La policía afgana deja las trincheras para ejercer de fuerza del orden
En sus seis años en el norte de Afganistán, Azim Khan hizo más de soldado, luchando contra los talibanes, que de policía; pero ahora patrulla Kabul para combatir a los delincuentes y al nuevo coronavirus.
«Ves, tengo mis guantes, me lavo las manos y me pongo la mascarilla todo el rato», explica, consciente del peligro que entraña la COVID-19, durante una patrulla para detectar armas ilegales, narcotraficantes y otras amenazas para la seguridad de la capital, que suele ser blanco de atentados.
«No tengo miedo de ser policía», asegura Khan, de 25 años, de los que pasó seis luchando contra los talibanes en el norte. «Muchos de mis colegas resultaron muertos», cuenta.
Crímenes, atentados, talibanes y, ahora, el nuevo coronavirus… La policía afgana lucha contra un sinfín de enemigos en las ciudades y en los cientos de puestos de control en todo el país.
Es el blanco del 70% de los ataques talibanes, y ha perdido 37.000 miembros en los últimos 18 años, según las autoridades.
Desde hace un año, este ejército de policías se esfuerza por convertirse en una verdadera fuerza policial, capaz de «responder a las necesidades de la gente», «no sólo como una fuerza de combate, sino también para hacer cumplir la ley», explica Masud Andarabi, ministro del Interior.
Un verdadero desafío en una ciudad como Kabul, con «siete millones de habitantes, sin direcciones ni tarjetas de identidad», según Andarabi. Y donde los ataques con cuchillo, secuestros y robos a mano armada son tan frecuentes que pocos afganos se atreven a salir por la noche.
«Cuando la nueva policía nacional nació después de 2001, se le pidió esencialmente que luchara en el frente, no contra el crimen ni en mantener el orden», explica Fabrizio Foschini, investigador de la Afghan Analyst Network.
Pero, pese a desempeñar su papel desde hace poco tiempo, «no lo están haciendo mal», añade el investigador, que observa progresos, especialmente en la formación y la lucha contra la corrupción.
– Impotencia –
Ahora resulta que tiene que adaptarse de nuevo y hacer respetar las normas para limitar la propagación de la COVID-19, que se ha extendido desde el vecino Irán, uno de los países más afectados por la pandemia.
Desde el 28 de febrero, las fuerzas de seguridad garantizan las estrictas medidas de confinamiento en la capital de Afganistán, un país con capacidad de detección y de atención médica limitada que ha registrado 5.639 enfermos y 136 muertes.
Los agentes verifican el cierre de los comercios y los lugares de reunión, sensibilizan a la población y bloquean la entrada a la ciudad a los vehículos que llegan de otras provincias.
«Para nosotros es difícil decirle a la gente que se quede en casa, porque la mayoría necesita trabajar», reconoce el coronel Aryan Faizi, a cargo del departamento de investigación criminal de Kabul.
«La lucha contra el crimen y los criminales requiere una preparación específica y los objetivos son obvios. Pero frente al coronavirus, no sabemos exactamente cómo hacerlo», añade este exagente de inteligencia, reclutado para ayudar a la policía a mejorar la lucha contra la delincuencia.
«Necesitamos equipo técnico, tipos profesionales (…) una policía instruida», enumera.
En un año se han hecho muchos cambios: se añadió GPS a parte de los vehículos para poder seguirlos en tiempo real, se instaló una sala de control para mantener el contacto con todos los puestos, medidas anticorrupción, un nuevo sistema de reclutamiento y formación.
– Relatos de guerreros —
La policía tendrá que adaptarse una vez más si se firma un acuerdo de paz entre el gobierno afgano y los talibanes, según las autoridades.
La apertura de negociaciones entre las dos partes es una de las condiciones del acuerdo firmado entre los rebeldes y Estados Unidos el 29 de febrero, para la retirada de las tropas extranjeras del país.
A pesar de los tímidos progresos, los insurgentes han intensificado los ataques contra las fuerzas afganas.
«La unidad roja de los talibanes, con sus francotiradores, ataca nuestro puesto casi todas las noches», cuenta Nesar Ahmad en el hospital de la policía de Kabul, pues recibió un disparo en la espalda durante un ataque en Kunduz (norte) en enero.
«De las 14 personas en el puesto, 13 murieron. Soy el único que sobrevivió», añade el hombre de 26 años, que quedó parapléjico.
Otro policía va en una camilla. Abdul Fatah, de 26 años, sufre parálisis general por una bala disparada por insurgentes en la provincia de Paktika (este). «Los talibanes no van a estar de acuerdo con la paz. Pero si se alcanza la paz, los perdonaré», expresó.