El maracanazo de Uruguay: la alegría por el triunfo y la tristeza por el dolor de su rival
Santiago Carbone
Montevideo, 16 jul (EFE).- El maracanazo de Uruguay en el Mundial de 1950 no sólo estuvo marcado por la alegría que los campeones tuvieron al alzar la copa, sino también por la tristeza que les generó el dolor de su rival, la anfitriona Brasil.
Con goles de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Edgardo Ghiggia, la Celeste remontó un encuentro en el que a Brasil le alcanzaba con un empate para consagrarse y venció por 1-2 para sumar el segundo Mundial de su historia -su cuarta estrella en la camiseta tras los títulos olímpicos cosechados en Colombes (Francia) en 1924 y en Ámsterdam en 1928, ambos organizados ya por la FIFA-.
Roque Gastón Máspoli; Matías González, Eusebio Tejera; Schubert Gambetta, Obdulio Varela, Víctor Rodríguez Andrade; Ghiggia, Julio Pérez, Óscar Míguez, Schiaffino y Rubén Morán fueron los héroes de la jornada y un once que cada uruguayo amante del fútbol recita de memoria.
La gesta que esos futbolistas lograron el 16 de julio de 1950 trascendió lo ocurrido sobre el campo de juego. De hecho, el término maracanazo fue acuñado en distintas partes del mundo y utilizado al lograr algo que parecía imposible.
En Uruguay -por supuesto- el triunfo es recordado este día, año tras año, por la población.
«Somos de la sangre de Maracaná», dice la canción ‘Descolgando el cielo’ de Edu Lombardo. «Celeste que en Colombes realizó / El sueño con que Holanda se asombró / Montevideo tu hazaña vio plasmar / Y el gran Maracaná, de nuevo te laureó», apunta ‘Celeste’, de Washington ‘Canario’ Luna. También Jaime Roos recuerda en su ‘Cuando juega Uruguay’ una de las historias más repetidas de aquella final, la arenga de Obdulio Varela a sus compañeros: «Como dice el ‘Negro Jefe’ / Los de afuera son de palo».
El mismo Varela que, en lugar de festejar esa noche con sus compañeros, salió a pasear por las calles de Río de Janeiro y tropezó con la hinchada a la que había hecho infeliz.
Respeto y amistad
El periodista Eduardo Rivas, autor del programa ‘Maracaná desde el alma’, reconocido por la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva, sostiene que ese partido excedió totalmente lo futbolístico y recuerda que tuvo connotaciones de orden social «muy importantes» en Brasil.
En ese sentido, destaca un mensaje que los jugadores uruguayos dejaron establecido a través de los hechos sobre cómo debe ser el deporte.
Explica que, lejos de vanagloriarse o golpearse el pecho por lo que habían logrado, los futbolistas de la Celeste construyeron una amistad «muy sólida» y hasta los últimos días con sus rivales de turno, quienes sufrieron «un golpe durísimo».
«Yo creo que se generó una relación como nunca antes ni nunca después se dio entre finalistas de una Copa del Mundo», detalla Rivas sobre el vínculo entre los futbolistas de ambas escuadras.
En el año 1963, varios de los brasileños que jugaron aquella final en Maracaná viajaron a Montevideo para disputar un encuentro que tenía como fin recaudar fondos para una obra social. Aquel día la Celeste se impuso por 4-1 en el estadio Centenario.
«Mantenían una vinculación y realmente hubo una amistad posterior a lo que significó esa final. Sobre todo con el tiempo, cuando pasaron algunos años. A algunos jugadores de Brasil realmente no les perdonaron el haber perdido», añade el periodista Alfredo Etchandy, integrante de la Asociación de Historiadores e Investigadores del Fútbol Uruguayo.
Sin hablar de fútbol
Ghiggia decía que sólo tres personas habían silenciado el Maracaná: el papa, Frank Sinatra y él.
Fueron cerca de 200.000 los aficionados que llenaron el estadio para ver a Brasil el 16 de julio de 1950. Años después, Pelé dijo que ese día vio llorar por primera vez a su padre.
Un año antes de su fallecimiento, el portero brasileño Moacir Barbosa afirmó: «La máxima pena para un crimen en Brasil es de 30 años. Yo pago por aquel gol hace 50».
«A papá le dolió mucho lo que le pasó a Barbosa», reveló a EFE Arcadio Ghiggia, hijo del autor del gol del triunfo en aquella final, quien destacó la amistad y el compañerismo que existía no sólo entre los jugadores uruguayos, sino también con los brasileños.
«Ellos se reunían todos los años, hacían comidas. Era un círculo muy cerrado. Cuando invitaban a los brasileños no se hablaba de fútbol, se hablaba de otra cosa. Era un vínculo de amistad, dejando de lado lo que había ocurrido en ese momento», detalló.
Alcides Ghiggia, último superviviente del maracanazo, murió el 16 de julio de 2015, el día que se cumplían 65 años del título mundial conseguido por Uruguay.
«No sé si fue un periodista quien dijo que sólo los dioses pueden elegir el día de su muerte. Eso me quedó grabado», subrayó Arcadio. EFE
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