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Turcos armenios mantienen bajo perfil ante reconocimiento de genocidio por Washington

Manifestación ante el consulado estadounidense en Estambul, el 26 de abril de 2021 afp_tickers

Alentada por los medios progubernamentales, la opinión pública turca se ha levantado con saña contra Estados Unidos desde que Joe Biden reconociera el genocidio armenio y, temerosa de convertirse en blanco de la cólera, la pequeña comunidad armenia en Turquía mantiene perfil bajo.

El reconocimiento por parte de la primera potencia mundial que fue un genocidio la masacre de un millón y medio de armenios a manos del Imperio Otomano en 1915 representa para sus descendientes un hito histórico pero, para Ankara, Biden distorsiona la historia influenciado por el «lobby» pro-armenio hostil a Turquía.

Turquía, surgida en 1920 de las cenizas del Imperio Otomano en 1920, reconoce algunas masacres, pero rechaza el término genocidio, evocando una guerra civil en Anatolia, seguida de una hambruna, en que murieron entre 300.000 y 500.000 armenios y muchos turcos.

En un país donde el sentimiento nacionalista se agudiza y el término «genocidio» es rechazado por el gobierno y principales partidos opositores, pocos se atreven a contradecir la versión oficial.

«La discreción es una parte de nuestra forma de vida», afirma un joven turco-armenio que, como otros miembros de esta comunidad requeridos por la AFP, prefiere el anonimato.

Este comerciante afirma que unos 60.000 armenio-turcos se encuentran amenazados por la vindicta pública cada vez que se menciona el genocidio.

– «Clima de tensión» –

Ya estuvieron bajo presión el año pasado cuando el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán en Nagorno Karabaj, en que Turquía apoyó a Bakú con un despliegue militar que le permitió derrotar a las fuerzas armenias.

«Nos educaron, cuando éramos niños, con la premisa de que no debíamos hablar armenio en la calle. Nos enseñaron a llamar a nuestras madres con la palabra turca ‘anne’ y no ‘mama'», explica el joven empresario.

«En Turquía, hay divergencias sobre todo, pero tratándose de la cuestión armenia, todos están unidos», añade.

Para Yetvart Danzikyan, redactor jefe de Agos, el semanario de la comunidad armenia en Turquía, «el clima de tensión» es palpable siempre al acercarse el 24 de abril, día de la conmemoración de las masacres de 1915.

«Este clima se alimenta de la dureza de la posición (turca) que llega a responsabilizar a los armenios por lo ocurrido», indicó a la AFP.

Reaccionando a las declaraciones de Biden, el jefe del departamento de comunicación de la presidencia turca, Fahrettin Altun, tuiteó este martes que «disfrazar la historia fomenta el extremismo armenio», recordando asesinatos de diplomáticos turcos por activistas de la causa armenia en los años 1970 y 1980.

– «Vivir mi cultura» –

Para Danzikyan, comentarios así parecen una especie de campaña de presión para silenciar las voces armenias. «¿Cómo puede tomar la palabra una comunidad que ha vivido bajo presión durante décadas?», pregunta.

La inquietud de los armenios de Turquía aumentó tras el asesinato, en Estambul en 2007, de Hrant Dink, carismático editor en jefe de Agos.

El periodista bregaba por la reconciliación entre turcos y armenios, pero los nacionalistas turcos lo anatemizaron por hablar abiertamente del genocidio armenio.

Manteniendo este perfil bajo, la comunidad armenia en Turquía intenta protegerse, pensando en su porvenir en un país que «glorifica el discurso del odio», señala la exdiputada armenio-turca Selina Dogan.

Los armenios se esconden «para mantener su presencia en el país», indicó Dogan, actualmente miembro del Consejo municipal de un barrio del lado europeo de Estambul, donde residen muchos de ellos.

Ella afirma que esta comunidad está poco representada en la escena política «por la discriminación de que somos víctimas desde hace décadas».

Paramaz Mercan, turco-armenio que reside en la ciudad predominantemente kurda de Diyarbakir (sureste), dice que intenta explicar los sentimientos de su comunidad a la prensa, pero es en vano.

«A veces hablo con medios de comunicación. Una vez, inclusive expresé el deseo de vivir mi propia cultura. Eso provocó comentarios que pedían mi deportación», lamenta Mercan, de 50 años.

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