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Risas, bocinazos y acrobacias: payasos del mundo celebran misa anual en honor de Grimaldi

Judith Mora

Londres, 1 feb (EFE).- Como si fuera una clase de niños traviesos, decenas de payasos de todo el mundo, vestidos y maquillados para la ocasión, celebraron este domingo en Londres su misa anual, en el 80 aniversario de un servicio religioso nacido en 1946 en homenaje al pionero Joseph Grimaldi.

Risas, bocinazos, canciones y acrobacias amenizaron un singular evento en la iglesia All Saints del este de la capital, donde los asistentes, entre ellos vecinos de la zona, reflexionaron sobre la vida y recordaron a sus colegas fallecidos en el último año.

La reverenda Laura Luz, a cargo del sermón, reconoció que «nunca hay tanta fila para entrar» en el templo anglicano como cada primer domingo de febrero, e invitó al público a participar el próximo sábado en un acto «mucho más serio»: la Sagrada Siesta, cuando podrán relajarse con una manta mientras escuchan la palabra de Dios.

Luz se refirió en su alocución a Grimaldi (1778-1837), inventor del prototipo de payaso moderno con cara pintada de blanco, nariz roja y colores vivos -conocido como ‘Joey’-, en cuya memoria empezó esta congregación anual inicialmente en la St. James’s Episcopal Chapel del norte de la ciudad. Ese lugar es ahora un parque donde se encuentra la tumba del cómico.

Hijo de un artista italiano y formado desde niño en los escenarios londinenses, Grimaldi revolucionó la pantomima británica al convertir al payaso en protagonista del espectáculo, dotándolo de una personalidad propia que combinaba picardía, ternura y destreza física.

En la estela de Grimaldi

Antes de entrar en la iglesia, los payasos y payasas de todas las edades se preparan en un sala adyacente, donde se maquillan y conversan mientras toman té y pasteles.

«Soy el profesor Crump, con C, no con T, como el otro. Aunque ambos nos dedicamos a lo mismo», se presenta a EFE uno de los más veteranos, elegante con un traje de cuadros, pajarita y sombrero.

¿Qué le llevó a ser payaso? «La desesperación», bromea, y admite que ha podido construir una carrera de más de 50 años «encima de unos zancos».

Crump niega que el payaso típico -distinto de humoristas o comediantes- esté en peligro de extinción, si bien reconoce que hay menos que en sus inicios.

«En España teníais unos muy buenos, tenían una nariz curiosa», rememora, en alusión a los de la familia Aragón.

A su lado se pintan Zaz y Little Ollie, un dúo de padre e hijo que hacen un espectáculo juntos con monociclos, trampolines y trucos de magia.

«Es un trabajo duro, porque hay que concebir el ‘show’, montarlo, probarlo hasta que funciona y llevarlo por diferentes sitios, pero es lo que me gusta hacer desde que de pequeño vi un circo», explica el progenitor, que reconoce que, para compensar las épocas flojas, trabaja también de carpintero.

«Lo que más disfruto es haciendo reír a la gente, para que sean felices», apostilla su socio de 10 años.

Anka, por su parte, tiene 78 años y se hizo payasa hace más de 30 para acompañar a su hijo Chris, fallecido hace tres años, que tenía una discapacidad física y psíquica pero a quien le encantaba esa profesión.

«Comencé a disfrazarme para que él no desentonara vestido de payaso en su silla de ruedas. Y entonces empezamos a hacer bolos con trucos simples, nos llamaban para actos oficiales y organizaciones benéficas», explica a EFE.

Conocido como Slapstick, su hijo era un habitual en la misa anual, a la que su madre confiesa que asistirá este año por última vez, ya que es «demasiado doloroso».

«Lo que me gustaba es que estos payasos le veían por quién era y siempre le recibían con una sonrisa», afirma.

Corazón libre

Lo único necesario para formar parte del clan es tener «corazón de payaso». Este es el consejo que los profesionales dieron a Tess Tallula, una joven que hoy viste de rosa de la cabeza a los pies, con tiesas trenzas y corazones en el rostro.

«Cuando voy vestida así por la calle me dicen que parezco un payaso, así que les pregunté si podía sumarme a su servicio anual y me acogieron con los brazos abiertos», relata la artista londinense.

«Tener corazón de payaso es estar en contacto con tu niño interior -que no significa ser inmaduro-, saber dejarte ir sin que te preocupe el qué dirán», revela.

Durante la misa, los payasos hablan fuera de turno, se tiran de los pelos, juegan con sus muñecos o silban. Aunque algunos confiesan que a veces están tristes, todos celebran «la alegría de vivir, el buen humor y la risa».

El servicio concluye con un sentido ‘Feliz Cumpleaños’ para marcar el 80 aniversario de su cita anual, tras lo cual se zampan un pastel con la figura de Grimaldi. EFE

jm/fjo/mb

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