«Él nos protege»: el Jerusalén ultraortodoxo celebra el carnaval judío ajeno a la guerra
Paula Bernabéu
Jerusalén, 4 mar (EFE).- Al levantar la vista en el barrio judío ultraortodoxo de Mea Shearim, en Jerusalén, es posible ver algún misil iraní cruzando el cielo de camino a Tel Aviv y filas de cazas israelíes atravesar las nubes. A pie de calle, sin embargo, cientos de religiosos pasean, se disfrazan y beben ajenos a las explosiones provenientes del cielo que interrumpen las conversaciones.
«No creemos en otra cosa más que en Dios. Lo que él decida es lo que ocurrirá. Creemos que cuando hacemos lo que quiere que hagamos, él nos protege», dice a EFE un joven británico que prefiere no decir su nombre.
Vive en Mea Shearim y, al igual que los amigos que le apremian para marcharse, estudia en una yeshivá (escuela talmúdica) de Jerusalén desde hace tres años. Viste un bekishe (el abrigo largo negro habitual de los ultraortodoxos) y, con una bebida en la mano y las mejillas enrojecidas, comenta: «Nos vamos a bailar».
La fiesta y su paralelismo con la guerra
Están celebrando la noche del purim, el carnaval judío, de Jerusalén (la celebración en Tel Aviv fue el lunes) que debía concluir dando paso a un desfile en el centro de la ciudad el miércoles, ahora pospuesto por la guerra.
La fiesta conmemora la salvación del pueblo judío en el antiguo Imperio Persa (actual Irán): «Es el primer intento de genocidio en el pueblo judío», comenta David, de 23 años, en la entrada del piso en el que celebra la noche junto a sus amigos, de Estados Unidos pero también estudiantes en la ciudad santa.
Este año, el paralelismo con la guerra con Irán se cuela en todas las conversaciones. Desde el sábado, Israel bombardea junto a Estados Unidos la República Islámica, que en represalia lanza drones y misiles hacia el país mientras las detonaciones que suenan al interceptarlos se cuelan en las conversaciones.
«Me voy a poner muy, muy, muy borracho, absolutamente borracho. Todo el mundo se está emborrachando aquí, eso es purim. Para que lo sepas: ese es el objetivo de purim», comenta entre risas Benedict, que también participa en la fiesta.
Sus amigos le corrigen rápidamente, pero explican que parte de la tradición está en «beber mucho vino».
Aunque beber hasta perder el discernimiento es parte de la tradición para muchos religiosos, este año el Gran Rabino de Israel Kalman Ber recomendó a la población «no beber o intoxicarse demasiado para mantener la capacidad de seguir las instrucciones y estar listo y preparado para entrar a espacios protegidos si es necesario».
En los últimos dos días, el número de sirenas antiaéreas que suenan en Jerusalén alertando a la población para acudir a los refugios por ataques iraníes se han reducido. Sin embargo, durante la noche se suceden distintas advertencias del Ejército de Israel anunciando la llegada de misiles a otros puntos del país.
«Pero, entre las sirenas, ¿por qué no podemos simplemente estar felices por lo que pasó en el pasado, aunque (este año) sea más moderado? Aunque tengamos que aceptar la gravedad de la situación y que estamos en guerra en estos momentos», comenta otro de los amigos de Benedict y David.
Para ellos, la fiesta se trasladará poco después a una sinagoga, dentro del búnker del edificio.
Celebrar ante la guerra
En una de las principales calles de Mea Shearim coinciden los jóvenes estudiantes de yeshivá que celebran, disfrazados, y las familias más religiosas que pasean o cargan bandejas de comida pero no participan de las fiestas con música electrónica que les rodean.
Mientras en el resto de la ciudad varios bares populares permanecen cerrados por la situación, son varias las esquinas de Mea Shearim en las que la música sale por las ventanas y se ve en su interior bailar a decenas de jóvenes.
Al amanecer, comenzará la quinta jornada de una guerra que se ha cobrado hasta ahora la vida de casi 800 personas en Irán y 10 en Israel, fruto del intercambio de fuego entre ambos países.
«Creeremos en Dios y lo que decida, decidido está», concluye el joven británico poco antes de que sus compañeros lo arrastren dentro del barrio. EFE
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