‘Quitando la tapa’ a una curiosa pasión suiza
Si alguna vez pidió un café estando en la Confederación, es muy probable que le hayan dado un simpático envase individual de crema aparte, sellado con una colorida tapa de aluminio (la Kaffeerahmdeckeli). ¿Se le ocurrió guardar esa ‘tapita’? Probablemente no. Sin embargo, para muchos suizos, coleccionar estas tapas es casi una adicción, o al menos solía serlo.
«Los coleccionistas de tapas de envases de crema para café eran una verdadera molestia. En las cafeterías había gente que iba de mesa en mesa pidiendo a los clientes que les dieran sus tapas, y otros iban directamente a buscarlas a las mesas desocupadas que estaban aún sin recoger. Al final, empecé a hacer un agujero en la tapa arrancada después de vaciar su contenido…»
Lo que para algunas personas es una pasión, para otras puede ser una molestia, como lo evidencia la reacción de un lector a un artículo publicado en el Tages-AnzeigerEnlace externo en enero 2022. Aunque muchos individuos siguen comprando o intercambiando tapas, los días de gloria de los años 80 y 90 han quedado atrás. Pero en su apogeo, Suiza fue el centro mundial de este peculiar hobby.
«En ningún otro lugar la colección de estas pequeñas láminas de aluminio y plástico era tan desmesurada como en este país», señaló el periódico Tages-Anzeiger, al describir cómo, en la década de 1980, las series individuales se vendían por varios miles de francos, se formaban clubes de coleccionistas y la gente se reunía para intercambiar tapas. «Hoy en día, colecciones completas están disponibles de forma gratuita en Internet, los sitios web de los clubes están desapareciendo y el entusiasmo se ha apagado».
¿Cómo es posible que algo que esencialmente no tiene valor llega a adquirirlo? ¿Por qué algunos motivos fueron más populares que otros? ¿Y por qué la gente en Suiza, en particular, quedó fascinada por las tapas de los envases de crema para café? El diario zuriqués planteó -aunque no respondió- algunas preguntas interesantes, pero eso no ha impedido que muchos otros antropólogos culturales aficionados analicen el gran auge (y la caída) de las tapas de los envases de crema para café en Suiza.
«Hace miles de años, la gente tenía que recolectar bayas, fruta, leña, etc. Pero hoy en día se puede comprar todo eso a la vuelta de la esquina en supermercados como Migros, Coop y demás. Sin embargo, ese instinto primitivo de recolectar debe seguir presente en algunas personas, y por eso terminan coleccionando cosas como estas», escribió otro lector. «¿O es simplemente una forma de pasar el tiempo?»
«Un rasgo profundamente suizo»
«La historia de las tapas de los envases de crema para café representa un rasgo típicamente suizo, que quizá ya no exista», escribió Waltraut Bellwald en ‘Coleccionar tapas de crema para café, o la fascinación por lo inútil’ (Kaffeerahmdeckelisammeln oder die Faszination des NutzlosenEnlace externo), un ensayo publicado en la revista Schweizerisches Archiv für Volkskunde (Archivos Suizos de Folclore) en 1996.
«Es decir, la de los inventores y los artesanos ingeniosos, esa ‘gente común y corriente’ que quiere lograr algo, que persigue una idea con tenacidad incluso ante las dificultades y nunca se rinde», dijo. «La historia de las tapas para crema es, por lo tanto, también la historia de Walter Auf der Mauer».
Nacido en 1912 e hijo de un granjero de montaña, Walter Auf der Mauer soñaba con crear su propia empresa láctea. Tras la guerra tomó las riendas de una lechería en Zúrich que prosperó rápidamente, aunque para él aquello no bastaba. «Siempre imaginé que debía existir algo con lo que realmente se pudiera ganar dinero: un nicho de mercado, un producto que todavía no existiera», recordó en el artículo de Bellwald. La inspiración llegó en la ‘Exposición Universal de Montreal’ de 1967, donde quedó fascinado por una máquina UHT (de ultra alta temperatura) capaz de esterilizar y homogeneizar delicadamente la crema para café. Después de numerosos ensayos y experimentos, desarrolló su propia versión y, en 1973, su empresa BurraEnlace externo ya producía 30.000 porciones de crema por hora. El éxito fue tal que pronto comenzaron a surgir empresas competidoras.
«Las porciones de crema para café tuvieron mucho éxito entre los consumidores y los empresarios gastronómicos», señaló Bellwald. «Las monodosis eran ideales para quienes las compraban: especialmente en hogares pequeños, en oficinas sin refrigeradores y para abastecerse. En cafeterías y restaurantes, donde las botellas de crema abiertas habían provocado repetidamente discusiones y quejas por falta de higiene, las porciones individuales de crema para café ofrecían una solución».
¿Potencial publicitario?
¿Pero qué hay de las tapas? la historiadora cultural Waltraut Bellwald explica que, en los primeros años, solo tenían una función: proteger el contenido y mantenerlo fresco. «De hecho, siguen teniendo esa función, y por eso chocan los intereses: los fabricantes y distribuidores quieren un producto que se cierre lo más herméticamente posible y ofrezca una protección óptima para el contenido, mientras que los coleccionistas quieren una tapa que sea fácil de quitar y que no se rompa».
Durante años, las tapas fueron de una sobriedad casi espartana: apenas llevaban el nombre del fabricante y una discreta indicación del contenido. «A lo sumo, alguna flecha impresa guiaba a los amantes del café hacia el codiciado chorrito de crema, mientras una pequeña lengüeta claramente marcada servía como ayuda visual adicional», señala Bellwald.
Muy pronto alguien comprendió que aquellas diminutas tapas podían convertirse en un inesperado soporte publicitario. Sin embargo, el negocio tenía límites estrictos: una prohibición general impedía incluir publicidad comercial en los envases de crema, frustrando gran parte de su potencial. «Unas pocas empresas gastronómicas, algunos aniversarios locales y ciertas exposiciones vinculadas a la industria láctea estaban autorizados a anunciarse en ellas».
El pequeño formato también jugaba en contra: con apenas entre 35 y 38 milímetros de diámetro, las tapas ofrecían un espacio demasiado reducido para publicitar, por lo que los anunciantes nunca han destinado gran parte de su presupuesto a las cremas para café.
Diminutas imágenes entrañables, sutiles y populares
No fue hasta finales de la década de 1970 cuando aquellas pequeñas tapas dejaron de ser simples objetos descartables para transformarse en codiciadas piezas de colección. Sus imágenes coloridas, siempre cambiantes, comenzaron a captar miradas y a despertar una inesperada fascinación entre los amantes del café.
«Al principio, las pequeñas tapas redondas mostraban castillos, paisajes típicamente suizos y escenas de la naturaleza alpina: auténticas postales en miniatura que despertaban una sensación de familiaridad y forjaban vínculos emocionales», explica Bellwald.
«Las escenas de costumbres populares, los trajes tradicionales, los motivos del Museo Suizo del Transporte y los escudos cantonales formaban parte de ese universo de imágenes de encanto discreto y atractivo popular. Y aunque hoy las Kaffeerähmli exhiben diseños generados por computadora, arquitectura suiza, body painting, cómics, tanques militares, rascacielos y motivos de alta tecnología, sigue predominando una clara predilección por lo decorativo y acogedor, por aquello que resulta tradicional, familiar y profundamente helvético».
De vez en cuando, aquellas diminutas tapas también ofrecían diseños educativos. Algunas proponían trivias sobre la historia suiza; otras descifraban expresiones en dialecto de Basilea y Alsacia en el reverso, mientras ciertos cuestionarios filatélicos arrastraban errores tan entrañables como evidentes. Incluso hubo un curso exprés de alemán-francés en 90 lecciones, capaz de enseñar frases como «¿Puede el perro beber?» o la rotunda «¡Eso es una impertinencia!».
Bellwald señaló que 1994 marcó el punto culminante de esta pequeña fiebre coleccionista: sólo ese año se lanzaron alrededor de 150 series diferentes.
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¿Qué fue de aquellos recuerdos suizos de su infancia?
Pinzas para tapas de envases de crema para café
«Claro que la gente piensa que estoy loco», confesó Konrad Megert a Swissinfo en 2001, después de siete años dedicado a coleccionar tapas de crema. Como tantos otros aficionados, todo había comenzado de la manera más simple y peligrosa para cualquier coleccionista: porque le parecían bonitas.
Megert, cuya colección contaba con unas 2000 series, no sabía cuánto valía, pero calculaba que podría alcanzar los 40.000 francos suizos (unos 50.000 dólares estadounidenses). «Pero no lo hago por el dinero. Es simplemente el placer de coleccionar y de conocer gente».
En torno a las Kaffeerahmdeckeli -o simplemente KRD, en la jerga de los coleccionistas- terminó desarrollándose un mercado sorprendentemente rentable, acompañado por la aparición de falsificaciones y ediciones dudosas.
Muchas series nuevas se producen pensando en las personas coleccionistas y nunca están destinadas a cafeterías o restaurantes. «Si quieres comprar todas las series nuevas, puede salir muy caro», comenta Megert.
Empresarios astutos se apresuraron a ofrecer a los coleccionistas toda una gama de objetos cuya necesidad desconocían: pinzas especiales para manipular tapas de crema «y garantizar una clasificación óptima»; rodillos manuales de acero cromado diseñados para alisarlas sin dañarlas; productos de limpieza Deckeli-Clean destinados a preservar las colecciones en perfecto estado; y álbumes de archivo concebidos específicamente para su almacenamiento y catalogación.
Reconocimiento internacional
En octubre de 2014, las Kaffeerahmdeckeli parecían haberse deslizado lentamente hacia el olvido, relegados a una nostalgia discreta y cada vez menos presente en los medios. Pero, de un día para otro, aquellas modestas tapitas regresaron al centro de la escena nacionalEnlace externo, ¡y de qué manera!
«Una cadena minorista suiza se disculpa por envases de crema para café con la imagen de Hitler» (Time), «Supermercados suizos venden porciones de crema con Hitler y Mussolini» (The Daily Telegraph), «Las tapas de crema con Hitler generan indignación en Suiza» (The Times of Israel): medios internacionales de todo el mundo se hicieron eco del caso después de que consumidores suizos descubrieran imágenes de Adolf Hitler y Benito Mussolini en tapas de envases de crema para café distribuidas en el país.
Las imágenes formaban parte de una serie histórica de 30 tapas inspiradas en antiguas anillas de puros y habían sido producidas por una filial de la cadena minorista suiza Migros. Tras la polémica, el grupo reconoció públicamente el episodio y presentó disculpas por lo que calificó como un «error imperdonable».
Una coleccionista que poseía las tapas con las imágenes de ambos dictadores expresó su preocupación por el impacto que la controversia pudiera tener sobre toda la comunidad de aficionados. «Cuando vi la serie por primera vez, pensé que yo personalmente no habría elegido a Hitler como motivo, pero en ese contexto no lo considero problemático. Después de todo, se trata de una colección de personajes históricos», declaró Margrit Gräub, coleccionista desde hacía tres décadas, al portal de noticias WatsonEnlace externo. «Esta afición ya está en declive, y este incidente ha dañado aún más nuestra reputación. Ahora queda un sabor amargo cada vez que uno piensa en las tapas de los envases de crema para café».
Mercado difícil
Doce años más tarde, el sitio web del Club Kaffee-DoppelcrèmeEnlace externo -fundado en 1986 y considerado una de las principales referencias del coleccionismo de Kaffeerahmdeckeli– todavía ofrece consejos para obtener algunos francos con una colección. Sin embargo, reconoce con cierta melancolía que «hoy en día es difícil vender tapas de envases de crema para café».
Una de las secuelas más visibles del antiguo auge coleccionista es que el mercado se ha inclinado claramente a favor de los compradores. «Muchos apasionados están vendiendo sus álbumes por falta de espacio, de tiempo o por problemas de salud», explica el club. El verdadero problema, sin embargo, es generacional: «Prácticamente ya no aparecen nuevos aficionados. Los jóvenes de hoy tienen otros intereses». La oferta supera enormemente a la demanda, lo que, lamentablemente, contribuye a una gran caída en el valor. La conocida serie Blick, por ejemplo, que figura en el catálogo con un valor máximo de 6.000 francos suizos, se puede encontrar hoy por 150 francos suizos».
Ya en 1996, la investigadora Waltraut Bellwald consideraba que la «época febril» del coleccionismo de tapas de crema para café había quedado atrás. Sin embargo, también intuía que aquella obsesión nunca desaparecería del todo. «Mientras sigan apareciendo nuevas imágenes en esas pequeñas porciones de crema, siempre encontrarán coleccionistas, porque la fascinación por lo inútil sigue siendo un elemento fundamental en la forma en que las personas afrontan la vida cotidiana».
Editado por Samuel Jaberg. Adaptado del inglés por Norma Domínguez. Versión en español revisada por Carla Wolff.
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