La utopía de una sociedad global y solidaria
Adolf Muschg, reconocida pluma helvética, clausuró en Berlín el simposio 'Carlomagno y Europa'.
En su discurso sobre su visión de la unión de Europa, advirtió que aún falta «superar nuestras contradicciones y controversias de forma pacífica».
El escritor y pensador suizo Adolf Muschg, nuevo presidente de la Academia de las Artes de Berlín, abogó este viernes (22 de agosto), por una «unión de Europa» insertada en el «trasfondo universal de una sociedad global en el que diferentes naciones vivan y cooperen de común acuerdo y solidariamente».
Muschg clausuró en la Academia de las Artes, junto con el historiador alemán Horst Fuhrmann, un simposio sobre ‘Carlomagno y Europa’, que tuvo lugar en el auditorio, recientemente inaugurado, del Museo de Historia Alemana de Berlín, cuyas obras de ampliación fueron realizadas por el arquitecto estadounidense de origen chino Ieoh Ming Pei.
En el Museo se celebra estos meses una exposición titulada ‘La idea de Europa’, en la que se muestra la evolución del concepto sobre la unidad europea a través de dos milenios de historia.
El modelo de unidad de Carlomagno
La muestra incluye una réplica de la estatua de Carlomagno que se encuentra en el monasterio benedictino de Müstair, en el cantón suizo de los Grisones, y que fue obsequiada durante su visita oficial a Berlín en abril pasado por el presidente de la Confederación Helvética, Pascal Couchepin, al presidente federal de Alemania, Johannes Rau.
«Carlomagno representa un modelo de unidad de Europa con signos completamente diferentes a los actuales, con la cruz de Cristo y la corona imperial, elementos que no son más operacionales en la unidad europea de nuestros días», dijo Muschg a swissinfo al evaluar el legado de Carlos I el Grande (nacido en el año 747), rey de los francos (768) y emperador de occidente (800) hasta su muerte en Aquisgrán en 814.
Muschg es miembro desde 1976 de la Academia de las Artes de Berlín, una de las instituciones culturales más insignes de Alemania, fundada hace más de 300 años y que fuera integrada en sus respectivas épocas por escritores y pensadores como Johann Wolfgang von Goethe, Theodor Fontane, los hermanos Thomas y Heinrich Mann, y Bertolt Brecht
En una disertación pronunciada en la Academia de las Artes de Berlín, bajo el provocativo título de ‘Carlos el Grande – ¿Europa pequeña?’, Muschg, miembro de la comisión para la revisión total de la Constitución Helvética, advirtió sobre los peligros que encerraría para la humanidad «esperar a que un imperio venga a consumar la unidad del mundo».
Europa nació sobre campos de batalla
Para el escritor y pensador helvético, catedrático de literatura en diversas universidades Suiza, Alemania, Estados Unidos y Japón, un imperio tiene «más talento para dividir» (que para consolidar) «esa unidad que ha sido edificada, mal o bien, hace tiempo ya por la historia de la civilización -o mejor dicho de la falta de civilización», subrayó.
«Hemos caminado a través del estrecho pasaje de las nacionalidades, las naciones separadas, las guerras, los campos de batalla, y sobre esos campos de batalla nació Europa, con la promesa de ‘nunca más’, dijo Muschg, una de las voces más críticas de la intelectualidad de su país, miembro del Partido Socialdemócrata Suizo (PSS) y declarado simpatizante de la revuelta estudiantil de mayo de 1968 en París.
«Y hay, a mi juicio, una comparación antojadiza entre la Europa carolingia y la nueva Europa», añadió. «Lo que no es antojadizo, a mi entender, es el trasfondo universal que hay detrás de todo esto para la unión de Europa, y es el de una sociedad civil global en la que diferentes naciones vivan y cooperen de común acuerdo y solidariamente» en todo el mundo.
Partidario de convertir la Academia de las Artes de Berlín en una institución europea, el catedrático suizo abogó por alcanzar «un credo civil sin trasfondo absoluto», a diferencia de las ideas de Carlomagno, que concebía la unidad de Europa en una «comunión con los santos, en la acumulación de los pueblos bajo la verdadera fe, que dicho sea de paso no era todavía una fe excluyente, como 300 o 400 años después, con las Cruzadas y la Inquisición».
Tolerar como ofensa
«Tenemos que hacer lo correcto no porque alguien lo dijo, lo ordenó o lo reguló. Tenemos que hacer algo que no ha ocurrido hasta ahora en la humanidad: superar nuestras contradicciones y controversias de forma pacífica. Nuestras contradicciones y controversias son fuerzas necesarias y productivas, pero no deben hacer víctimas a otros, convirtiéndolos en enemigos, sino en objeto de nuestra curiosidad, de nuestro interés».
Goethe «decía que tolerar es una ofensa, es decir que la tolerancia es insuficiente. Tolero algo que no me interesa, algo que dejo en casa para no arrojarlo fuera. Sentir curiosidad por otro es al mismo tiempo estar en capacidad de sentir, de comprender y de ser como otra persona».
Poder con santidad
Haciendo referencia indirecta a la guerra de Irak y a las declaraciones del presidente estadounidense George W. Bush sobre la supuesta misión divina de la intervención militar que consumó con algunos de sus aliados en ese país de Oriente Medio, Muschg manifestó su preocupación por lo que denominó «la pretensión de unir el poder con la santidad, de unir la voluntad de Dios con su propia voluntad».
«Es ahí donde comienza el pecado mortal de la civilización. Es así como siempre ha corrido sangre. No sabemos todavía -como horda de simios que somos- si estaremos en capacidad de alcanzar una sociedad civil global», afirmó Muschg.
Xenofilia
«Pero la alternativa sería para todos nosotros catastrófica, devastadora», advirtió. «Este mundo solamente se puede salvar con la unión de los diferentes, considerando todas las diferencias, no sólo las que uno tiene con los demás, sino las que uno tiene consigo mismo».
«La fuerza de imaginación que hay que involucrar en este proceso, es al mismo tiempo la energía que fluye del otro: de la autocomprensión se llega a la xenofilia (la simpatía por el extranjero), a la solidaridad», concluyó el pensador helvético, ferviente defensor de las comunidades desvalidas y perseguidas, como las de los «indocumentados» en Suiza.
Juan Carlos Tellechea, Berlín
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