En el sur del Líbano, un cine abre sus puertas para los desplazados
Noemí Jabois
Tiro (Líbano), 17 mar (EFE).- Jumana, algunos de sus hijos y los hijos de estos duermen en un cine en la ciudad de Tiro, en el sur del Líbano, una de las doce familias que se resguardan de las bombas israelíes en este improbable refugio abierto como parte de una iniciativa de «resistencia cultural».
La mujer, palestina con ciudadanía siria, ya tuvo que abandonar su hogar en la localidad meridional de Abbasiya durante el anterior conflicto de 2024 y también entonces acabó en un cine en Beirut, otro de los tres centros del Teatro Nacional Libanés puestos a disposición de los más de un millón de desplazados.
Esta vez no pudieron llegar a la capital, pero volvieron a confiar en la iniciativa del actor Kassem Istanbouli, después de que en la última guerra su ayuda les sacara de acampar a la intemperie en la ciudad meridional de Sidón.
«Fuimos a Sidón, nos quedamos dos días allí en un colegio, pero nos echaron porque mis hijos son sirios. Estuvimos tres días en la calle y luego llamamos al señor Kassem, Dios le proteja, quien nos dijo de ir al cine», cuenta Jumana a EFE.
Evadirse de las bombas
Para la desplazada, lo más importante es tener un techo sobre sus cabezas y un lugar seguro en el que pasar los días, aunque la sensación no es la misma en Beirut que en esta ciudad a menos de 20 kilómetros de la frontera con Israel, donde resuenan explosiones en la distancia.
«Aquí también estamos bien, pero hay miedo a que bombardeen», reconoce a EFE.
Istanbouli, fundador del Teatro Nacional Libanés, dice que además de una docena de familias como la de Jumana, el espacio de Tiro acoge a jóvenes solos, como trabajadores sirios o personas que decidieron no viajar más al norte con el resto de sus parientes.
«Se ha convertido en un hogar para la gente, duermen aquí en diferentes lugares, como en el cine, y también tenemos una cocina en la que cocinan (…) También usan el escenario, la zona de bastidores, el balcón, todo el espacio entre las butacas», explica a EFE.
Su colectivo cree que estos espacios deben permanecer abiertos para la gente «en la guerra y en la paz», y también cree en la «resistencia cultural».
Por ello, se dedican a organizar actividades para los más pequeños tanto en sus propias instalaciones como en albergues para los desplazados, que amenizan con espectáculos de marionetas, manualidades o cuentacuentos.
«Es muy importante ahora para los niños mantener la alegría y la felicidad para que se olviden un poco de la guerra, y para que disfruten algo en estos tiempos difíciles», considera el actor y director.
«Y sabemos por los niños, que dibujan sus casas todo el tiempo, cómo tienen sus raíces, cómo creen en la libertad. Quieren regresar», comenta.
Desmayarse del pánico
Para Fátima Hakim, es su segunda vez en este cine de Tiro, donde ya pasó dos semanas durante la anterior guerra.
Según cuenta a EFE, tanto su madre como uno de sus hermanos son discapacitados, por lo que la familia decidió separarse para que ellos pudieran seguir hacia otra ciudad con más comodidades, sin prever que se quedarían atrapados por el camino.
«Están bien, en una localidad cerca de aquí, pero atrapados. No pueden moverse hacia delante y seguir, ni tampoco volver aquí», lamenta esta desplazada de Ain Alramel, de 52 años.
La anterior guerra, la madre y los hermanos de Fátima sobrevivieron de milagro a un ataque que provocó el derrumbe de cuatro edificios alrededor de su casa. En sus palabras, «Dios los salvó» mientras estaban en la cocina, una de las dos únicas habitaciones que quedaron en pie.
«Si vieses cómo quedaron estos cuatros edificios, dirías estos cómo quedaron vivos. Yo aquí me desmayé y al despertar quería verlos para creerlo», recuerda.
«Si hubieran estado en los dormitorios, allí todo voló, las ventanas, las barras de hierro, el cristal, todo, todo. Y los cuatro edificios de enfrente, los generadores eléctricos se incendiaron, hasta si hubiera llegado el fuego a nuestro edificio encima de todo se hubieran quemado», agrega la mujer.
Fátima está muy agradecida de vivir en un espacio cultural donde se siente «como en casa», aunque no esconde el «miedo» y la «frustración» que forman parte de su vida actual. La vez pasada las bombas les dejaron sin casa, pero esta guerra les está resultando aún más difícil, afirma.
«Ojalá se calme todo, volvamos a nuestras casa y estemos a salvo ¿Qué podemos hacer? ¿Qué está en nuestras manos que podamos hacer?», concluye. EFE
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