Guerra en Irán: ¿estaban las negociaciones en Ginebra abocadas al fracaso?
Estados Unidos lanzó el sábado una amplia ofensiva contra Irán. Sin embargo, apenas unas semanas antes, delegaciones de ambos países se habían reunido en febrero en Ginebra en dos ocasiones, sin lograr avances.
El jueves por la noche, tras largas horas de conversaciones calificadas de «intensas», el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, habló de «avances» en las redes sociales. Después de una segunda ronda de negociaciones indirectas celebrada en pocos días en Ginebra entre Teherán y Washington sobre el programa nuclear iraní, el diplomático añadió que los contactos continuarían y mencionó una reunión técnica «en Viena en los próximos días». Ambas partes también se habían reunido a comienzos de febrero en Mascate, la capital de Omán.
Al día siguiente, Badr al-Busaidi, ministro de Asuntos Exteriores de Omán, que actuaba como mediador, celebró a su vez los «avances significativos» logrados la víspera a orillas del lago Lemán.
Pero el sábado por la mañana, el presidente estadounidense, Donald Trump, sorprendió al mundo al anunciar el inicio de su operación militar «Epic Fury» («Furia épica»). Estados Unidos e Israel llevaron a cabo conjuntamente una serie de ataques que acabaron con la vida de varios altos cargos del régimen iraní, entre ellos el líder supremo, Ali Jameneí, que gobernaba Irán desde 1989.
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¿Por qué fracasó la diplomacia?
«Donald Trump calculó que obtendría más atacando a Irán que continuando las negociaciones», explica Cyrus Schayegh, profesor del Geneva Graduate Institute. Según él, el presidente estadounidense aprovechó la fragilidad del régimen, debilitado por la guerra de los Doce Días iniciada por Israel y Estados Unidos en junio pasado y por la brutal represión de las manifestaciones a comienzos de año, para aprovechar la oportunidad de una victoria política. Según ONG, decenas de miles de iraníes habrían muerto tras este movimiento de protesta sin precedentes.
En el marco de las negociaciones, Washington esperaba lograr que Irán abandonara por completo su programa nuclear y sus misiles balísticos de largo alcance. Teherán, que siempre ha defendido su derecho a desarrollar la energía nuclear con fines civiles, buscaba, por su parte, que se levantaran las sanciones estadounidenses que asfixian su economía desde 2018. A cambio, Irán proponía limitar el enriquecimiento de uranio a niveles bajos.
Cabe recordar que las tres rondas de negociaciones indirectas que tuvieron lugar a comienzos de este año en Ginebra y Mascate seguían a contactos previos interrumpidos el año pasado por los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre instalaciones nucleares iraníes. Fue en este contexto que ambas partes afrontaron este nuevo ciclo de negociaciones con exigencias, a priori, irreconciliables.
«Había desconfianza. Pero si alguna de las partes pensara que todo era un simple engaño sin resultados posibles, no habrían aceptado participar», señala Cyrus Schayegh, que añade que las demandas estadounidenses no siempre estuvieron claramente definidas, especialmente en lo que respecta al programa balístico o al apoyo a los actores regionales asociados a Irán, como el de Hezbollah en el Líbano o los hutíes en Yemen.
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Ruptura sorpresa
«Teherán debió constatar avances en Ginebra el jueves y pensar que habría una próxima ronda de conversaciones, lo que explicaría su falta de cautela al organizar el sábado un encuentro entre el líder supremo y altos cargos del régimen iraní», explica el especialista en Irán. Como reveló el New York Times, la CIA había tenido conocimiento de esta reunión con antelación e informó a Israel, que así pudo atacar el edificio donde se encontraba Ali Jameneí.
Laurent Goetschel, director de swisspeace, un instituto de investigación sobre la paz en Basilea, añade que no es raro que una de las partes lance un ataque en plena negociación. «El efecto sorpresa es, obviamente, crucial», señala el politólogo. Según él, la celebración de conversaciones también permite «señalar a la comunidad internacional que se intentó todo hasta el último momento para llegar a un acuerdo, pero que la otra parte se negó».
Mientras Estados Unidos e Israel continuaban sus bombardeos, Irán respondió ya el sábado lanzando barreras de misiles y drones, dirigidos tanto al Estado israelí como a los países del Golfo que albergan bases estadounidenses, entre ellos Catar, Baréin, Kuwáit y los Emiratos Árabes Unidos. Cuatro soldados estadounidenses murieron, mientras que en Israel se contabilizan nueve fallecidos y tres más en los Emiratos Árabes Unidos. Según la Media Luna Roja iraní, las víctimas iraníes superan las 500.
Sin nuevas negociaciones
El objetivo de Donald Trump sigue siendo hoy poco claro. El presidente estadounidense ha insinuado que busca un cambio de régimen en Irán, pero también ha repetido que no quiere una larga campaña militar como la que Estados Unidos llevó a cabo en Irak tras 2003. Se abre así una fase de incertidumbre, con riesgo de escalada si países del Golfo se unieran a los bombardeos estadounidenses e israelíes, algo que Arabia Saudí ha mencionado en caso de un ataque a sus infraestructuras petroleras.
La guerra continuará «estos próximos días, incluso semanas», estima Cyrus Schayegh, quien considera poco probable un regreso a la mesa de negociaciones a corto plazo. El jefe del Consejo Nacional de Seguridad iraní, Ali Larijani, también afirmó que Irán no «negociará» con Estados Unidos, y se declaró preparado para una «guerra prolongada».
Según Cyrus Schayegh, para que la diplomacia pueda reanudarse, Irán tendría que alcanzar «un punto de ruptura», con la posible aparición de un dirigente más moderado y pragmático, dispuesto a ofrecer concesiones a Estados Unidos. «Pero eso dependerá de las relaciones de fuerza entre los diferentes altos responsables aún vivos. Parece que son más bien los partidarios de la línea dura, entre ellos el nuevo comandante de los Guardianes de la Revolución, Ahmad Vahidi, quienes están ganando influencia», concluye el experto. Por ahora, la sucesión del líder supremo sigue sin conocerse.
Texto original revisado por Virginie Mangin. Adaptado del francés por Carla Wolff.
Con la colaboración de Julian Busch
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