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Bailes y tambores marcan el 70 aniversario del histórico Desfile de Llamadas en Uruguay

Hernán Ogállar Vidal

Montevideo, 6 feb (EFE).- La calle Isla de Flores ha dejado de ser una simple arteria de tránsito para convertirse este viernes en el corredor rítmico más vibrante de Uruguay con motivo de la septuagésima edición del Desfile de Llamadas, un símbolo de resistencia y orgullo afrodescendiente en el carnaval «más largo del mundo».

En una noche marcada por la ausencia del típico calor húmedo del verano austral, los barrios Sur y Palermo volvieron a oficiar su fiesta más sagrada del año protagonizada por el baile y el candombe, en la que participaron hasta 44 agrupaciones de distintos puntos del país, movilizando a más de 6.000 componentes y haciendo sonar unos 3.000 tambores a lo largo del recorrido.

El desfile congregó a miles de espectadores ansiosos por presenciar el paso de algunas de las comparsas más tradicionales y de las nuevas agrupaciones que buscan hacerse un hueco. La calle Isla de Flores era un hervidero de emoción, donde la gente se agolpó en veredas y balcones para disfrutar del espectáculo.

La procesión sigue una liturgia inalterable que emociona por su carga histórica. Abriendo paso, los portaestandartes y las inmensas banderas agitan los colores de cada agrupación.

«Son 63 años de carnaval los que llevo y esto es mi vida, es divertirte una vez por año. Hay que estar siempre de acuerdo y vivir para la comparsa», comenta a EFE Yuear Kilico, que porta el estandarte de Cuareim 1080, comparsa ganadora de las últimas dos ediciones.

Estos son seguidos por la realeza del candombe: las «mamas viejas» y los «gramilleros». Ellas, con sus vestidos amplios, abanicos y sombrillas, caminan con una elegancia que desafía el paso del tiempo; ellos, encorvados y con barba blanca, tiemblan simulando los achaques de la edad mientras «curan» a los presentes con sus maletines llenos de yuyos medicinales, en una representación teatral que satiriza y honra a los ancestros.

«Todo un año de trabajo, de ensayos y también de historia para salir y representar nuestra cultura, para que sea de cabeza y de corazón», aseguran Mirta y Gastón Silva, mama vieja y gramillero de Cuareim 1080.

Más atrás, el «escobero» realiza malabares imposibles con su escobilla, barriendo las «malas ondas» para que la cuerda de tambores pueda avanzar sin obstáculos espirituales.

Las vedettes y el cuerpo de baile aportan el color y la coreografía que acompaña el ritmo. Dos de las bailarinas de Yambo Kenia, Antonella Farías y Valentina Elpuin, detallan a EFE el nerviosismo que sienten al presentar el trabajo por el que llevan ensayando todo el año.

Por su parte, una de las vedettes de la misma agrupación, Malena Reyes, destaca la unidad del grupo y que, aunque no sea de la matriz familiar de la comparsa, se siente como una más: «Sin duda el candombe, y sobre todo la Yambo, es una gran familia».

Y finalmente, el corazón de la bestia: la cuerda. Decenas de tocadores avanzan en bloque ejecutando el diálogo frenético entre el tambor chico (el sostén del ritmo), el repique (el improvisador) y el piano (el bajo profundo y grave).

«Corre mucho sentimiento, mucho trabajo, mucho sacrificio, pero además de todo es la pasión la que hace que estemos aquí», comenta el jefe de cuerda de La Unicandó, Jonhatan Rodríguez.

El sonido es ensordecedor y magnético; al pasar frente a los palcos y las sillas plegables de los vecinos, el público no solo escucha, sino que siente la vibración en el cuerpo.

Mientras la noche avanza y el desfile se adentra en la madrugada, Isla de Flores se confirma una vez más como el escenario de un ritual vivo en el que Montevideo reafirma su identidad, recordando que, aunque pasen 70 años, la «Llamada» sigue teniendo quien la responda. EFE

hov/rmp/eav

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