Los sirios de Raqa, obligados a permanecer en campamentos tras perderlo todo
Familias de Raqa refuerzan sus tiendas en un campo de refugiados del norte de Siria antes de que llegue el invierno, pues les resulta imposible regresar a una ciudad en la que lo perdieron todo, incluso un año después de la salida del grupo Estado Islámico (EI).
Cuando huían de los mortíferos combates que permitieron a una coalición árabo-kurda desalojar a los yihadistas del EI de su antiguo bastión sirio, en octubre de 2017, a decenas de miles de habitantes de Raqa no les quedó otra que amontonarse en estos campos de refugiados improvisados.
Aunque una parte de la población regresó a Raqa, el campo de Ain Isa, en la periferia de la ciudad, no se vacía.
Tras la caída del EI, Batul Sbaka regresó para inspeccionar su barrio. «Cuando vi mi casa destruida, grité. Tenía dos habitaciones y una cocina y todo estaba destruido», recuerda esta madre de 32 años, con la cabeza cubierta con un pañuelo negro de flores rosas.
«Si pudiéramos nos iríamos del campo», afirma. «Pero no tenemos medios para reconstruir nuestra casa». A su alrededor se alinean las tiendas blancas y azules, a veces ampliadas por las propias familias con sábanas y frazadas.
– Sobre todo, un refugio –
Una mujer coloca tierra con ayuda de una pala en los bordes de su tienda para evitar que se filtre el agua.
Un poco más lejos, un joven intenta asegurar su refugio, que se hundió parcialmente debido a una tormenta de arena.
«Al menos, aquí tenemos pan y agua. Y, sobre todo, una tienda en la que refugiarse», cuenta Sbaka.
Según Amnistía Internacional, un 80% de la ciudad de Raqa quedó arrasada, lo que conllevó la desaparición de escuelas y hospitales. Unas 30.000 casas están totalmente destruidas y 25.000 parcialmente, según la oenegé.
En total, 13.000 desplazados siguen viviendo en el campamento de Ain Isa, y 4.000 de ellos proceden de Raqa, según un responsable del campamento, Jalal al Ayaf. Los otros llegaron de regiones en guerra del este de Siria.
«Algunas personas fueron [a Raqa] pero encontraron sus casas destruidas. Y como no tienen los medios [para reconstruirlas], regresaron», explica.
En los alrededores del campamento, varios niños juegan en los columpios mientras otros ocupan las tiendas transformadas en escuela. No muy lejos de allí, algunas personas esperan la distribución de cuadernos y lápices, mientras unas mujeres aguardan para comprar abastos.
– Vivir con seguridad –
Mashhur al Maajun, quien se desplaza en silla de ruedas, se muestra desesperanzado. Debido a la falta de seguimiento médico y de cuidados adecuados, a este diabético de 73 años le amputaron las dos piernas y perdió la vista.
«No tenemos ningún sitio al que ir. El campamento es nuestro único refugio», reconoce. Su esposa comparte su lamento. «No queremos vivir en este campo, pero ¿cómo vamos a vivir en una casa destruida?», se pregunta.
Ante la inminente llegada del invierno, el responsable del campamento no esconde su preocupación.
«Las oenegés ya no nos dan nada, ni cestas de comida, ni productos de higiene», lamenta Ayaf. «Y las tiendas están deterioradas».
Aunque más de 150.000 personas regresaron a Raqa desde que el grupo EI fue derrotado, según la ONU, algunas dudan si tomar ese camino debido a motivos de seguridad.
Mustafa Abud no se ve regresando con sus tres hijos a una ciudad en la que el grupo EI sembró un océano de minas antes de ser desalojado y donde sus células durmientes siguen perpetrando ataques.
«Antes de la liberación de la ciudad creíamos que todo iría bien. Pero ya no es la Raqa que conocíamos», lamenta este padre de 31 años. «Solo queremos vivir seguros. Y ahora mismo, el campamento es más seguro que Raqa».