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Una vida miserable en el campo de desplazados en Siria

Mujeres veladas llegan al campamento de desplazados Al-Hol en la provincia de Hassaké, en el noreste sirio, a donde fueron trasladados civiles y familias de yihadistas del grupo Estado islámico (EI), tras haber huído de la violencia, el 28 de marzo de 2019 afp_tickers

Carpas inundadas, niños con diarrea, madres incapaces de amamantar porque no comen suficiente. En el campamento de desplazados de Al-Hol en Siria, civiles y familiares de los yihadistas del Estado Islámicos (EI) sobreviven en medio de durísimas condiciones de vida.

Las tiendas de campaña se pierden de vista en el horizonte y se ven lonas blancas con el logo de la agencia de la ONU para los refugiados en medio de charcos de agua, montículos de tachos de basura y grandes cisternas rojas donde los desplazados vienen a buscar agua.

En las improvisadas callejuelas empantanadas por la lluvia, se habla sirio, iraquí, francés, alemán. A veces para denunciar la falta de comida o de atenciones.

«Es una vida trágica. Se carece de todo. Debí pedir prestado dinero para comprar pañales», dice Najwa Jolane, quien está ahí desde hace tres años y medio.

Inicialmente concebido para recibir máximo 20.000 personas, según la Unicef, el campamento de Al-Hol situado en la provincia de Hassaké (noreste), alberga ya a más de 70.000 desplazados.

Esto se debe al éxodo masivo en los últimos meses desde el último reducto del EI en la provincia oriental de Deir Ezzor, arrebatada por una alianza árabo-kurda al EI al término de una ofensiva de envergadura.

Frente a los hangares del Programa Alimentario Mundial (PAM), se ven filas interminables de mujeres que llevan el niqab negro.

Para transportar a los desplazados que vienen por ayuda, aceite, humus en conserva, frijoles, azúcar y especialmente té, se usan camionetas que van de un lado al otro del enorme campamento.

– Mamá a los 17 años –

«Cuando llovió y nuestra tienda de campaña se inundó fuimos donde los vecinos», dice Jolane, madre de 20 años, originaria de Hajine, localidad del este arrebatada al EI en diciembre.

Pegado a su cadera está su niño con los pies desnudos cubiertos de lodo seco y resquebrajado.

Según las agencias humanitarias, la situación es dramática en Al-Hol, donde mujeres y niños representan 70% de la población. Las autoridades kurdas han advertido en varias ocasiones sobre la situación y piden ayuda de manera insistente.

«Las condiciones humanitarias son muy críticas», reconoce un portavoz del PAM en Siria, Marwa Awad, refiriéndose a «casos de desnutrición, deshidratación y diarrea».

Su organización distribuye raciones, provisiones y complementos alimentarios, para mujeres y niños.

Instalada aquí desde hace un mes, una siria que rechaza dar su nombre se ve molesta. «Tengo una niña de tres años, está enferma desde nuestra llegada. Vomita y tiene una diarrea persistente». «Llegamos a bordo de vehículos descubiertos. Los niños están enfermos, muchos murieron en el camino».

Desde diciembre, al menos 140 personas, en especial niños, han muerto durante el transporte hacia Al-Hol o luego después de su llegada, según el Comité internacional de rescate (IRC).

Aya, de 17 años, está en el campamento desde hace dos semanas. Ya es madre de dos niños, entre ellos un bebé de cinco meses «muy, muy flaco». Su primer esposo, ex combatiente yihadista, murió.

«Desde que estoy aquí mi hijo ha adelgazado, antes no estaba así», dice la joven originaria de Raqa, excapital de facto del EI en el norte sirio.

Desde hace dos años, seguía a los yihadistas que eran expulsados de cada localidad a donde llegaban.

Según la ONG Save the Children, cerca de una tercera parte de los niños de menos de cinco años recibidos por sus equipos sufren de desnutrición aguda.

– «No tenemos de comer, ni dinero» –

Las familias más afortunadas tienen su propia carpa, los otros cohabitan en grandes hangares cubiertos.

«Hay en la actualidad 10.000 personas que viven en amplias carpas comunes que no ofrecen ninguna intimidad», reconoce Paul Donohoe del IRC.

En el sector de los yihadistas reservado a las extranjeras, están hacinados bajo alta vigilancia más de 9.000 mujeres y niños, que vinieron de Francia, Alemania, o de Bélgica en su mayoría.

«No podemos quedarnos aquí, no tenemos de comer, ni dinero», grita Romina Scheer, joven alemana envuelta en su niqab, llegada en diciembre de 2014 a Siria, donde se casó con un compatriota combatiente del EI.

Abraza a su bebé de tres meses, Mohamed.

«No puedo amamantar porque no como lo suficiente», se queja esta madre de tres niños, el mayor de los cuales está a su lado.

«Todos los días mis niños me preguntan cuando regresarán a casa. Les digo que eso depende de que nuestro país nos vuelva a aceptar».

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