Los albergues del Líbano se vuelven a llenar de desplazados en un ‘déjà vu’ de 2024
Noemí Jabois
Beirut, 2 mar (EFE).- Junto a su esposa en pijama y su hijo de diez años, Naji al Omari reposa la pierna amputada sobre una silla a la entrada de un colegio beirutí, que se ha vuelto a llenar de desplazados en medio de intensos bombardeos israelíes, apenas un año después del final de la última guerra en el Líbano.
Como a muchos otros en los suburbios capitalinos del Dahye, las bombas les sorprendieron mientras dormían y les obligaron a huir con lo puesto. Israel inició esta madrugada una intensa campaña de ataques, después de que el grupo chií Hizbulá alcanzara el norte de su territorio para vengar a Alí Jameneí, líder supremo iraní.
«Era difícil para mí porque estábamos en la tercera planta. El hijo del vecino me cargó a la espalda», relata a EFE Naji, que todavía se está acostumbrado a la falta de su extremidad a un mes de haberse sometido a cirugía.
Este padre diabético, de 43 años, comenzó a dar «vueltas» con su familia en busca de un lugar donde resguardarse de la noche. Cuando llegaron a la escuela ya era demasiado tarde, otros 400 desplazados se les habían adelantado, llenando las aulas disponibles y dejándoles a las puertas del centro.
Un ramadán difícil
«Tengo mujer y un niño pequeño, ¿qué hago en la calle?. Dormí toda la noche en la calle, aún no he tomado mi medicina», lamenta el hombre.
No tuvieron tiempo de coger ninguna de sus pertenencias ni de realizar la última comida nocturna del mes sagrado de ramadán, por lo que ya llevan sin comer desde la noche del domingo.
«Ahora no tengo nada, todo lo que tengo en mi cartera son 200.000 libras libanesas, unos dos dólares. No hay más humillación que eso», lamenta el vecino del Dahye, al reconocer que suelen vivir de lo que gana vendiendo pañuelos en los semáforos, una situación ya de por sí bastante precaria.
Esta madrugada, las carreteras de salida del extrarradio beirutí y del sur del Líbano quedaron bloqueadas ante la cantidad de vecinos que huían de los bombardeos, y algunas aceras de Beirut se llenaron de familias acampadas con maletas, en un ‘déjà vu’ de lo ocurrido el 23 de septiembre de 2024.
Aquel día, otra ofensiva aérea israelí marcaba el paso a una guerra abierta entre Israel y Hizbulá, y el comienzo de la peor crisis de desplazados en la historia del pequeño país mediterráneo, con 1,2 millones de personas abandonando sus hogares en tiempo récord.
También entonces, la familia de Naji también tuvo que huir «de un lugar a otro» hasta que unos conocidos les dieron cobijo en su casa, aunque solo pudieron regresar a la suya después del alto el fuego alcanzado en noviembre de 2024.
La historia de Layla (nombre ficticio) no es muy diferente, solo que ella procede de una región si cabe más castigada por el último conflicto: el sur del Líbano y, en concreto, la localidad fronteriza de Houla.
En su caso, llegó a pasar cerca de un año desplazada, pues las zonas cercanas a la divisoria con Israel ya estaban golpeadas por enfrentamientos de menor intensidad desde finales de 2023.
«Nosotros siempre estamos preparados con la maleta hecha, no quitamos la ropa de la maleta. La usamos, la lavamos y la volvemos a meter en ella, porque no vivimos en nuestra propia casa, que está destruida», explica a EFE sentada con su equipaje frente al colegio capitalino.
Atascos infinitos
Layla cuenta que este lunes un conductor de autobús les llevó hasta Beirut a cambio de 100 dólares y que el viaje se prolongó hasta media mañana.
«Dos de mis hijas aún están atrapadas en el atasco, una en Tiro y otra en Nabatieh», afirma en referencia a dos de las principales ciudades del sur del Líbano.
Mientras más vehículos con desplazados van llegando a las puertas del colegio, solo para descubrir que tendrán que seguir buscando, los voluntarios comienzan a desempacar el primer cargamento de colchones enviado para los nuevos huéspedes.
«Hemos vuelto a esta vista, la vista de los colchones», sentencia Layla mirando fijamente al camión con altas torres de colchones que desafían la ley de la gravedad.
Aunque las autoridades han habilitado centros educativos como albergues, muchos de ellos se han llenado en las primeras horas de la crisis y decenas de familias decidieron sentarse a la intemperie en puntos capitalinos como la plaza de los Mártires.
Allí, Hasán (nombre ficticio) espera a unos parientes para poder trazar sus próximos pasos juntos, pues él tuvo que huir solo en su moto. «Estábamos dormidos sobre las 02.00 cuando escuchamos los bombardeos, nos despertamos para ver qué estaba pasando y vimos que todo el mundo se estaba yendo», apunta a EFE. EFE
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