La escritora Elma Correa: “En México hay una violencia estructural que lo atraviesa todo”
Ana Báez
Ciudad de México, 29 mar (EFE).- La pluma de la mexicana Elma Correa destaca por la creación de “personajes imperfectos”, muchos de ellos atravesados por “la violencia, la misoginia y el racismo”, heridas de las que es “imposible sustraerse” cuando se nace y se escribe en la frontera entre México y Estados Unidos, como lo muestra en su reciente novela ‘Donde termina el verano’.
“En México hay una violencia estructural que lo atraviesa todo, y al ser estructural significa que está fuera de nosotros; no la podemos controlar, así como tampoco podemos elegir dónde nacer”, afirma Correa a EFE acerca de la escritura de este libro, que no escapa de esa realidad, pero que apuesta por encontrar “cosas buenas en medio de todo lo horrible”.
Para contar la historia de amistad entre Elisa y Aimé, las protagonistas de la obra distinguida con el Premio Biblioteca Breve 2026, la autora no despega los pies de su tierra, el desierto de Mexicali, un lugar “multicultural, hostil y de población flotante” que, por su cercanía con Calexico (EE.UU.), “no sigue las mismas reglas que el resto del país”.
“(El presidente) Donald Trump podrá decir lo que quiera, y podrán recrudecer todas las leyes antiinmigrantes, pero uno como local sigue cruzando todos los días y sigue haciendo lo de siempre, como si ninguna de esas leyes estuviera en vigor”, explica.
Aunque aclara que esta situación de tránsito migratorio nada tiene que ver con el “sueño americano”, porque ese, dice, “es un mito para la gente blanca, para los gabachos (de Estados Unidos)”.
“El sueño americano siempre ha sido inalcanzable para los afroamericanos, los migrantes y las mujeres”, señala.
La realidad de esas “personas imperfectas”, que habitan en los márgenes de la frontera, palpita en las microhistorias de la novela, como la del gitano Aurel, la enfermera Ofelia o la pequeña Rosario.
Y es que con esos personajes, Correa navega por la historia reciente de Mexicali (1998-2018), un periodo en el que convive lo que parecería imposible: desde el narcotráfico hasta el primer mandato de Trump.
El cuidado frente al abandono
Dentro de esos personajes secundarios, que en ocasiones parecen protagónicos, están las enfermeras -Ofelia e Irma-, quienes, además de representar “la carga histórica de los cuidados” frente a la ausencia del Estado, funcionan como una ventana a la vida de la autora, ya que están inspiradas en su madre.
“Mi mamá fue enfermera visitante; iba a comunidades marginadas. Recuerdo pensar en ella cuidando a otros niños, yéndose a otras partes, poniéndose en riesgo. Actualmente, hay muchas mujeres cuidando de esa manera: sin ellas estaríamos perdidos”, admite, refiriéndose a estas personas que protegen, de las cuales, en México, el 95 % son mujeres.
En este libro, que “no es autobiográfico”, también se cuelan las anécdotas de la infancia de Correa, como cuando un grupo de gitanos migró a su ciudad y ocupó el baldío donde ella jugaba.
“Ahí correteaba de chamaca (niña), y de pronto llegó una familia de gitanos, les decían los húngaros y que leían la mano; por ellos supe de los gitanos que viven en el desierto y en el norte de México”, cuenta la escritora, quien también ve el mundo como investigadora, pues es maestra en Estudios Socioculturales.
En medio del paisaje multicultural de Mexicali, capital de Baja California, está el corazón de la obra: “la amistad y la culpa” que comparten Elisa y Aimé, dos “personajes imperfectos” que se lastiman entre sí y “toman decisiones cuestionables, como todos los seres humanos”.
“Su relación es una forma de acercarse a la compleja relación entre morras (mujeres), que sigue atravesada por un poder vertical”, lamenta.
Con esta novela, Elma Correa se convierte en la segunda mujer mexicana en recibir el Premio Biblioteca Breve, otorgado por la editorial Seix Barral, un logro que agradece más allá de las cuotas de género o del dominio de los “señores blancos” en la literatura. EFE
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