Golpizas, disparos y ninguna ayuda médica: la Flotilla denuncia torturas en Israel
Ilya U. Topper
Estambul, 22 may (EFE).- Violencia extrema, golpes sistemáticos, disparos, medidas para causar dolor, sed, frío, hambre y cansancio… Los malos tratos que las autoridades israelíes infligieron a los activistas de la Flotilla Global Sumud se resumen en una palabra: tortura, denuncian varios de los participantes a EFE en Estambul.
Carolina Eltit, chilena con orígenes palestinos, viajaba en el Bianca Ita, uno de los primeros barcos interceptados, el lunes pasado, en aguas internacionales al oeste de Chipre y fue trasladado a Israel en una de las dos naves de la Armada que entre los activistas se conocen ya como «buque prisión».
«Apenas subimos a bordo, nos pasaban por un pasillo donde nos golpeaban a todos, a mujeres y a hombres. Mucha sangre, costillas rotas, narices rotas. A mí me tomaron entre dos, me levantaron y un hombre me empezó a golpear fuerte en la boca del estómago. Perdí la conciencia», relata Eltit.
Una experiencia muy similar cuenta Dario Depalma, un activista italiano que navegaba a bordo del Don Juan, uno de los últimos veleros interceptados por Israel.
Cuando un comando de 15 militares en una lancha rápida abordó el Don Juan, se tumbaron en el suelo sin ofrecer resistencia, relata este activista a EFE en un hotel en Estambul, ciudad a la que llegaron el jueves los 430 activistas de la Flotilla con tres vuelos charter organizados por el Gobierno turco.
Aún en el velero, a Dario le aplicaron dos veces una descarga eléctrica de un táser en la nuca, pero la verdadera violencia empezó a bordo del buque prisión: golpearon a varios, les quitaban toda ropa de abrigo, obligándolos a dormir en el suelo de un contenedor al que echaban continuamente agua, para que pasaran más frío, explica Depalma.
Curar heridas con camisetas mojadas
Con todo, en el otro buque, en el que viajaba Carolina Eltit con otras 180 personas, la violencia llegaba a niveles mucho peores: allí, sostiene, hubo graves heridas por disparos, costillas fracturadas, bombas de sonido a cada rato…
«Nos mantenían en el calor extremo durante tres horas, no nos daban agua, solo una botella de medio litro para dos personas al día, y nos tiraban solo pan. Estuvimos cuatro días sin papel higiénico en los dos baños químicos para 180 personas», recuerda la activista chilena.
En cuanto alguien se asomaba a la puerta del contenedor, los soldados los apuntaban con las armas y a algunos les dispararon efectivamente con balines de goma u otra munición no letal, pero capaz de causar graves heridas y fracturas.
«No nos dieron nunca una medicina. Ni un parche. Los heridos dormían con todos en el suelo y no podíamos tratarlos. Intentábamos cortar la sangre con nuestras poleras; cuando nos tiraban agua de mar -porque nos inundaban todo el tiempo- recogíamos esa agua con las poleras para curar las heridas», recuerda.
La situación empeoró al llegar al puerto de Ashdod: «Volvieron a golpear a todos, nuevamente me tomaron entre dos, corrieron conmigo en el aire, me tiraron al suelo y ahí me fracturaron dos costillas a patadas. Luego nos recogían nuevamente, nos tenían boca abajo tres horas y después nuevamente nos golpearon», relata Eltit.
El vídeo del ministro
En este momento se grabó el polémico vídeo del ministro Itamar Ben Gvir, pero Eltit no se dio cuenta, a diferencia de Dario Depalma, que sí vio al político pasar ante el grupo filmando mientras todos estaban en el suelo, con las manos esposadas.
«Un compañero a mi lado gritó ‘Palestina libre’, y le golpearon la cabeza contra el suelo de manera que comenzó a sangrar, y a mí me dieron una patada en la nariz», recuerda Depalma.
«Ya no sentía los dedos, tanto apretaron las cintas de plástico con las que nos ataban las manos. Estábamos horas en el suelo, sin hacer nada, y venían a golpearnos, una y otra vez, sin motivo. Eso es tortura», concluye el activista.
A la violencia física se unían otras medidas para hacer sufrir a los detenidos, explica Eltit sobre la cárcel en suelo israelí.
«En esa cárcel pasamos 24 horas, sin ni una gota de agua, sin papel higiénico, sin dormir. Nos cambiaban de una celda a otra cada hora. Jugaban con nosotros: nos sacaban, nos metían a otra celda, nos volvían a sacar», relata.
«Fueron cinco días de tortura extrema: fracturas de nariz, fracturas expuestas, rodillas… y ni un parche, nada. Entiendo que este nivel de violencia es para provocar terror, para que la gente no vuelva a intentarlo», analiza.
«Obviamente no quieren que haya otra flotilla. Pero también demostraron que el nivel de impunidad que tiene hoy en día el sionismo: pueden hacer lo que ellos quieran», resume la activista chilena. EFE
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