinión, comparar ambos casos sigue teniendo sentido, porque Suiza y el Reino Unido se enfrentan a problemas similares en su relación con la UE. «Sin embargo, los puntos de partida y los objetivos son muy distintos».

Al mismo tiempo, añade, Europa está cambiando. La guerra en Ucrania ha acercado a varios países a la UE. Islandia y Noruega, por ejemplo, debaten cada vez más abiertamente la posibilidad de adherirse al bloque. El ministro noruego de Asuntos Exteriores ha justificado ese debate señalando que el mundo ha pasado de ser «bueno» a volverse «loco».

Según Malet, la UE también se ha vuelto «algo más flexible» en este nuevo contexto geopolítico, una circunstancia que podría haber beneficiado la actitud prudente que Suiza ha mantenido hacia el bloque.

Cada vez más consciente de las consecuencias económicas del Brexit, el Reino Unido también intenta acercarse de nuevo a Europa. Ha regresado al programa de intercambio universitario Erasmus+ y, en materia comercial, ya está experimentando con fórmulas que recuerdan al modelo suizo: seguir determinadas normas europeas en sectores concretos para reducir la carga burocrática de las empresas.

De cara a la cumbre UE-Reino Unido prevista para este verano, el periódico The EconomistEnlace externo afirmó recientemente que el país está «deshaciendo discretamente el Brexit», en una nueva referencia al modelo suizo.

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Nigel Farage en Suiza en 2014, donde intervino en un acto del grupo Campaign for an Independent and Neutral Switzerland. Steffen Schmidt / Keystone

¿Un modelo para tiempos confusos o un modelo de confusión?

No está claro hasta qué punto la UE está dispuesta a corresponder a estos acercamientos británicos. Sin embargo, una encuesta recienteEnlace externo muestra que la opinión pública también está cambiando. Diez años después del Brexit, una mayoría de la población británica lamenta la decisión. Solo el 31 % quiere mantener la relación actual con Bruselas, mientras que el 56 % preferiría volver a ingresar en la Unión Europea.

¿Es posible un repentino regreso al bloque europeo? Para John Bercow, expresidente de la cámara baja del Parlamento británico, no es imposible, aunque sí «extremadamente improbable» en los próximos cinco años. «En política, las cosas llevan tiempo», señaló recientementeEnlace externo al diario suizo Neue Zürcher Zeitung.

En cuanto a otras formas de acercamiento, Sandra Lavenex destaca una ventaja del sistema británico de democracia representativa. En teoría, podría resultar más sencillo para Londres alcanzar acuerdos con Bruselas sobre cuestiones bilaterales delicadas sin la amenaza constante de un referéndum, como ocurre en Suiza.

Sin embargo, el fuerte crecimiento en las encuestas del partido Reform UK de Nigel Farage demuestra que ese margen político también tiene límites. En apenas unos años, el panorama podría volver a cambiar por completo.

Todo ello ayuda a explicar por qué el modelo suizo reaparece una y otra vez en el debate. Los modelos sirven para orientarse en una realidad compleja. Y, dado el ritmo de transformación de la política británica y europea durante la última década, no resulta extraño que hayan proliferado las referencias a distintas fórmulas: la noruega, la canadiense, la turca o la suiza.

Hoy, cuando el propio modelo suizo atraviesa una fase de redefinición —el próximo año podría celebrarse una votación popular sobre el nuevo paquete de acuerdos bilaterales con la UE—, quizá no constituya el ejemplo más claro. No obstante, en tiempos de incertidumbre, incluso un punto de referencia imperfecto puede resultar preferible a no tener ninguno.

Editado por Mark Livingston. Adaptado del inglés por Carla Wolff.

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