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De la naturaleza a la fábrica: la industria europea que quiere sustituir al petróleo

Javier Albisu

Bruselas, 24 mar (EFE).- Hay un mundo en el que el salpicadero del coche está hecho con cáscara de almendras, la bandeja de la carne del supermercado se produce con fibra de madera, los cosméticos se fabrican con alga clorela, los aparejos de pesca son de polímeros de origen natural y las cápsulas de café se generan con azúcar obtenido de desechos agrícolas.

Ese mundo es real, pero aún se está construyendo en universidades, centros tecnológicos y empresas con ganas de innovar. Y una de las palancas que necesita ese ecosistema para pasar del laboratorio a las plantas de producción es mucho dinero.

«Tenemos que lograr reducir el precio de los materiales de base biológica para que sean competitivos frente a los materiales de origen fósil», resume el director general de Medioambiente de la Comisión Europea, Eric Mamer, quien subraya que cada puesto de trabajo creado en el sector de la bioeconomía genera otros tres empleos indirectos.

A cambio, la bioeconomía ofrece una promesa de crecimiento verde y sostenible, valor añadido, creación de empleo, nuevos mercados y un trampolín para que la Unión Europea se aleje de los combustibles fósiles que importa, también los que el bloque comunitario utiliza para fabricar plástico o fertilizantes.

«La situación geopolítica muestra hasta qué punto los productos basados en combustibles fósiles son frágiles y poco fiables. Tomemos el ejemplo de los fertilizantes… El momento es ahora. Otros actores internacionales están invirtiendo masivamente», afirma el director ejecutivo de la Empresa Común Europea para la Bioeconomía Circular (CBE JU), Nicoló Giacomuzzi-Moore.

Del laboratorio a la fábrica

Esa plataforma es una asociación entre la Comisión Europea y el sector privado que dispone de un presupuesto de 2.000 millones de euros hasta 2031 -1.000 millones provienen de fondos europeos- para inyectar entre 1 y 15 millones de euros en proyectos innovadores que buscan pasar a escala industrial.

Actualmente trabaja con 150 iniciativas en fase de demostración y 19 que ya han dado el salto a la producción industrial, entre ellos la firma española Natac, que cuenta con 170 empleados y tiene plantas en Extremadura y Galicia, sede social en Madrid y oficinas comerciales en Singapur y Estados Unidos.

Se dedica a extraer compuestos naturales de ramas y hojas de olivo o romero que después venden a fabricantes de productos nutricionales, farmacéuticos o alimentos para animales.

Su última planta ha precisado 30 millones de euros de inversión, de los que 4 los ha aportado CBE JU, dentro de una financiación total de 15 millones de ayudas para todos los socios del proyecto, desde productores agrícolas a cadenas de supermercados.

«Las cosas no pueden basarse siempre en la subvención. La subvención te tiene que dar el empujón», dice a EFE el cofundador y consejero delegado de Natac, Antonio Delgado, al frente de una empresa que crece entre un 20 y un 30 % anual y reparte beneficios.

Se trata de uno de los ejemplos más avanzados del ecosistema que promueve el Ejecutivo comunitario, que quiere ayudar a empresas que necesitan ganar tamaño, pero también mercado.

Generar demanda

Por eso, en el área política, en Bruselas se trabaja cada vez más en crear mercado, por ejemplo, exigiendo que los fabricantes automovilísticos introduzcan unos niveles mínimos de plástico reciclado o bioplástico en sus coches o favoreciendo los criterios «verdes» en las licitaciones públicas.

El sector representa actualmente más de 2,7 billones de euros de facturación anual en la Unión Europea, y aporta 17 millones de empleos, aunque el grueso de las cifras de la actividad económica de la biotecnología proviene de áreas como los piensos animales, la bioenergía y los productos de madera.

«Esto ha alcanzado su techo de creación de valor», dice el vicepresidente de UPM Next Generation Renewables, Harald Dialer, una firma finlandesa que aboga por «trabajar a nivel molecular, no microscópico» como ruta para «crear más valor y reemplazar más materiales» y, en particular, quitarle cuota de mercado a la industria petroquímica.

Es el camino que explora REDYSIGN, otro de los consorcios financiados por la plataforma CBE JU, cuyos socios ya comercializan anualmente 120 millones de bandejas alimentarias fabricadas a base de fibras de madera.

El siguiente paso es sustituir la lámina plástica de esas cajas de un solo uso por nanocelulosa con un sensor que detecte el deterioro de la carne, explica Álvaro Tejado, de Tecnalia.

El proyecto sigue en desarrollo, pero sus socios confían en ganar competitividad con procesos más eficientes en agua y energía.

«Será competitivo; el cambiar de húmedo a seco impacta», asegura Tejado. EFE

jaf/asa/crf

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